«Daría un puñetazo a quienes dicen que el hombre no llegó a la Luna»

«Somos completamente insignificantes en el Universo», dice a partir de su larga experiencia quien más sabe en España de la aventura espacial

CÉSAR COCA
El exdirector de la NASA en España, fotografiado en la azotea de su casa de Madrid al atardecer. ::
                             JOSÉ LUIS NOCITO/
El exdirector de la NASA en España, fotografiado en la azotea de su casa de Madrid al atardecer. :: JOSÉ LUIS NOCITO

Luis Ruiz de Gopegui fue una de las pocas personas que presenciaron la llegada del hombre a la Luna y no tuvieron conciencia alguna de que era un momento histórico. Pudo ser porque pensaba que aquello no era más que el comienzo de un tráfico continuo, de una era en la que los viajes al satélite se sucederían cada poco tiempo. O pudo ser también porque, como director del centro espacial de Fresnedillas, era el máximo responsable de que la señal del momento en que la nave se posaba sobre la superficie lunar llegara a las instalaciones de la NASA y fuera difundida al mundo en perfecto estado. Lo cierto es que Ruiz de Gopegui, veterano jurado de los Premios Príncipe de Asturias de Investigación, reconoce que no sintió nada especial. Ningún cosquilleo en el estómago, ninguna sensación de estar viviendo un día y una escena marcados para siempre en los anales de la era contemporánea. Ahora, retirado y ajeno a la agencia espacial estadounidense, para la que trabajó 30 años, Ruiz de Gopegui repasa su vida, desde la adolescencia en la durísima postguerra hasta los años felices en que, como él dice con una sonrisa, se sentía «un artista».

- Fue al colegio del Pilar. Pilarista como tantos ministros de tiempos de la UCD, pero usted llegó más alto.

- Ministros de la UCD y del franquismo... Sí, llegué alto, pero solo virtualmente porque nunca me he movido de la Tierra. Tengo muy buenos recuerdos, aunque nos enseñaban cosas que eran mentira. Por ejemplo, que Darwin era un loco y sus teorías, una tontería. Luego, cuando me interesé por la Biología, vi que ya en aquellos tiempos estaba muy claro que esa postura había quedado completamente desfasada.

- Si algún profesor le dijo alguna vez que estaba en la Luna se arrepentiría al verle como jefe de la NASA en España.

- En clase destacaba poco. Era zurdo y eso era como ser hijo del diablo. Mi padre, que era una bellísima persona, se enfadaba cuando me veía usar la mano izquierda. Ya sabe que en aquella época se entendía que había que usar la diestra aunque fuera forzando la inclinación natural, y fíjese en la cantidad de zurdos importantes que hay ahora. En las reuniones de exalumnos todavía hay quien dice: 'Mira hasta dónde llegó, y parecía tonto'. Disfruto al ver dónde está cada uno de nosotros. Y sí, es cierto, yo estaba con frecuencia en la Luna durante las clases, porque fantaseaba mucho.

- Inició la carrera en plena postguerra. ¿Cómo era la Universidad española entonces?

- Era de pena. Había que luchar continuamente con la falta de medios. No había libros apenas, ni otras muchas cosas. Y los catedráticos eran, muchos de ellos, verdaderamente lunáticos. Recuerdo al de Mecánica, que nos dio un libro de texto en ruso... Cuando luego llegué a Stanford fue como ver el cielo. Allí había libros, apuntes, podías hablar con los profesores cuando y cuanto quisieras, podías ir en camiseta a clase. Hasta eso me chocó porque aquí había que ir con corbata. Una vez le dije a un profesor que en España con frecuencia no entendía nada de lo que me decían. Y él me contestó que eso probablemente sucedía porque el profesor tampoco entendía lo que estaba explicando.

- Así que allí le fue mucho mejor.

- Sí, porque aquí, en el primer ciclo, las clases estaban masificadas. Yo estudiaba Física, pero estábamos juntos todos los de Ciencias. Luego, en el segundo ciclo empecé a sacar mejores notas.

Tras acabar la carrera, Ruiz de Gopegui empezó a trabajar en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). A los 25 años, consiguió una beca para ampliar sus estudios en California. Aquello no fue solo una experiencia académica, también fue una experiencia vital. Y eso que entonces no podía ni imaginar que su carrera profesional iba a estar vinculada a EE UU.

- ¿Cómo fue su entrada en una universidad con fama de izquierdista y en la que años después, junto a Berkeley, se gestaron el movimiento hippie y grandes protestas contra la guerra de Vietnam?

- Para mí fue un choque. La Universidad y América en general. Era increíble. Entraba en un supermercado y me deslumbraba la cantidad y variedad de productos. Un día fui a un espectáculo y el parking del recinto era tan grande que luego había un autobús para ir hasta la puerta de entrada. La política se me hizo difícil de asimilar al principio por el enorme salto que significaba para mí. Pero bueno, muchos años después he vuelto a EE UU y me ha parecido un país extraordinariamente conservador, ya ve.

- ¿Por qué?

- Porque aquí las libertades han avanzado mucho más, en España y en toda Europa. Me sorprenden cosas como que no se permita el 'top less' en las playas y otros comportamientos tan anticuados o más. Eso sí, tecnológicamente siguen en punta. Y las instalaciones de la NASA me han asombrado cada vez que las he visitado.

- La beca para Stanford terminó y tuvo que regresar a Madrid. ¿Fue muy duro?

- Cuando volví al CSIC se me cayó el alma a los pies. No había material, no había apenas recursos para nada. Me dije que me tenía que marchar de allí en cuanto pudiera, así que el día que vi en un periódico un anuncio que pedía personal para la NASA, no me lo pensé.

En otro mundo

Su salto a la NASA fue como cambiar de planeta. Allí había medios, exigencia, objetivos claros... Y además, la primera gran misión en la que la estación de Fresnedillas daba apoyo a la NASA cubriendo durante ocho horas al día la trayectoria de una nave fue precisamente la del 'Apolo XI', rumbo a la Luna.

- ¿Cómo vivió el momento del alunizaje?

- No me di cuenta de su trascendencia. Pensaba que los viajes iban a ser frecuentes a partir de entonces y además estaba en mitad del follón de la estación. Era un barullo tan grande que solo estábamos preocupados por que todo saliese bien y nadie pudiera decir: 'Estos españoles no saben...' Luego, cuando se festejó aquello a los cinco años empecé a pensar que quizá había sido un acontecimiento histórico. Pero no entonces. Y eso que cuando la nave tocó suelo lunar era Fresnedillas quien hacía el seguimiento. Luego, cuando Armstrong salió al exterior el control ya lo hacía el centro de Australia. No me emocioné con esa escena, pero se me saltaron las lágrimas cuando terminó la misión del 'Apolo XIII', porque yo estaba convencido de que no volvían.

- ¿Era muy duro el trabajo de seguimiento de las naves?

- Teníamos un seguimiento de ocho horas al día y luego empezábamos a preparar de inmediato lo que teníamos que hacer en el siguiente turno que nos tocaba. Había un grupo mixto de españoles y estadounidenses y cuando acabó la misión del 'Apolo XI' hicimos una gran fiesta. Pero de lo que más me acuerdo es de una verdadera aventura con un par de alcaldes.

- ¿Qué sucedió?

- Habíamos dispuesto una sala para la prensa. Y en esas, sube a mi despacho una de las intérpretes para decirme que dos personas querían hablar conmigo de forma urgente. Eran los alcaldes de Fresnedillas y Navalagamella. La estación está entre los dos municipios, pero ocupa más terreno del primero, porque en su momento el alcalde de aquel pueblo había dado más facilidades. Cuando la estación se hizo famosa, el pueblo de Navalagamella se rebeló contra su alcalde y por eso fueron ambos ediles a pedir que se llamara en lo sucesivo de Fresnedillas-Navalagamella, y no solo con el primero de los nombres. Yo les dije que no había problema... Lo que ellos no sabían es que la NASA la llamaba siempre estación de Madrid, sin más.

- ¿Qué siente cuando oye decir a alguien, en tono serio, que no es cierto que el hombre haya llegado a la Luna?

- Aldrin, el segundo astronauta que pisó el satélite, pegó un puñetazo a alguien que le dijo eso mismo. A mí me dan ganas de hacerlo; también daría un puñetazo a quienes sostienen que el hombre no ha pisado la Luna. No sé si quienes lo hacen son ignorantes o frescos que quieren hacer negocio. Los gobiernos nos engañan a veces, es cierto. Pero no siempre.

- ¿Y cuando se dice que no tiene sentido gastar dinero en la aventura espacial con tantas necesidades como hay aquí abajo?

- Me duele ese argumento pero me defiendo contra él. Muchas veces, en charlas que doy por ahí, explico los beneficios para la vida cotidiana que ha traído la investigación espacial: los móviles, internet, la miniaturización de la electrónica, el GPS... Si se recortan los fondos se conseguirán cosas, pero a menor ritmo. El espacio reporta unos beneficios sociales y económicos increíbles.

- Pero aquí la investigación sigue contando con muy pocos recursos, la espacial y el resto.

- Tengo una sobrina que es doctora en Física y hablo de eso con ella. De mis tiempos acá, ha habido un enorme salto en los medios y la preparación de los científicos españoles, pero también en otros países, así que la diferencia sigue siendo muy grande. Soy pesimista respecto de la educación en España. Siempre que hay crisis se recorta el gasto de la Universidad y la investigación. Un error: el futuro está ahí, y eso no se puede recortar.

- Además, el modelo que triunfa es del famosillo que sin saber de nada se pasea por la TV y gana un dinero. ¿Cómo se promueve el esfuerzo que significa trabajar en la ciencia?

- Hace poco, uno de esos famosillos se reía de un joven científico diciéndole que él ganaba en media hora en la tele lo que el otro trabajando todo el año. La sociedad actual no favorece el trabajo continuo y profundo que requiere la ciencia.

Realidad y ficción

Treinta años en la NASA marcan una vida. Pero no fue una etapa completamente dedicada a ver el espacio y seguir las naves. Como sucede en tantas empresas, un día fue promovido a un puesto superior, y entonces tuvo que empezar a dedicarse a asuntos mucho más mundanos que la contemplación del infinito y sus estrellas.

- Los primeros quince años fueron muy bonitos, pero luego me fueron promoviendo a puestos cada vez más odiosos. Tenía que ir todos los años a EE UU a negociar el presupuesto. Y lo que sucedió fue que cada vez había menos dinero, lo que equivalía a despedir gente y chocar con el comité de empresa. Las cosas habían cambiado mucho.

- ¿Significa eso que en los primeros años sobraba el dinero?

- Le voy a contar una anécdota: a poco de llegar yo allí, un estadounidense murió en un accidente de tráfico cuando circulaba de Robledo a Cebreros, para visitar nuestras instalaciones. La NASA preguntó qué había pasado y descubrió que la carretera era muy estrecha y estaba mal asfaltada. Y ellos se encargaron de ensancharla y pavimentarla. Todavía hoy sorprende la anchura de ese tramo. Había dinero para todo.

- Pero dejó de haberlo.

- Sí. Por eso fue una alegría jubilarme, porque estaba harto de recortes. Cada vez que regresaba de EE UU venía en el avión todo el viaje pensando cómo decírselo al comité de empresa y la que se podía montar. Así que ese período me sirvió para entender cómo eran las cosas a ras de suelo.

Ruiz de Gopegui ha escrito varios libros, entre ellos alguno de ciencia ficción. Parece inevitable en un científico relacionado con el espacio a quien le gusta escribir. En esa faceta, no ha conseguido tanto reconocimiento como su hija (Belén Gopegui) y acepta con humildad que muchos empiecen a referirse a él como el padre de la escritora, pero su aportación a la divulgación es relevante.

- ¿Cómo lleva un científico dedicarse a la ciencia... ficción?

- He escrito dos novelas, pero soy enemigo de quienes ven ovnis y todo eso. En una de mis novelas escenifico cómo sería la llegada de una nave a la Tierra.

- ¿Cómo?

- Pues la veríamos llegar mucho antes porque hay una verdadera red de vigilancia del espacio. Lo que es impensable es eso de que llegan por sorpresa y se ponen a hablar en inglés... Pero, además, ¿para qué iban a venir? Con lo que les costaría...

- Hay gente que vive de vender la existencia de extraterrestres, psicofonías, misterios, fantasmas... ¿Qué le parece?

- Son patrañas. Alguna vez he coincidido con ellos, pero como no saben nada, no entienden nada, es imposible discutir.

La idea de Dios

- ¿Se habría cambiado por un astronauta?

- Al principio, no. Cuando comencé en la NASA, yo tenía 40 años. Los astronautas eran más jóvenes y además, para serlo, había que ser ruso o americano. Así que nunca lo pensé. Luego, escribiendo 'Regreso a la Luna', sí pensé que me habría gustado.

- ¿Soportaría vivir en un espacio tan pequeño como una nave espacial o la Estación Internacional, durante tanto tiempo?

- No, porque yo no tengo esa pasta. Habría sentido claustrofobia. El sufrimiento al que se somete a los astronautas es tremendo.

- Tanto tiempo mirando al espacio... ¿se ve mejor a Dios en él?

- Se ve distinto. Fui educado en un colegio cristiano y cuando llegué a Stanford me encontré con que había una capilla donde se podían hacer cultos de muchas religiones. Allí empecé a cambiar mi idea de Dios. Luego, estudiar el origen del Universo terminó por modificar el concepto que yo tenía. Hay una frase de Einstein que me impresiona: 'Creo en el Dios de Spinoza, que se manifiesta en la extraordinaria armonía de todo lo que existe'.

- ¿Haber llegado a la Luna revela la grandeza de nuestra civilización o nos hace más conscientes de nuestra pequeñez en el Universo?

- Somos completamente insignificantes en el Universo.