Un jardín con cabeza

La creadora Carmen Castillo toma la explanada verde del Museo Evaristo Valle con una serie escultórica que rinde tributo a Javier del Río

PACHÉ MERAYOGIJÓN.
Carmen Castillo posa con una de sus obras ::
                             SEVILLA/
Carmen Castillo posa con una de sus obras :: SEVILLA

Carmen Castillo plantó ayer las raíces de 13 de sus esculturas en los jardines del Museo Evaristo Valle. Allí quedarán hasta el 26 de septiembre, como un tributo al devenir de la vida, que inexorablemente acaba en muerte. La creadora, que se hizo un hueco en la nómina del arte asturiano con sus estilizadas figuras de minúsculas cabezas y espíritu metafísico, recuerda con esta singular exposición a su gran amigo Javier del Río, fallecido hace unos años. Es al recordarle cuando pone corazón en sus figuras, ya no tan pequeñas, ya nada estilizadas. Y es que fue precisamente Del Río quien observando la corona de sus pequeñas esculturas le animó a poner en ellas la mayor de sus atenciones. Hoy la obra de Carmen Castillo no ofrece a los sentidos ni brazos escuálidos, ni torso sugerido. Después de un largo proceso de maduración sus manos sólo crean cabezas. Se puede decir que progresivamente fue reduciendo sus cuerpos a bustos y sus bustos a testas de grandes dimensiones. Cabezas que han crecido también en latidos propios y en discursos potentes. Cabezas que se dejan mirar, pero no miran.

Las que ahora se pueden contemplar en el museo de Somió componen una serie titulada 'Corazón', una denominación que tiene mucho que ver con la relación de la que nacen que es fruto, recalca Guillermo Basagoiti, director del Evaristo Valle, «del enriquecedor intercambio de ideas que Carmen Castillo mantuvo con el genial Javier del Río». Pero no acuden solas al encuentro. Cinco de las 13 piezas que ahora se pueden contemplar pertenecen a ese pasado reciente y enfrentan sus troncos escuálidos al ahora escultórico de la creadora.

En todos ellos Castillo, que nació en Zaragoza, pero es gijonesa por los cuatro costados (una gijonesa que vive en Cereceda con el también escultor Ernesto Körr), parece haber picado piedra o robado corales para sacar partido a sus cabezas llenas de corazón. Sin embargo estás esconden otras materias mucho menos duras y más expresivas, como en un juego que sirve de diálogo con el espacio, un diálogo que recuerda, sobre todo en las piezas estilizadas, al que mantenía Giacometti. Fernando Poblet llegó a definir las esculturas de Carmen Castillo como «giacomettis a quienes les sienta mal el clima suizo», pues, dejandose llevar por el gran creador, no comparte su tristeza existencial.

Llega Carmen Castillo al Evaristo Valle con 15 años a la espalda de exposiciones públicas. Su carrera es un «cúmulo constante de búsquedas, guiños expresivos, y ritmos totémicos; escenografías que simbolizan el absurdo teatro del mundo a través de emociones personales».

Los troncos rotundos y las cabezas diminutas de sus comienzos «proporcionaban a las esculturas, quiza por contraste, una gran expresividad», asegura Basagoiti. Pero tal expresividad se mantiene en su trabajo actual y se magnifica con la monumentalidad de las esculturas de gran formato que ya comparten paisaje en el museo y allí se quedarán durante todo el verano.