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Los carentes triunfantes

Cultura

Los carentes triunfantes

13.11.10 - 02:26 -
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Ganar o perder son dos circunstancias intrínsecas a la vida, y para que uno ría otro tiene que llorar. Garantizar que no sean siempre los mismos los que lloran es el trabajo de los políticos razonables, que saben que la miseria es innegociable y que un pueblo sin autoestima jamás llegará a ninguna parte. Brasil avanza reforzado hacía el futuro, celebrando un triunfo electoral que agotó todas las reservas de cerveza. Nos cedieron provisionalmente su trono futbolístico a cambio de nuestro progreso económico. Comparar ambos países es contemplar por un lado al más prometedor de los emergentes frente a un país en estado de emergencia. Rajoy espera plácidamente que su oponente acabe su combustible para cruzar una meta que no merece, por simple incomparecencia de su rival. Sus alabanzas a la política del conservador británico Cameron, lo suficientemente vagas como para que creen aun más incertidumbre y confusión, auguran un ejercicio popular en el que a la quiebra de las economías privadas y el paro salvaje, habrá que sumar un recorte de beneficios sociales para quienes menos tienen. En cambio, en Brasil, el triunfo del Partido de los Trabajadores ha superado la ausencia de Lula, y las pequeñas y grandes miserias que generan ocho años de poder. La presidencia de Dilma continuará la labor de eliminar la esclavitud virtual en la que viven muchos de sus campesinos, la desigualdad en el acceso a la educación, y el hambre de grandes capas de la población, que con la Bolsa de Familia, instituida por el anterior gobierno, ya no precisan vender su trabajo a cambio de comida. Han pasado a mejor vida los fantasmas ciertos de involución, en el país en el que los caciques regalaban una bota a sus jornaleros, y luego la que completaba el par en función del resultado electoral. Mientras, nosotros, tras el espejismo del ladrillo, firmamos la claudicación, el fin de la Historia de España para comenzar la de un incierto Estado Español, denominación acuñada por Franco durante la Guerra Civil desde la capital provisional de Burgos, y que ahora utilizan, creyendo que han descubierto algo, los nacionalistas más reaccionarios. En el estado taifal se multiplican la corrupción, se duplican las competencias y se disparan los gastos. Nuestra imagen en el espejo es demasiado desagradable y preferimos partirla en diecisiete pedazos y pelearnos con los demonios familiares antes que competir en el mercado externo y hacer crecer nuestra economía productiva. Usamos nuestro fuego para auto-consumirnos, en vez prender la mecha de unas nuevas industrias que no dependan del gasto privado de los españoles y si de lo que somos capaces de vender fuera. A juego con la realidad de ser cada día más pobres, el discurso político y cultural se hace también más enclenque. Las fuerzas vivas discuten a cuenta de la bragueta y la conciencia de un tal Fernando Sánchez-Dragó, el vivo ejemplo de que a veces cumplir años no significa ganar en sabiduría y de cómo lo que precisa la masa es alguien a quien crucificar, sin reparar en que es ese goce masoquista aquello que procura el interfecto. El comunicador peliteñido gusta de bañar su vanidad en ríos de tinta a juego con su pelo, bastante más económica que la leche de burra en la que sumerge cada día su careta. Es el escritor que, aparte de explotar a todas sus mujeres haciéndole el trabajo de archivo, mejor ejemplifica como la necesidad de mirar a Oriente en busca de la pretendida disolución del ego es siempre proporcional al tamaño del mismo. Proliferan los grupos ansiosos por repartir piedras con su logotipo para lapidar a quien corresponda, cuando en realidad deberíamos estar todos ocupándonos de detener la mano de los gobiernos que aún consideran la posibilidad de ajusticiar a otro ser humano como la iraní Sakineh Ashtiani. Independientemente de su género o sus hipotéticas culpas, e incluso de la religión que profese la víctima, el trabajo contra la pena de muerte ha de implicar a toda la comunidad, pero sin hipocresía ni doble moral, pues es tan víctima la mujer persa como cualquier otro reo de los que aparecen sin afeitar ante nuestras cómodas conciencias, sin haber disfrutado de una mínima asistencia jurídica, o sin considerar su minoría de edad o sus taras psicológicas. El hombre en cada tiempo siempre se ha considerado superior a quienes le precedieron, en el Renacimiento se despreciaba los logros góticos, creyendo más importante el conocimiento de la perspectiva que el salto en el vacío de unas catedrales que retaban al propio cielo. Conviene recordar que los integristas cristianos consideraron a los anestésicos recién descubiertos un intento de violentar los planes divinos, que ya había decidido de antemano cual era la dosis soportable de dolor para un buen creyente. La ignorancia tutelada, la que nos cambia el conocimiento por información, se hunde cuando experimenta el primer contacto con una realidad adversa. Al compás de los nuevos miedos que florecen comenzaremos a desear un guía fuerte, que nos garantice una parte de lo que antaño creíamos tener, a cambio de una libertad individual que poco a poco irá considerándose un artículo de lujo, apropiado únicamente para los tiempos de bonanza económica. En Norteamérica pelan sus barbas contemplando el trabajo de grupos ultra-conservadores como los conocidos Tea Party, embarcados en la extensión de la ley del económicamente más fuerte. Vivimos en un momento de destrucción, aquel que precede siempre al renacimiento, en nuestra mano está que lo que llegue sea un endurecimiento de la condición animal de la humanidad, en pos de la supervivencia, o una elevación que deje de buscar en el suelo para mirar al cielo. Carentes somos todos desde el momento en que cada uno de nosotros podría ser más culto, generoso y feliz. La creencia es siempre una fuga de lo real y quizás llegó el momento de dejar de creer en nuestros políticos para comenzar a creer en nosotros mismos.
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