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Por un pétalo

16.10.10 - 03:29 -
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Decía el poeta persa Omar Khayam que un leve roce puede matar la rosa. Sin embargo otras veces es necesario que la belleza se rompa y se meta en el barro para seguir siendo hermosa. Escribir y enseñar puede llegar a ser una de las ocupaciones más bellas, porque hace posible convertir un instante en eterno. A fuerza de repetir y repetir lo leído y aprendido vamos construyendo el suelo sobre el que habitamos, que hace la vida soportable. Me contaba mi confidente la historia de un viejo profesor de Física, cuyo mayor anhelo era asistir a un concierto de su ídolo de toda la vida, Vinicius de Moraes. Qué mirada habría visto el gran músico en el hombre, que al acabar la actuación se dirigió a él para darle una de las rosas que le acababan de regalar. El profesor tomó la flor y arrancó uno de sus pétalos y le devolvió el resto diciendo: «De usted me basta con un pétalo». Llueven las frases y de tan oídas olvidamos su valor, como cuando el doliente centurión romano le dijo a Jesús: no soy digno de que entres en mi casa, una palabra tuya bastará para sanarme. Ignoramos el valor que tiene la expresión de nuestros sentimientos y lo que sirve una palabra a tiempo. A mí lo que me sana es escuchar la voz de mi madre al otro lado del mar, simulando normalidad, cómo si el tiempo no hubiera pasado y me esperará para merendar aquello que no tenía leche, cacao ni avellanas pero si un amor que ni el espacio, ni el tiempo, ni las palabras serán nunca capaces de abarcar. Los que nos tuvimos que ir no sentimos ningún odio por aquellos que nos ayudaron a emigrar con su pésima gestión, el tiempo les pondrá en su lugar, en el olvido atroz de los mediocres. De mis heridas no sale más que tinta, pero no la del calamar que utilizan ellos para tapar sus taras, sino una tinta que señala un camino transparente, flanqueado de palmeras y mangas, ya que no pueden ser robles y castaños. Me decía una vez un diplomático que para tener la boca grande hay que tener el trasero limpio, es por eso que muchos de estos especímenes en vez de boca tienen una trompa como la que utilizan las moscas para libar entre los despojos. Por eso miran sin ver a través de sus ojos facetados, que registran tantas imágenes a la vez que pueden escoger entre todas ellas aquella que más les conviene para continuar con sus pequeñas vidas de parásito. De todas las historias posibles las hay fabricadas con titulares de periódico, otras se hacen a fuerza de gestos privados, las mejores se escriben con caricias y besos, esas que nunca llegarán a un tomo de historia. Todo aquello que hacemos en beneficio del prójimo irá a parar al gran libro de las pequeñas cosas, aquellas que no merecen trascender. Los problemas muestran a las personas y como las promesas más firmes se derriten como el amor de los primeros años, licuado por la pasión o por el olvido. Por el interés te quiero Andrés, esa es la máxima de quienes acarician el poder o están a punto de perderlo. De Santa María, como arquetipo de mujer, nos enseñaron la pureza, pero esta no se limita a aquello que arde en el bajo vientre. El libertino puede tener de corazón una patena sin mácula, y la virtuosa arder con un fuego sin llamas. Las apariencias están hechas precisamente para confundir, para castigar a aquellos que son incapaces de leer entre líneas. Para quienes la paz es simplemente ausencia de guerra, el sol un grano de oro por el que consumen su vida y el derecho una forma de torcer las cosas para después ganarse la vida enderezándolas. Muchos disfrutamos del placer de estar deliciosamente pasados de moda, de esperar morosamente el tranvía del que hace décadas arrancaron las vías, mientras otros dibujan el asfalto con la goma de sus bólidos. Tal vez es porque sabemos lo que queremos y el brillo de las cosas nuevas no nos confunde. Entre todo lo que llegó de Asturias me quedo con el galardón más que merecido a Juan Cueto, autor de esa pequeña biblia, ya que hoy nos ha dado por el Evangelio, que se llama 'Heterodoxos asturianos'. Su etapa de crítica televisiva y pleitesía por los reyes catódicos me interesa bastante menos, aunque es disculpable que su curiosidad le llevara a hacerle la primera entrevista que yo recuerdo al granuja de Berlusconi, con una indisimulada admiración. Visitar su casa de la ería del Piles fue como acudir a ver a un ilustrado de carne y hueso y sin pelucón. De aquella andaba empeñado en una factoría tecno-cultural en Llanera promovida por la divina izquierda asturiana que al final sólo llegó a clínica veterinaria. Me dicen que por allí ya llegó la seronda, las mangas se alargan y los días se acortan. Atrás quedó el veranillo de San Miguel, luego San Martín nos prestará su capa generosa allá por noviembre hasta que Santa Lucía dé nombre a la noche más larga del año, la ideal para pasársela amando cerca de una lumbre. Al fin Mario Vargas tiene su Nobel aunque para muchos es como si ya se lo hubieran dado hace años. Ese premio tiene el raro maleficio de sepultar la creatividad de muchos de los escritores que lo obtienen. Sus plumas se quiebran aplastadas por el peso de la academia sueca, su trabajo se paraliza comprometidos en una sucesión de bolos sin fin, borrachos de vanidad y aterrados por el hecho de haberse convertido en un canon, algo de lo que siempre se debe hablar bien, aunque jamás se haya leído. Si este año le tocaba al español yo hubiera preferido que se lo dieran a Juan Marsé, Carlos Fuentes o Juan Goytisolo. Aunque para mí quien más se lo merece es José Luis Castillejo, que a sus ochenta recién cumplidos aún sigue escribiendo libros sin vocales, o con una sola letra, convencido de que acabará llegando al instante previo de la escritura, cuando las palabras se pintaban y el lenguaje estaba por estrenar. Del peruano aprecio sobre todo sus crónicas sobre la guerra de Irak, donde enseñó la patita pontificando sobre la libertad cómodamente alojado en la joroba del ejército estadounidense. En el resto de su obra su persona se esconde tras una excelente literatura que, como el dinero, lo tapa todo. También, por un pétalo, lo que podría ser una rosa se convierte en un cardo.
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