André Frossard

ANTONIO COLAO GRANDA

No sería fácil encontrar un converso de mayor resonancia mundial que la del académico, escritor y periodista francés André Frossard. Su prestigio como católico converso no ha encontrado fronteras en el mundo donde no fuese conocido su nombre. Amigo de los papas Pablo VI y Juan Pablo II, es de suponer que les haya informado minuciosamente del episodio que tuvo lugar en una capilla católica del Barrio Latino, en París.

La conversión del escritor ateo André Frossard delante del Santísimo Sacramento, él mismo nos la cuenta en su libro: 'Dios existe, yo me lo encontré' (1969). Y dice André Frossard repetidamente: «Desde que he encontrado a Dios ya no me logro acostumbrar al misterio de Dios. Cada día es una verdad para mí. Y sabiendo que Dios existe, tengo que decirlo; si la vida eterna existe tengo que predicarlo. Si Cristo es Hijo de Dios tengo que gritarlo», etcétera.

El padre de André Frossard fue Luis-Óscar Frossard, uno de los fundadores históricos del Partido Comunista Francés, quien fue líder del partido durante 31 años. Tal vez por eso, y por los ilustres profesores que le habían educado a su hijo André Frossard, le resultaba más difícil comprender que André se hubiera convertido a la religión católica, y lo declarara públicamente:

«Habiendo entrado a las 5:10 en una capilla del Barrio Latino de París para buscar a un amigo, me encontré saliendo a las 5:15 en compañía de una amistad que no era de esta tierra. Entrando escéptico y ateo. más aún que escéptico y más aún que ateo, indiferente y preocupado de muchas otras cosas que de un Dios al que no pensaba, ni siquiera para negarlo».

Sigue André Frossard de forma desbordante y total bien acompañado, con ese gozo que es la exultación del que siente que su alma se ha salvado para siempre y renuncia a todo lo que no sea servir a Dios en el prójimo haciendo apostolado a nivel internacional y publicando libros y artículos en diversos idiomas para transmitir el bien que Dios le ha regalado, y que tiene obligación de hacerlo. «Gratis lo habéis recibido, gratis lo tenéis que dar» (Mateo 10, 8).

«En primer lugar, me fueron susurradas estas palabras «Vida espiritual». Como si hubiesen sido pronunciadas en voz baja al lado mío. luego, una gran luz, un mundo. otro mundo hecho esplendor y de una densidad que de un golpe nos muestra el nuestro entre las sombras frágiles de los sueños irrealizados. la evidencia de Dios. de quien siento toda dulzura. una dulzura activa, llena de sorpresas, más allá de toda violencia, capaz de romper la piedra más dura y más dura que la piedra, el corazón humano».

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