Elogio del salto

RUBÉN FIGAREDO
Una mujer camina sobre el salto, palabra brasileña que define a los zapatos de tacón. ::
                             E.C./
Una mujer camina sobre el salto, palabra brasileña que define a los zapatos de tacón. :: E.C.

El salto es la palabra que define en Brasil a los zapatos de tacón, esa pesadilla para feministas recalcitrantes, anti-ergonómica y estilizante, que plasma la superioridad de la mujer sobre el hombre. No porque su utilización revalorice a la mujer, cuyo mayor don es su cerebro, sino porque empequeñece al hombre que tiene la debilidad de plegarse ante su poderío. Pero esta no es una historia de fetiches, empeines de vértigo, tobillos equiláteros o uñas escarlata. Es un relato que comienza cuando Coralina, como cada viernes, acudió a la plaza del Padre Joao. Dejó los zapatos que se ponía todos los domingos para que se los lustraran, y se marchó al mercado. Al regresar, el zapatero le mostró que en el interior de uno de ellos alguien había dejado caer una nota.

- Fue aquel caballero que nos está mirando.

La muchacha, con la curiosidad de los veintidós años, desplegó los cuatro dobleces del papelito y leyó:

- Señorita, disculpe que la abordé así, llevó semanas observando como usted viene aquí y quiero confesarle mi amor.

La azorada jovencita se acercó a un hombre alto y moreno que la esperaba mirando al cielo, como si fuera a recibir la visita de un ángel.

- Adorada, perdóneme, pero la quiero enamorar.

Coralina era libre, pero no lo sabía, y se excusó ante su galán diciendo que estaba ya comprometida. Después de veinte años y un matrimonio roto, aquel ángel se vuelve a estremecer cuando cruza esa plaza, al acordarse del pretendiente que había querido prender fuego a su rutina con una pasión, y se arrepiente de no haber dado ese salto que le hubiera ahorrado tanto dolor.

Para quien no se quiere lanzar, el agua siempre está demasiado fría. La prudencia es una red de seguridad que aminora el daño, pero que también nos atrapa en su red suspendida. La duda está entre quemar la vida o dejar que nuestros sueños vayan esfumándose. Cada día tiene su melodía pero nos empeñamos en escuchar siempre la misma, hasta que la fuerza hipnótica de aquello que se repite hasta la saciedad nos acaba aletargando. Mañana puede suceder todo, incluso nada. El mayor riesgo es no intentarlo. Mientras nos preparamos para los imprevistos más inverosímiles, ignoramos como la historia va alternando sus ciclos, marcando una frecuencia reconocible, una deriva como la de los vientos alisios que nos acaba dejando en el lugar del que partimos. El artista y maestro de vida Juan Hidalgo dice que si no estás dispuesto a todo no te me acerques. La gente siempre acostumbra a pensar en todo lo peor que alguien te puede pedir, cuando, en realidad, de lo que se trata es de soltarse del quicio de la vida para vivirla sin miedo. Mi estancia en Bahía va acabando, y mi amigo Fabio Rodrigo me invita al terreiro Ilê Asipá para presenciar una ceremonia de camdomblé. Cualquier fotografía está prohibida, así que no puedo hacer otra cosa que intentar dibujar con palabras aquello que vi, esperando que su imaginación le ponga color. Estamos en una gran carpa blanca, plantada en medio del bosque, como la de un circo rodeado por la espesura. Un trío de percusión, con un ritmo diabólico e incansable, comienza un palpitar frenético que no se detiene hasta cuatro horas más tarde. Un grupo de mujeres, de todas las edades, comienzan a bailar en círculo con una cadencia hipnótica, convocando a los orishas, los primitivos dioses africanos que los esclavos trajeron consigo. El estado de trance de una de las muchachas indica que ha conseguido conectar con uno de esos seres primordiales. Cualquier juicio, desde nuestro prisma euro-céntrico, quedaría fuera de lugar. Estamos presenciando aquello que se ha podido salvar de una evangelización salvaje. Nuestra cultura, llena de prejuicios, sólo consigue arañar esa otra realidad que gentilmente nos invitan a atisbar. Doña Naná, la madre del santo, es la figura de mayor dignidad del terreiro, y me hace el honor de invitarme a su mesa en el posterior banquete de comida consagrada. Es una mujer pequeña y sonriente en cuya piel se ha detenido el tiempo. La señora es también una autora de literatura de cordel, unas creaciones por entregas que solidifican la tradición oral y que harían las delicias de cualquier amante del realismo mágico, con un repertorio de anécdotas y sucesos en los que se funde la memoria y la fantasía, la historia y el milagro. Esos acontecimientos en los que, como en mi viaje, la realidad se convierte en un sueño.

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