La forja de un sueño

RUBÉN FIGAREDO
Víctor Cañedo emigró a Brasil desde San Andrés de Trubia. ::
                             E.C./
Víctor Cañedo emigró a Brasil desde San Andrés de Trubia. :: E.C.

Cuando Víctor Cañedo salió de San Andrés de Trubia, el último pueblo antes de que Oviedo se convierta en Proaza, su concepto de riqueza era poder comer todo lo que quisiera. Para su nieto Caio, un rico es quien tiene un avión privado. Víctor llegó a Santos con trece años, después de dos semanas de viaje a bordo del buque Monte Udala. Su capital eran dos mil pesetas que guardaba en un bolsillo cosido a la camisa. Él tuvo suerte, le esperaban unos tíos que no tenían hijos, que regentaban el bar del Centro Asturiano de Sao Paulo y el restaurante Cañedo, el lugar en el que se acogía a todos los asturianos recién llegados que no tenían dinero para comer caliente. La primera vez que regresó a Asturias, con veinticinco años, no fue capaz de gastarse los mil dólares que llevaba, a pesar de no privarse de nada y contratar el día entero a Luengo, el taxista de Trubia. La suya es una de tantas historias de superación, su abuelo era madreñero y su padre carretero, y él fue el primer ingeniero de su pueblo. También hizo la carrera de Matemáticas y ejerció como profesor en la Universidad. Pero lo que llena de orgullo a este joven de sesenta y cuatro años son sus hijos. Rodrigo, el chico, con un sofá y un teléfono, creó una empresa que hoy tiene cuarenta empleados, su hija pequeña, Karla, regresó a España porque se enamoró de un leonés durante un viaje de estudios. La mayor, Priscila, además de una sonrisa preciosa, tiene una pequeña empresa de móviles que comenzó como un juego durante su primer embarazo, y hoy ya es un próspero negocio. Abandonó el ejercicio de la arquitectura para cuidar de sus hijos pero no se arrepiente. Disfrutó de la oportunidad de verlos crecer y también del tiempo suficiente para dar rienda suelta a su creatividad. Su afortunado marido es un prestigioso arquitecto brasileño, pionero en el diseño de edificios con cubierta vegetal, una opción verde y sostenible, tan valorada en una urbe de diecinueve millones de habitantes como Sao Paulo, que sus promotores disfrutan de una exención de impuestos que convierte en rentable la inversión inicial. Víctor me lleva al barrio paulista de Aclimaçao en el que llaman la atención una treintena de edificios de perfiles rectos, como salidos de un juego de construcción. Su concepción modular se debe a un asturiano, arquitecto autodidacta, llamado Lamadrid, que fue capaz de convencer a los promotores con su talento y no con sus títulos. El centro asturiano está en el edificio del Club Hispano Brasileño, en el barrio de Ipiranga, muy cerca de donde Pedro I pronunció la famosa frase de «independencia o muerte» que marcó el inicio de la emancipación de Portugal. El enorme salón guarda aún los ecos de pasadas puestas de largo aunque no se percibe demasiada melancolía. De haberse quedado en Asturias, su única opción hubiera sido entrar de aprendiz en la fábrica de armas de Trubia, como sus hermanos, sin embargo, en Brasil creó una empresa, que aún funciona, dedicada a la intermediación entre firmas de ingeniería. Piensa que todos los empresarios asturianos que produzcan algo que se pueda vender en Brasil deberían venir, porque les espera un mercado enorme que empieza a tener capacidad de compra. En su opinión, los viajes programados por los políticos tienen mucho de excursión protocolaria, que se aleja de los verdaderos objetivos de un viaje de negocios. Alaba la gestión de Lula que posibilitó que los setenta millones de brasileños que viven en la miseria puedan alimentarse y vestir.

-Hay otros setenta millones, que son los que hacen que el país funcione, que serían como nuestros mileuristas, y los otros cincuenta millones, hasta completar los ciento noventa que habitan aquí, que viven -vivimos- muy bien.

Nos reunimos luego con Priscila en su atelier, donde se fabrican artesanalmente las piezas de sus móviles, unas pequeñas obras de arte llenas de color cuya mayor dificultad estriba en que deben estar perfectamente equilibradas. Sus creaciones han salido en algunas series de televisión y en las mejores revistas de decoración brasileñas, pero su asignatura pendiente es poder exportarlas a España, y seguir escribiendo sobre arquitectura. El mayor reto del habitante de esta megalópolis tan congestionada es llegar a su trabajo a tiempo. Para los forasteros, simplemente llegar, aquí no se estila poner carteles en las paradas de autobús, y tener un plano del metro resulta tan complicado como conseguir una sustancia ilegal. En los muros de hormigón de los viaductos los grafitis informan del estoicismo necesario para vivir en esta ciudad: Dios, concédeme paciencia porque como me dieras fuerza.

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