Violonchelos en estado de gracia

Ambos lograron el espejismo de convertir la música en un ser vivo con Bach como compositor principal de sus interpretaciones Yo-Yo Ma y Carlos Prieto, unidos por el Niemeyer, ofrecieron un concierto celestial y terrenal

ALBERTO PIQUEROAVILÉS.
Yo-Yo Ma, anoche en el Teatro Palacio Valdés, durante la primera parte del concierto. Carlos Prieto salió tras el descanso, pero ya no se permitió captar imágenes. ::
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Yo-Yo Ma, anoche en el Teatro Palacio Valdés, durante la primera parte del concierto. Carlos Prieto salió tras el descanso, pero ya no se permitió captar imágenes. :: ADRI QUINTANA

El violonchelo no goza entre el gran público de la misma consideración que su hermano el violín o la propia voz humana en concierto. Acaso sea por que es el segundo sonido más grave -tras el contrabajo- de las composiciones sinfónicas en su vertiente de cuerda. Falso. La percepción quedó amplia y brillantemente desmentida durante la velada de ayer, que el Centro Óscar Niemeyer volvió a regalar en el avilesino Teatro Palacio Valdés. Y quedó desfigurada, precisamente, por quien ha hecho de las cuatro cuerdas con alma -no es figura literaria, sino el nombre de la varilla de madera que une las dos tapas del chelo- la expresión suprema de la música, Yo-Yo Ma (París, 1955) y el no menos valioso y mexicano colega de ascendencia asturiana Carlos Prieto.

El primero durante todo el concierto, que ejecutó con la frente perlada por el sudor de la máxima intensidad, y el segundo, compartiendo escena sólo durante la segunda parte del concierto que abarrotó el teatro. Fue tras el descanso cuando Prieto, que no ocultó su «sentimiento especial» por tocar en Asturias, introdujo la 'Suite para dos violonchelos' de Samuel Zyman. Explicó entonces cómo el origen de la pieza estuvo precisamente en un encuentro que mantuvieron ambos en México y cómo, de algún modo, fue resultado del amor entre sus dos 'stradivarius', que después Zyman convirtió en partitura.

La comunión fue perfecta. Como también lo fue la primera parte ejecutada por el parisino de origen oriental y educado en Estados Unidos, que convirtió los secretos del violonchelo en un deleite plenamente desvelado, al modo de una prolongación de su propio cuerpo, en la que el intérprete y la caja de resonancia, las vibraciones de la barra armónica, las efes por las que fluían las piezas elegidas y el arco, no eran sino una emoción única, al punto -y si se quiere, al contrapunto- de producir esa especie de espejismos que sólo brotan cuando el arte alcanza el estado de gracia y se materializa a la manera de un ser vivo.

Fue Juan Sebastian Bach el compositor fundamental escogido para realizar el prodigio. Sus suites 'Número 1' y 'Número 2', para celebrar la música durante la primera parte sobre el solitario chelo de Yo-Yo Ma, y la 'Número 3', que sonó tras la mencionada 'Suite de dos violonchelos' de Samuel Zyman, en el concierto a dúo.

Y cabría poco que añadir si al mencionar a Bach, simplemente, incorporamos la cumbre de la música barroca y la genialidad creativa en su grado excelso. Nos faltarían los adjetivos. Se supone que Bach escribió las 'Suites para violonchelo' -que a Yo-Yo Ma le valieron uno de sus numerosos Grammy-, cuando era maestro de capilla en la ciudad de Cöthen. Y sabido es que para el autor de 'La pasión según San Mateo', no había diferencias entre música sacra y profana. Esas fueron las sensaciones que ayer propagaron los dos músicos, las de estar escuchando simultáneamente las esferas celestiales y los paraísos terrenales.

Aquellos que todavía albergáramos dudas sobre el inmenso universo del violonchelo, caímos rendidos incondicionalmente. Ovación infinita.