Somió, tierra ilustrada con alma de aldea

La parroquia de las urbanizaciones sigue ligada a su historia y, «aunque ya no verán muches madreñes por aquí, sabemos bien cómo andar con elles»

El Somió rural. Soledad Lafuente, al lado de uno de los árboles de la carbayera de Laviada, muy cerca de la popular 'cuesta del perru'. ::                             FOTOS JOAQUÍN PAÑEDA/
El Somió rural. Soledad Lafuente, al lado de uno de los árboles de la carbayera de Laviada, muy cerca de la popular 'cuesta del perru'. :: FOTOS JOAQUÍN PAÑEDA

Ya son pocos los vecinos de Somió que pueden presumir de haberse montado en el 'Mátame mi madre'. Así llamaban al último tranvía del día, que volvía a la parroquia pasadas las diez de la noche. Pero nadie como ellos puede dar testimonio del Somió bipolar. Aquel en el que la aldea convivía con las grandes caserías y las familias modestas con las más adineradas de la ciudad. Nadie va a poner en duda, a estas alturas, que Somió es, quizá por su vinculación con el casco urbano, una de las parroquias más variopintas de Gijón.

Tanto es así que, aunque no muchos lo sepan, llegó a erigirse en concejo. Lo hizo para cobijar a quienes abandonaron la villa tras un alzamiento militar. Fue en 1395, cuando Doña Isabel -esposa del duque de Noreña e hija bastarda de Fernando I de Portugal- se levantó en armas contra el Rey e invadió Gijón. Los gijoneses fieles al monarca se refugiaron en Somió y, en la avenida Dionisio Cifuentes, se constituyeron en concejo.

El alzamiento apenas duró tres meses, pero la parroquia volvió a jugar un papel importante en la historia 500 años más tarde. En esta ocasión, Isabel II se encontraba en la ciudad visitando a su hermano, el duque de Tarancón. De repente, se encontró en medio de una revuelta y Jacobo Somonte decidió encargarse de su seguridad. Valdeó el Piles con la reina a cuestas y la llevó a la Quinta del Duque. Más tarde, la regidora le regaló un crucifijo de marfil en agradecimiento. La Quinta del Duque desapareció en 1930. Sus grandes fiestas dieron paso a las reses, en la que luego fue la Estación Pecuaria y, más tarde, el Centro Regional de Reproducción y Selección Animal.

Pero si nos centramos en el siglo XX, son dos los elementos que sin ninguna duda marcaron la historia de Somió. Por una parte, los bailes y, por otra, el tranvía, que comenzó a funcionar en marzo de 1890 y sólo ese año ya transportó 296.000 viajeros. Con la inauguración del tranvía eléctrico en 1909, la máquina se convirtió en uno de los principales puntos de encuentro de la sociedad gijonesa.

Cinco cestas de manzanas

En 1901, el billete costaba 15 céntimos y, 16 años más tarde, hubo una huelga de viajeros para que se bajara el importe. El tranvía servía para bajar los productos del campo al centro de la ciudad y llegaron incluso a organizarse rifas con el número del billete. En 1950, había alcanzado ya los 4.355.788 viajeros.

«Yo bajaba con mi madre y cinco cestes de manzana pa vendeles en la Plaza del Sur. Las dejábamos en el suelo de la calle Corrida, mientras las llevábamos de una en una al mercao y nunca nadie nos robó», recuerda Carmen Medio. También es verdad, que luego podían obtener un merecido descanso, porque «el tranvía tardaba una hora en llegar, así que muchas veces los viajeros iban durmiendo».

Por aquella época, a Gijón llegaba gente de toda España para trabajar en la construcción de la Universidad Laboral «y en Somió nadie quería alquilar su casa. Así que mi madre decidió meter en una de nuestras habitaciones a un matrimonio con cuatro hijos; en otra, a una pareja con un solo niño; y, en la planta de abajo, a dos chavales que venían de Infiesto. Los metimos a todos como pudimos y nosotros nos fuimos a vivir al hórreo», cuenta.

No mucho tiempo después, el 25 de agosto de 1960, desapareció el tranvía. Algunos vecinos se lamentan aún hoy «de que no se haya conservado como en otros lugares».

José María Medina, quien durante sus primeros treinta años sólo venía a Gijón a veranear, se había casado y trasladado al barrio de Les Caseríes. Este lugar nació cuando los propietarios de una grandísima finca decidieron rentabilizarla, dividiéndola y vendiendo las parcelas. En cada una de ellas se construyó una gran casería, dándole nombre al barrio.

Granja de faisanes

José María, que fue el concejal encargado de Caminos del Ayuntamiento de Gijón, informa de que «los raíles del tranvía se utilizaron para construir puentes, que debían hacerse con el menor dinero posible. Camino a Pinzales, se construyeron unos cuantos de este modo».

Aunque no era hombre de bailes, recuerda una velada muy especial en el Somió Park: «Yo tenía una granja, donde criábamos faisanes. Cuando hice el plan general de caminos, no quería andar rompiéndome la cabeza con cada obra, así que hice un plan generalizado. Era también el presidente de la Hermandad de Labradores y vicepresidente de la Cooperativa de Agricultores. Además, tenía muy buena relación con la Caja Rural. Decidí meter a representantes de estas entidades, al alcalde y a todos los concejales en el Somió Park y darles una faisanada. Era una encerrona. Cuando todos estaban allí, saqué el plan y se lo expliqué a todos. Con la unión de estas entidades, salió adelante». En cuanto al caso particular de su parroquia, «Somió tenía muy buenas comunicaciones radiales, pero las transversales eran escasísimas. Eso fue lo que tratamos de arreglar».

Carmina, por su parte, cuenta experiencias muy distintas. Ella sí que pasó noches enteras bailando en la pista. «Mi madre trabajaba en el Somió Park y me llevaba de pequeña, con 15 años o así, a que la ayudase a secar platos. Alguna vez fregué los baños, que metíen pánico; pero a cambio me quedaba al baile y entraba gratis a la cantina». Después trabajó 18 años en Casa Jorge. «Sólo había éste, La Pondala, Jamino y Casa Alvarín, así que se vendía muchísimo. La gente venía de todo Gijón», explica.

Ambos, José María y Carmina, recuerdan a la perfección el lugar a donde venían muchas familias de veraneo desde el Gijón de Revillagigedo. Como el arzobispo de Oviedo, que pasaba la época estival en Villamanín, donde está el Convento de las Agustinas. Ambos recuerdan los sombreros de los curas colgando en aquella pared. Y ambos asienten cuando Soledad Lafuente concluye: «En Somió, ahora, no se verán muches madreñes, pero sabemos bien cómo andar con elles».

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