Yo estuve allí

MIGUEL BARREROARTÍCULO GANADOR PUBLICADO EL 17-3-2011 EN EL COMERCIO

Yo me embarqué con Jim Hawkins en la Hispaniola a la busca de un tesoro sepultado en no recuerdo bien qué isla perdida en un confín remoto del océano; cabalgué por las llanuras de La Mancha y vi gigantes donde tan sólo resultó haber molinos; me enamoré de una niña de doce años cuyo cuerpo aún sin desarrollar puso luz en mi vida e hizo arder mis entrañas; paseé un día entero por las calles de Dublín perdido en divagaciones vagas, inconexas e infructuosas; elaboré con Jacques Deza más de un informe preventivo en las cloacas del MI6; pude hablar con príncipes que reinaron en asteroides lejanos y terminaron extraviados conmigo en las inmensidades del desierto; conocí los pormenores de una Barcelona prodigiosa y vagué sin rumbo por los rincones más inverosímiles de un Madrid canallesco y turbador; me avecindé durante un tiempo en el 221B de Baker Street en compañía de un detective aficionado a la cocaína; deambulé por los subsuelos de París y me encaramé al campanario de la catedral de Notre Dame para observar los bailes de una gitana junto a la que decidí morir; resolví los crímenes que un monje ciego cometió en un monasterio italiano en cuyas estancias asistí a sesudos debates teológicos; conversé con todos los fantasmas de Comala y combatí en todas las guerras de Macondo; fui poeta en Nueva York y extranjero en Ámsterdam; anduve por el cielo y el purgatorio y el infierno cuando me vi obligado a recorrerlos para encontrarme con mi amada; padecí los tortuosos inviernos en las montañas de Región escuchando en la lejanía los disparos del guardabosques; discerní la fina línea que separa el Bien del Mal a la luz de los agostos de Yoknapatawpha; me alcoholicé bajo el volcán y discutí a pie de barra sobre el pasado, el presente y el futuro del Perú; fui un extranjero envuelto en un crimen absurdo para el que no tuve ninguna explicación; me convertí en escarabajo; soñé que volvía a Manderley; anduve de vez en cuando por las cruzadas; traté de cerca a Adriano, a Julio César, a Claudio el dios y a su esposa Mesalina. Podría seguir hasta llenar varios folios, pero me falta espacio. Hace un tiempo, un viejo amigo me preguntó de qué me servía leer tanto. No he encontrado una manera mejor de contestarle.

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