La religión del fútbol, la religión de la tierra

CARTAS INDIANAS
                        :: TEXTO: RUBÉN FIGAREDO

                        :: FOTOGRAFÍA: DANI OCHOA DE OLZA/AP/
CARTAS INDIANAS :: TEXTO: RUBÉN FIGAREDO :: FOTOGRAFÍA: DANI OCHOA DE OLZA/AP

Si el fútbol es una religión, Brasil es Tierra Santa. Aquí hasta los más jóvenes saben quién fue Garrincha y la historia se cuenta a través de las gestas balompédicas. En mi primer día en Bahía, cumpliendo una promesa que no le hice a nadie, me introduje en una camiseta del Sporting -una de las que regaló EL COMERCIO como las que lucían en los setenta Quini y Ferrero- y bajé a desayunar, con la intención de calibrar hasta qué punto llega aquí la cultura futbolística. En la mesa contigua, un niño que apenas hablaba, comenzó a llorar mientras me señalaba con el dedo. Un minuto después su padre se levantó para aclararme lo que pasaba.

- Mi hijo llora porque no conoce el escudo de tu camiseta. Explicar su procedencia fue muy fácil, sólo tuve que decir que era la elástica del equipo donde había comenzado a jugar David Villa, 'el Guaje', y en un instante el niño se calló mientras sus padres veían con simpatía como me atiborraba de papaya, guayaba y mango, con la unción de un europeo recién llegado.

Después de este viaje nadie me ofenderá si me dice que me falta un verano, porque aquí el invierno está dando sus primeros pasos, con la melancolía de un cónsul abandonado por su ama de llaves caribeña. El presidente Lula, ajustador de profesión, ha podido casar las piezas de este complejo puzle en el que conviven la pobreza extrema y las riquezas naturales más apetecibles para los tiburones de toda condición. La bola es su fetiche común, hasta la llevan en la bandera como si fuera el orbe. Una pelota que se puede manejar con deleite o tratar como una simple herramienta perforadora de porterías rivales. Precisamente en Bahía, cuando no había otros árbitros que el fuego de arcabuz, las tropas españolas tuvieron más que palabras con los holandeses, desalojándoles por las bravas un día primero de mayo de 1625. La gesta fue pintada por Juan Bautista Maíno, en un lienzo en el que conviven la barbilla angular de Felipe IV, flanqueado por su palanganero el Conde-Duque de Olivares, y el sufrimiento de los heridos en la refriega. Este es un cuadro que resiste la mirada de cualquiera, por muy remiso que esté al arte, como las asistencias de Xavi Hernández funden la indiferencia de cualquier geómetra purista. En realidad. ¿Qué es el fútbol sino geometría en movimiento? Se trata de una esfera, que se mueve trazando triángulos y parábolas con el destino de introducirse en un rectángulo custodiado por un punto. Si el punto se llama Casillas y le planta un beso a su novia periodista ya tenemos la esencia del vivir que se filtra a través de un juego hacía toda una sociedad mayormente dividida y apretada por las deudas y el desempleo. Si además se llama Iniesta quien mete el gol postrero y se lo dedica a su compañero de juegos Jarque, fallecido prematuramente, nos encontramos con que los buenos sentimientos son más importantes que ninguna otra cosa, que la amistad va más allá de la muerte, que es solamente un accidente ya previsto, y que el futuro se gana empujando todos en la misma dirección. No son los colores los que nos hacen distintos, somos nosotros quienes les damos una importancia que quizás no tienen. Poco importa que echemos en falta el morado en nuestra bandera, como honra a los que dieron la vida por ella, o que alguien considere que la 'senyera' es superior a la roja. Igual da. Aparte del pecho que nos amamantó no hay nada tan importante como para dejar de hablar con el vecino. Volvemos a estar todos juntos gracias a una pelota, pero sobre todo al compañerismo, la solidaridad, el juego de conjunto y la humildad. Este es el punto de inflexión que necesitábamos para salir del pozo. Éste y que alguien maneje el barco para que no tengamos que emigrar más marineros, obligados a despedirnos de nuestra madre para navegar en otros mares con aparejos de fortuna. Aquí no hay sidra, acordaos de mí cuando escanciéis. ¡Quien fuera el serrín de la sidrería para empaparse del néctar de la tierra y se pudiera apretar una vez más entre pisotones para ver los mismos fuegos de artificio la víspera de Begoña!

Nos quedan otros placeres, introducirnos en el mar, ya gris, y recordar a los que dejamos, o tal vez gritar ¡viva España! desde lejos, como hizo el comandante Alba al aterrizar su Airbus. Pero si vivimos juntos, que sea por nuestro deseo, no por el arbitrio de ningún tribunal. De otra forma, cuando el perfume de los goles de los nuestros se esfume, y las banderas vuelvan a los cajones nos seguiremos mirando como extraños, aunque vivamos tan juntos que nos pisemos las huellas.

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