Sobrecoste

RUBÉN FIGAREDO
Sobrecoste

Ya lo decía el Lazarillo de Tormes, las cosas no valen lo que cuestan. Sin embargo, hay cosas de valor incalculable a las que insistimos en poner precio. En Gijón somos expertos. Después de encontrar un símbolo contemporáneo que nos identificara, El Elogio del Horizonte, nos empeñamos en desbaratar el horizonte con un muro. Al final el famoso dique semi-sumergido hubiera sido una bendición en comparación con un súper-puerto que tapa la bahía y que nadie quiere pagar. Siempre me pregunté por ese afán por hacer obras y levantar las calles recién puestas. Seguro que me contestarán que para financiar los partidos con las comisiones, o para aprovechar las ayudas que llegan como un maná. Como si alguien regalara algo por nada. Los alemanes nos dieron para carreteras para después poder vendernos audis, y la cosa sería optima si nosotros pudiéramos ayudar a los marroquíes para luego venderles lavadoras, y los marroquíes a los senegaleses para que pudieran comprar sus excedentes agrícolas. Por aquí me dicen que el bienestar del que disfrutamos en Europa se lo debemos a la explotación de países como Brasil y otros tantos en vías de desarrollo, con una gran cantidad de mano de obra barata. Yo les contesto que una parte del paro del que gozamos es consecuencia de que muchos trabajadores del mundo más desfavorecido hacen el mismo trabajo por la cuarta parte de sueldo, con la décima parte de derechos sociales y seguridad, y que ellos en una generación se podían cargar un siglo de lucha sindical de occidente, en busca de unos derechos mínimos para los trabajadores. El hambre siempre afloja las exigencias, pero durante las sucesivas revoluciones industriales, incluso hoy, occidente también ha sufrido crisis de subsistencia. Al hilo del día de la Hispanidad, las redes sociales echaban chispas con las declaraciones de algunos albigenses que pedían perdón a los sudamericanos por haber sido conquistados, colonizados y espoliados. Del otro lado del charco, sus pares contestaban que no bastaba con pedir perdón, que España debía de compensar económicamente su desfalco. Yo recojo la idea y propongo que Asturias reclame ante la prefectura de la ciudad de Roma compensaciones a cuenta de la Guerra Astur-Cántabra, que nos privó de nuestra cultura vernácula y nuestro oro. Mi colega de la universidad, Ceiça de Almeida, lo explica a la perfección: «si el pasado nos llega deformado, el presente desagua en nuestras vidas de forma incompleta». Esa es la misión y la cruz del historiador, recordarnos cada día lo que fuimos para a continuación señalar que las mismas piedras en las que tropezamos un día siguen allí. Culpabilizando a los españoles, los americanos se libran de reclamar sus derechos ante sus gobernantes actuales, los auténticos responsables de su situación de atraso y postración. América era una hembra generosa y cargada de dones, que esperaba ser poseída por el primero que llegara. Fue España como habría podido ser Holanda, Inglaterra o Francia. En el caso de Méjico la historiografía victimista ha olvidado que la azteca era una sociedad despótica que tenía sojuzgados a sus vecinos, e incluso a sus propios habitantes. Fueron los toltecas, aliados de Hernán Cortés, quienes destruyeron su capital Tenochtitlán. La similitud entre la religión azteca, con su dios solar y guerrero, Huitzilopochtli, y la religión cristiana de los conquistadores españoles, encabezados por el también guerrero solar, Santiago, resulta asombrosa. Se pueden considerar ambos bandos como dos sociedades agrícolas y guerreras, con una religión similar, semejante ideología y parecidos dioses, que se enfrentaron para disputar la soberanía de un mundo al que ambos consideraban tener derecho. Pero la vía de la reclamación puede ser infinita. Mi familia podría reclamar por mi pobre abuelo Gumersindo que no salió vivo de la cárcel de El Coto, o por la casa de mi bisabuela, quemada por los sublevados franquistas en la aldea salense de Santa Eufemia. Yo también podría pedir daños y perjuicios a cuenta del jesuita que me intentó meter mano de niño, o por las agresiones diarias de los Guerrilleros de Cristo Rey, con el beneplácito de los curas. Luego viene el abuelo Ratzinger para ofrecernos más de lo mismo y acusarnos veladamente de anticlericales. Como decía Hermann Hess, ningún hombre puede vivir sin religión, pero puede hacerlo divinamente sin iglesia. Tranquilos, no se trata de hacer drama, ni soliviantar y revivir viejos fantasmas. Sólo son estampas de recordatorio para aquellos que pretenden vendernos la misma moto dos veces. Si entonces no vacilamos, no vamos a hacerlo ahora. Sería maravilloso poder rescatar la etiqueta de liberal de manos de la derecha, lo mismo que la de radical de las zarpas de quienes se divierten quemando autobuses. Es posible ser liberal porque pienses que el libre comercio es aquello que favorece a tus intereses más egoístas, pero también podemos llegar a la conclusión de que, como decía Don Quijote, la libertad es la mayor riqueza de la que puede gozar el hombre. Lo mismo sucede con los radicales, que no son otros que quienes acuden a la raíz de los problemas para solventarlos, en vez de intentar atajar sus síntomas a golpe de legislatura. Todo lo contrario a la partitocracia que nos untan, en la que nuestra única participación es firmar un cheque en blanco a favor de un grupo determinado, que siempre va a mirar en primer lugar por sus propios intereses. Hay quien cree que ser libre es un bien gratuito, al que tenemos derecho por nacer en un país civilizado, cuando en realidad es un derecho por el que hay que pelear cada uno de los días de nuestra vida. Mi libertad no me permite pasar de largo ante las injusticias, ni ignorar al que está caído a mi lado. Si eso es ser liberal que me digan donde hay que apuntarse. Mi tortuga tampoco es mía, darle de comer cuando aparece no me otorga el derecho a decidir sobre su vida. Mientras peleamos por las piedras y hormigones removidos, el temporal da buena cuenta de todo, incluida mi modesta casita de guardavías en los oteros de Carbaínos. Los genios se siguen muriendo y nos dejan sin aquellas voces en las que nos reconocíamos. Berlanga se fue a encontrarse con su hijo Jorge. Hoy, que ya no está, merece la pena recordar el último plano de su película última, 'París Tombuctú', en el que la cámara se detenía en muro agrietado en el que alguien dejó en una pintada. En ella decía simplemente «tengo miedo». Yo de aquella pensé en que el cineasta y erotómano se estaba refiriendo a su propia muerte. Espero que piense que al final no era para tanto, y esté gozando de un paraíso de encajes, ligeros y tacones de aguja. El miedo es libre porque se alimenta de la libertad que nos arrebata, y la libertad es ese sobrecoste que separa la vida de la simple supervivencia.

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