«Lo no confuso no puede ser humano»

Fernando Arrabal hizo gala de su humor histriónico en el último acto que organiza el Centro Niemeyer antes de su inauguración

RAFA BALBUENAAVILÉS.
Arrabal, ayer, sobre las tablas del avilesino Palacio Valdés. ::                             MARIETA/
Arrabal, ayer, sobre las tablas del avilesino Palacio Valdés. :: MARIETA

Dentro de lo caótico, fue todo previsible. La conferencia que ayer protagonizó Fernando Arrabal en el Teatro Palacio Valdés, invitado por el Centro Niemeyer, consistió en un perpetuo divagar sobre todo y sobre nada a la vez. Un monumento al absurdo y a la provocación que el escritor y cineasta ha hecho ideal de vida, que el público asistente al acto rió y aplaudió a rabiar. Aunque el mismísimo protagonista confesase en varias ocasiones haber perdido el hilo de su discurso, esto no pareció importar a nadie. La concurrencia quiso ver al Arrabal que esperaba, y en ese sentido, la 'performance' del autor de 'Cementerio de automóviles' no decepcionó.

Con puntualidad, las luces del teatro se apagaron, y el fondo del escenario reflejó a toda velocidad varias imágenes de la trayectoria del dramaturgo desde los años 60 en París hasta ahora mismo. Y en un brusco 'raccord', la imagen se desvaneció y Arrabal hizo su entrada en escena en una silla de ruedas, empujada por un actor disfrazado de 'La naranja mecánica', que tras dejar al protagonista en el centro de las tablas, se dio media vuelta, se bajó los pantalones y mostró una espléndida rosa (de papel) enchufada en el lugar donde se dice que tienen la flor los que nacen tocados por la suerte. El espectáculo acababa de comenzar, y antes de escucharse la primera palabra, estaba claro que lo que iba a venir no iba a dejar a nadie indiferente.

Así, un foco cenital iluminó el escenario y Arrabal se levantó, quizá pensando en la socorrida frase de '¡milagro!'. Vestido con un quimono, hizo un gesto de otear la platea, saludó con la mano y comenzó a encadenar frases, exabruptos y aforismos a placer. «Lo que no es confuso no es humano», dijo a modo de apertura. Partiendo del título ('Facebook warning, Lady Gaga influential y la ejecución del testamento del Marqués de Sade en 49 minutos') el escritor empezó a exponer las razones por las que le habían censurado su perfil en esa red social de internet, para pasar a relatar la experiencia de su condena por escribir una carta abierta a Franco, equiparando ambos episodios como «una muestra de fascismo». Y explicó que «los únicos que me defendieron ante los doce años que pedían de cárcel para mí fueron Cela, Octavio Paz, Aleixandre, Elías Canetti y Samuel Beckett... y todos fueron Premio Nobel, pero yo no». O la perentoria «No soy español ni francés; mi única patria es el destierro». Luego, en medio de bosques dialécticos de imposible salida, circularon por su discurso 'Las cien personas más influyentes según The Times', André Breton, Tristan Tzara, Rafa Nadal, Penélope Cruz, Picasso, Dalí, la Virgen María... y la inenarrable escena final de cómo el pintor Jean Benoit se grabó a hierro candente en el pecho el nombre del Marqués de Sade.

El delirio y las risas de los asistentes estallaron desde el principio, al emprender Arrabal una serie de preguntas sobre 'Asturies (sic) patria querida', que definió como «himno de la Humanidad». «¿Quién es esa morena? ¿Y cuál es la flor?». Ni siquiera las preguntas formuladas por Roberto Corte, de la revista teatral 'La Ratonera', y por Eladio de Pablo, director de ESAPA, tuvieron hilación. El caos fue la norma en el último acto del Niemeyer antes de su inauguración. Puro surrealismo.