Elogio a la trivialidad

XUÁN BELLO

Ha caído la niebla, se ha metido el mundo en agua y el otoño, acariciando con sus suaves mortajas el paisaje, ha comenzado a ejercer su oficio: abolir el tiempo poniéndole dilatados márgenes al instante que huye. No hay estación que abrigue más, que cree más fantasmagorías verdaderas y haga que los pasos sin destino sueñen un sendero hacia casa. Me imagino las calles de Xixón a esta misma hora, la gente sorprendida en el quicio de la luz más pura con el corazón sonriente y apenado a un tiempo; me imagino la plaza del Ayuntamiento de Uvieo, iluminada de oro para que la mirada se lleve, a pesar del mal tiempo, algo que aún queme en el corazón para casa. Llueve para que yo sueñe y en mis palabras renazca aquella rue de Ménilmontan, en París, o el Central Park de Nueva York. El otoño no está mal si va uno bien acompañado. Llueve como hace meses que no ha llovido: cada hombre, cada mujer, es una isla con vocación de ser archipiélago. No preguntéis por quién tocan las campanas. Yo sueño con Xixón, con Uvieo, con Nueva York porque estoy en Caces y llueve. Si estuviese en aquel piso de Ménilmontan, y lloviese como llueve ahora, tal vez soñase con Caces; si tras los cristales del Pennsylvannia Hotel cayese la lluvia sobre el Madison Square Garden, y yo estuviese allí leyendo a Juan Ramón Jiménez, tal vez soñaría con Caces. Estoy aquí, sin embargo: sueño despierto. Leo 'Todas las trivialidades', de Logan Pearsall Smith, traducido por Héctor Blanco. Un libro maravilloso, con sorpresas únicas. Mirad lo que le dice al alma que sueña, buscando su gemela: «Cuando busco el origen de mis pensamientos descubro que se debieron al frágil azar. Nacieron de pequeños momentos que brillan de manera singular en mi pasado. Leve fue el impulso que me hizo tomar ese camino en la encrucijada, trivial y fortuito el encuentro y fino como telaraña el hilo que me ató por primera vez a mi amiga. Esos momentos están llenos de misterio, pero aún más misteriosos son los que deben haberme rozado, fugazmente, con sus alas y me dejaron atrás». Y concluye: «Así que siempre soy conciente del enigmático y peligroso encanto de la vida cotidiana, con sus encuentros, sus noticias y sus casualidades. Y es que hoy, o quizás la semana que viene, puedo escuchar una voz y, tras hacer la maleta, seguirla hasta el fin del mundo». Sueño, estoy vivo. Soy consciente de ese "leve impulso" que me llevó a la encrucijada, de que esa voz que me acompaña, de la mañana a la noche, es la mía porque es la suya. Sueño, sí, otras vidas que sobreentiendo: la única manera que tengo de apuntalar, sobre el suelo de lo posible, mi propia vida. Hablan en mí muchas voces, pero hoy, sobre todo, habla la voz del otoño. Tiene algo esta estación de acogedora estación de tren: aún faltan unas horas para que el tren de tu destino se detenga y te recoja, pero te demoras con gusto en el banco, mirando pasajeros que se cruzan sin saber que, de alguna manera, están entrelazando su destino. Aquí se puede imaginar una historia, una historia de esas que uno se cuenta cuando está solo y necesita calma su azorado corazón. «Había una vez un muchacho, en la calle Ménilmontan de París, que arreglaba relojes. No era exactamente un relojero, sino un cruzador de destinos. Las agujas de un reloj se las ponía a otro distinto, y las ruedecillas de uno que le había dado un sastre libanés a otro que le había confiado un marinero argentino.Estaba convencido de que los relojes así entrelazados marcaban siempre horas felices o, cuando menos, diferentes". O esta otra: "Desde aquella habitación del Pensylvannia Hotel sólo se veía la niebla y, tras ella, las luces de una oficina fatigada. Pero Mohamed Alsir Leyoud, recién llegado de Sumatra, veía una playa inconcebible en la que una muchacha muy hermosa jugaba a hacer guirnaldas de silencio, arena y la mirada cómplice que, desde lejos, la observaba». Yo, mientras tanto sueño y me cuento historias, sentado en el banco de la estación, leo a Logan Pearsall Smith, traducido por Héctor Blanco, y publicado por Trabe. Tiene razón el prologuista, se trata de una 'joy forever', de una alegría duradera como la fugaz cosecha del otoño. Me levanto, abandono un momento la estación ferroviaria y aparezco como por encanto en mi casa. Me asomo a la ventana, me digo que nada va a cambiar. Mi mirada es la de siempre: otra. Escribo: «Ha caído la niebla, se ha metido el mundo en agua y el otoño, acariciando con sus suaves mortajas el paisaje, ha comenzado a ejercer su oficio: abolir el tiempo poniéndole dilatados márgenes al instante que huye».