El último de Filipinas

No tiene rituales ni manías a la hora de escribir este profesor de Geología metido a literato. Eso sí, en su camino se cruzó por casualidad José Rizal y quedó para siempre enganchado al encanto de la cultura e historia asiáticas

ALBERTO PIQUERO
El último de Filipinas

El espacio que ocupa Jorge Ordaz para escribir sus libros, no requiere ni en consecuencia ofrece un marco de grandes sugerencias. Un pequeño rinconcito en un salón. «Tengo pocas manías», dice. La imaginación le vuela por dentro. Se caracteriza Jorge Ordaz (Barcelona, 1946) por una compostura que limita con la elegancia y la discreción. No podría ser de otra manera el lugar en el que dedica su tiempo a la literatura -en el extrarradio de su función profesional como profesor de Geología en la Universidad de Oviedo-, más que austero y exento de perifollos. Destaca la robusta biblioteca de madera, que contiene tantas ediciones en inglés como en español. Apenas, unos cuadros en las paredes del amplio salón, en uno de los cuales se advierte la firma de Guinovart. La fotografía de su padre -«murió hace tres años»- en el puerto deportivo de Cadaqués. Otra, de su bisabuelo, con bigote de época. Y en los anaqueles, un puñado de figurillas exóticas, «de mis viajes o regaladas por amigos», entre las que se hace sitio una artesanía filipina, un muchacho -«allí se les llama bata»- a lomos de un carabao. El rincón de la escritura está esquinado junto a una ventana, frente a una lámina de Chateaubriand. Un hueco elemental. «Tengo pocos rituales para escribir, pocas manías. He escrito en sitios muy diversos, y no necesariamente siempre con aislamiento». Acaba de poner en los escaparates su última novela, 'El fuego y las cenizas' (Editorial Pez de Plata, 2011). Vuelve a Filipinas, donde ya había recalado con 'La perla de Oriente' (finalista del Premio Nadal, 1993) y en 'Perdido Edén'. Pero ahí se acaban las coincidencias, pues estas dos últimas navegaban cada cual con su singladura por siglos de corsarios. Ahora, la acción nos traslada a 1941, en pleno estrépito de la II Guerra Mundial, a punto de producirse el bombardeo japonés sobre Pearl Harbour, mientras Manila tiembla y por sus calles deambulan espías, periodistas, gentes nativas, empresarios en vilo, putas decentes y asesinos a sueldo, diplomáticos -algunas veces, ejerciendo todos ellos papeles dobles y hasta triples-, historias de amor y resistencia, traiciones y crueldad documentada. En medio de los sangrientos combates, miembros de la Falange Exterior española, buscando un sitio al sol oriental que más calentara, con José Alfonso Ximénez en el centro de una trama que se distingue por la coralidad de los personajes, muchos de los cuales poseen trazos inolvidables. Lo cierto es que Filipinas fue una fantasía en el pensamiento de Ordaz, antes de convertirse en material literario y geografía visitada. Lo relata así: «Estudiaba el bachillerato y la literatura filipina en la historia de la literatura española, era sólo un renglón. Se mencionaba a José Rizal y su obra, 'Noli me tangere'. Eso me quedó. Anecdóticamente, yo me trasladé de domicilio en Barcelona un tiempo después y la calle en la que me instalé era la del doctor Rizal». ¿Era el mismo del bachillerato? «El mismo. Y acabé haciendo una edición de 'Noli me tangere' para el Instituto de Cultura Hispánica». Anécdota o predestinación, las cartas estaban dadas. También, la recapacitación: «En la literatura española, apenas se ha prestado atención a las novelas de aventuras que tanto juego han dado durante el colonialismo inglés, con Kipling o Salgari. Esos escenarios apartados de la metrópoli, aquí no han tenido eco». De ahí surgiría 'La perla de Oriente', novela aventurera y preliminar a su viaje a Filipinas, en 1998 (antes, ya había publicado 'Prima Donna', finalista del Premio Herralde 1986, o 'Las confesiones de un bibliófago', en 1989). Un desembarco en el que cupieron sorpresas: «Había cosas que resultaron como las había supuesto. El paisaje natural, los volcanes, la vegetación, los ríos, no cambian. Sin embargo, me sorprendió que casi no quedaran vestigios de la huella de España en Filipinas, a pesar de que muchas de las palabras en tagalo son idénticas al castellano. No las asocian con España. Y quedaba muy poco de la Manila colonial. La Segunda Guerra Mundial arrasó la zona de intramuros, la redujo a escombros». 'El fuego y las cenizas' retrata fielmente esa fase histórica, como fondo de los acontecimientos de primer plano, en los que Jorge Ordaz trasciende los episodios bélicos y sus efectos carniceros -«(...) Dos cuadras más adelante, Gloria vio en la acera un bulto. Era el cadáver de una mujer. Tenía el vientre reventado y a su lado un flaco perro amarillo hurgaba entre las vísceras»- para posar la mirada en la condición humana. «Es verdad», admite, «que en esta novela, de forma directa o indirecta, hay más reflexión acerca de la condición humana que en otras anteriores. Quizá porque en una situación de guerra aparezcan lo mejor y, especialmente, lo peor de cada individuo. El balance no es optimista porque la realidad no lo fue». Y esa realidad, que sólo es el soporte, no lo olvidemos, de una obra de ficción, también tuvo su tiempo de documentación exhaustiva, con hallazgos tan interesantes como el que le facilitó el escritor Félix Blanco en el Instituto Cervantes, en Manila, durante la estancia de Jorge Ordaz: 'El terror amarillo en Filipinas' de Pérez de Olaguer. Al final, quedan escasos héroes. Dos o tres, de los cuales un par son heroínas, la periodista norteamericana Kate Ferguson y la prostituta Gloria Calisig. «No lo premedité. Crecieron en las páginas así». Los alrededores tampoco podríamos decir que son inéditos: «Parece ser que los que tienen menos escrúpulos, son los que llevan las de ganar». La fauna de la novela es pródiga en esos animales salvajes, tan ajenos a la sonrisa amable de quien los ha creado, el último de Filipinas. Misterios de la literatura.

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