De la Grecia clásica a los vientos modernos

El creador vasco afronta su «verdad» sobre los cuerpos de la historia y la joven gijonesa, su destino en un juego de cotidianos y presente Pedro Txillida y Lucía Rivero enfrentan en dos galerías de Gijón dos miradas distintas del arte

PACHÉ MERAYOGIJÓN.
Hijo de Eduardo Chillida, con el que conserva gran parecido, se deja fotografiar entre una escultura a la que envuelven varias de sus cuerpos pintados. ::
                             PAÑEDA/
Hijo de Eduardo Chillida, con el que conserva gran parecido, se deja fotografiar entre una escultura a la que envuelven varias de sus cuerpos pintados. :: PAÑEDA

El arte tiene tantas caras como miradas se pongan sobre ellas.

«Sólo hace falta fijarlas con honestidad», dice seguro Pedro Txillida, el hijo del gran Eduardo Chillida, que, para navegar por el complicado mundo de la creación sin rendir otras cuentas que las personales, se ha desdibujado (descastellanizado) su famoso apellido. Y habla así Txillida, que ayer inauguró exposición en la galería Gema Llamazares, para dar fe de la «verdad» que encierran sus obras. La que se cuenta a sí mismo y la que quiere que escuchen los demás. Una verdad que descubrió «mirando muy dentro y escuchando» su «propia voz» y que llega a las paredes de la galería gijonesa envuelta en savia de la Grecia clásica. Abrazada y abrazando, en realidad, «toda la historia del arte, los siglos y siglos de iconografía que están con nosotros. Los cuerpos que hemos visto y los pliegues de los ropajes que hemos admirado».

Su obra, como esta exposición, está marcada, por tanto, por todo lo que ha visto y lo que ha vivido. «Como ahora hacen mis hijos pequeños, yo en mi infancia fui testigo de cada uno de los pasos que daba mi padre. Él fue la plataforma, el maestro del que aprendí la estética y la ética del arte», dice Txillida, asumiendo «orgulloso» su influencia paterna, entre las pinturas, pero también entre los hierros.

Su obra se despliega en la calle Instituto. A pocos metros de sus obras y técnicas mixtas, en la galería Adriana Suárez (en la plaza del Instituto), otra mirada. Una joven creadora gijonesa, Lucía Rivero, crea su propia geografía, muy diferente a la habitada por Txillida.

Licenciada en Bellas Artes por la Complutense de Madrid, casi desde anteayer (2007), Rivero, que lleva en sus jóvenes espaldas el Premio Astragal y ha sido beneficiada por la beca The Kalliopi & Christos Lemos, presenta en la también joven sala, una suerte de instalaciones, en las que el viento, que busca destino propio escapando por la boca de un secador, es su metáfora de los nuevos tiempos, pero también su herramienta real de creación.

En realidad, Lucía, que asume la presencia de elementos absolutamente cotidianos como un juego de formas y fondos, ofrece tres performances en la galería, un vídeo y algunos dibujos sobre las paredes. En todas interviene el viento. Secadores, bolsas de basura y aire llenándolas dan cuerpo a la obra 'I can't wait for something beautiful to happen' ('No puedo esperar a que suceda algo hermoso'); una maraña de serpentinas con historia propia y varios colores que lleva mensaje forman la segunda obra ('A veces no hacer nada se convierte en algo'). La tercera también lleva el viento a la sala y con él la música. Su título ('Influencia'). Su intención compartir el espacio del arte.