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Los murciélagos y el enemigo

Sociedad

Los murciélagos y el enemigo

23.10.10 - 02:57 -
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Fue la primera noche, cuando llegué a mi casa en la floresta. Estaba en la terraza intentando encontrar la Cruz del Sur, como esperando una escalera al cielo, y de pronto tuve que esquivar a un murciélago en vuelo rasante. El primer pensamiento de quien ve invadido su territorio es el miedo a lo desconocido. Luego llega la idea de expulsar y fumigar al visitante inoportuno y oscuro. Casi siempre que me enfrento ante un dilema moral me da por pensar que hubiera hecho Jovellanos en mi lugar. Entonces, imbuido por el espíritu del prócer gijonés, me decidí a estudiar detalladamente la vida y costumbres del murciélago. La primera en la frente, para que estudiar nada si todo está en la wikipedia. Me hubiera encantado saber dibujar para plasmar en carboncillo a mis inquilinos que ya eran una pareja, cómodamente instalada en las vigas de mi morada. Recurrí al oráculo de Google, no fuera a ser que los visitantes fueran de esos que chupan la sangre, pero no, esos son los políticos. Para entonces ya eran tres, el matrimonio había procreado a un precioso bebé murciélago. Creyendo en una justicia cósmica me dio por pensar que hace sólo cincuenta años el lugar en el que hábito era una selva virgen, y que por lo tantos ellos también estaban de alguna manera en su casa, usufructuada, parcelada y urbanizada por el malvado hombre blanco. A estas loables reflexiones ayudaba la falsa idea de que mis nuevos compañeros se alimentaban de los mosquitos que me atormentaban todas las noches. Esto me ayudaba a ver con buenos ojos la estancia de esa patrulla volante de grandes orejas. La situación comenzó a cambiar cuando llegó un cuarto miembro, probablemente la madre de ella que vino a pasar unos días, y me enteré de que era una familia de murciélagos frutívoros, que no se alimentaban de mosquitos y que se estaban comiendo mis acerolas, unas frutillas rojas algo amargas, con el doble de vitamina C que las naranjas, que desayuno cada mañana. Para entonces ya había tenido que empezar a limpiar sus pequeños excrementos, una tarea a la que en principio no daba importancia y que al aumentar su número se había ido haciendo cada vez más penosa. El principio del fin de la historia comenzó cuando recibí unas visitas, que se quedaron espantadas cuando descubrieron desde la cama a mis cuatro pequeños huéspedes practicando su yoga matinal. En ese momento me vi obligado a expulsar, con dolor y determinación, a mis volátiles amigos del solar de sus mayores, con destino a la oscuridad que los había traído. La moraleja de esta historia es tan incierta como real fue su desarrollo. Cuando uno emigra es como uno de esos murciélagos que busca alimento y cobijo porque la necesidad no conoce fronteras como no las tiene la noche. Nos gustan cuando nos liberan de las tareas más ingratas, pero sobran cuando vienen mal dadas o surge el más mínimo problema. Hay quienes piensan que hay que abrir la puerta a todos, sin importarles que el barco zozobre por exceso de pasaje, otros creen que todo emigrante es un delincuente en potencia. Para abrir las puertas, la casa necesita techo, no sólo buena voluntad o demagogia. Si una casa no tiene paredes no importa demasiado que las ventanas estén abiertas o cerradas. Lo que se suele ignorar es que la presión de dos opiniones antagónicas es la fuerza que logra que el edificio siga en pie. Por eso han fracasado todas las revoluciones y los totalitarismos terminan pereciendo. Para que lo corriente fluya son necesarios los dos polos, igual que el mal es esencial para que podamos distinguir el bien. Esa es la razón por la que las religiones maniqueas adoraban a la serpiente, que gracias a su trabajo tentando a Eva, nos libró de un paraíso tontorrón en el que nunca pasaba nada. Ese perdido equilibrio entre el creer y el saber es el que nos tiene desorientados. Porque ya no creemos en nada y nos empeñamos en saber sólo sobre las cosas prácticas, como la informática, que con una mano nos ayuda en la tarea y con la otra nos esclaviza. En un primer momento parece que nos acerca al otro cuando en realidad lo que hace es mantenerle siempre a una distancia de seguridad que lo convierte en inaccesible. Agotado en cuerpo y karma, tras expulsar a los murciélagos sin razón, me dedico a reponer fuerzas meditando en la ley del esfuerzo inverso, una alhaja filosófica enunciada por Aldous Huxley que afirma que cuanto más nos esforcemos conscientemente por hacer algo, menos probable será que lo consigamos. Me da por pensar que quizás esta es la explicación del gobierno que Zapatero ha renovado como quien cambia de muda, como si quisiera rodearse en el bunker de la cancillería monclovita de sus más fieles antes del previsible hundimiento. A los que nos mandan sólo les interesa que aceptemos, nunca que dudemos y yo me pregunto acerca de las prendas de Leyre Pajín para dirigir Sanidad. Sólo me viene a la cabeza la obediencia, esa virtud cardinal que me resulta tan sospechosa como las manos de esos jóvenes que no han sido capaces de quitarse el anillo de la Primera Comunión, una rueda de molino de la que algunos no quieren librarse para pensar por sí mismos, algo que siempre resulta más cansado que hacer dictados. Al final todo es una pobre pantomima, el disidente precisa del conformista para ser especial, y el gregario del exaltado para disfrutar del hecho de sentirse normal, ya que su cobardía le impide gozar de otros placeres. Y no hay mayor disfrute que la búsqueda de tesoros. Despejar la equis de un mapa amarillento, excavar para encontrar lo soñado. Explorar con la intención del buscador romántico que no sabe lo que busca y no la del experto que solo busca aquello que sabe. En esa tarea descubrí una frase que vale para todos, para el mamífero territorial que se cree dueño de su pedazo y para los gobernantes cercados por sus pelotilleros leales. La pronunció en 1813 el comodoro estadounidense Oliver Hazard Perry tras la batalla de Lake Erie contra los ingleses: «Hemos dado con el enemigo, y somos nosotros».
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