El pagador de promesas

RUBÉN FIGAREDO
Bahía es una de las grandes ciudades de Brasil./
Bahía es una de las grandes ciudades de Brasil.

Al otro lado del mar, mis raíces buscan tierra fértil para medrar. Imágenes que me devuelvan a algún lugar de mi memoria. El café del Teatro Castro Alves es una especie de Dindurra tropical con muebles de mimbre y fotos desperdigadas. Los albañiles de una obra cercana almuerzan a mi lado, y algunos personajes, que sólo tienen la vida, me abordan farfullando frases ininteligibles. Tengo que conseguir algo comestible para un perro hambriento que he visto fuera. Él no puede hablar pero sus ojos tristes me lo han dicho todo. Me comprometí a darles algo de comer a los perros callejeros que encontrara, y aún no he cumplido con mi palabra. No es ningún arranque repentino de bondad, simplemente hay personas que son capaces de extraer lo mejor de uno. Conocer la pureza de sentimientos y aprender a leer en los ojos es maravilloso, lo malo es que estamos destinados a ser expulsados de todo paraíso y que, una vez conocido, siempre soñaremos con regresar. La foto del día en Bahía es la de un joven rescatado de entre los cascotes de su casa en ruinas con un pajarito en la mano. Siempre que hay tormenta se derrumba alguna de las infraviviendas que se apilan unas encima de otras, sin vigas ni encofrados. Al escuchar los muros ceder todos salieron corriendo, pero el muchacho regresó al darse cuenta de que se había olvidado de su pájaro. Los bomberos le rescataron horas después con su mascota en la mano y una sonrisa de felicidad. Siempre he sentido debilidad por los bomberos desde niño, como muchas de mis amigas, pero por razones distintas. Hace unos meses, en Gijón, necesité de su ayuda y no tengo palabras suficientes para darles las gracias. En Bahía la patrona del cuerpo es Santa Bárbara, cristianización de la diosa africana Oyá. Es precisamente este tránsito de lo pagano a lo cristiano lo que sirve de germen a la película 'El pagador de promesas', la única brasileña premiada con una Palma de Oro en el Festival de Cannes de 1962. La cinta, basada en una obra de teatro de Dias Gomes, cuenta la historia de Zé do Burro, un agricultor del interior, muy religioso, cuya más preciada pertenencia era su burro. Un día el animal fue herido gravemente por un rayo, y Zé se fue al terreiro de candomblé para prometerle a Oyá que si su burro sanaba recorrería los cuarenta kilómetros que separaban su casa de la Iglesia de Santa Bárbara con una cruz a cuestas, igual que la de Jesucristo. Una vez que el animal se recuperó, su dueño construyó una gran cruz y se puso en camino acompañado por un grupo de vecinos que se iban incorporando al cortejo, al llegar a la iglesia, el cura no le permitió la entrada, alegando que no era de buen cristiano comprometer una acción piadosa ante un altar pagano, y mucho menos si lo que se pide tiene que ver con un animal. Para la Iglesia Católica, la cuestión fue siempre dilucidar qué sujetos tenían o no alma, y a los animales, a pesar de lo que pregona su nombre, que deriva de ánima, nunca se les ha concedido ese privilegio, que hasta no hace mucho se discutía a las mujeres. Tampoco los esclavos tenían alma, y uno de los esfuerzos de los jesuitas fue la de evangelizarlos para encontrársela, con la esperanza de que eso les redimiera, o al menos para que su nueva fe les moviera a levantar iglesias en sus pocas horas libres, como Nuestra Señora del Rosario de los Negros, en el barrio del Pelourinho. Desgraciadamente, bautizados o no, los esclavos continuaron siendo tratados como animales. Paulo Gilvane, un médico baiano experto en historia de la medicina, ha exhumado documentos en los que se les comparaba con bestias de carga, encomendado su salud a los veterinarios. En el Mercado Modelo, paradójico nombre, aún se conservan, aunque cerrados al público, los sótanos en los que se hacinaban los africanos esperando ser subastados. A veces, al subir la marea, muchos perecían ahogados antes de ser vendidos, era tal la maldad que superaba al afán de lucro. Lo más fácil es siempre prometer, y darse golpes de pecho, decir defender la vida mientras otras pequeñas vidas perecen por enfermedades evitables o vivir en la opulencia condenando a los que se rebelan para sobrevivir. No somos otra cosa que mamíferos que guardan su territorio. Yo, a falta de territorio, sólo cuido de mi maleta.

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