Un editor industrial

Aunque sus primeras inclinaciones le llevaron a las licenciaturas en Económicas y Derecho, Pelayo García ha terminado desembocando en el mundo editorial. Aquella formación le sirve ahora para consolidar un sello tradicional de las publicaciones realizadas en Asturias

ALBERTO PIQUERO
Un editor industrial

La sede de Ediciones Nobel en la capital del Principado no huele a tinta. Hace tiempo que las nuevas tecnologías han reemplazado a las linotipias y la espaciosa sala donde Pelayo García (Oviedo, 1972) recibe es un marco de ordenadores relucientes, numerosos papeles y carpetas, eso sí, también de largas estanterías de libros y un salón adyacente donde se celebran reuniones al ritmo de las tormentas de ideas, sin corbata y con mucha diligencia imaginativa. Una escultura de Galano le da un toque artístico al lugar de encuentros. Pelayo García ni siquiera dispone de despacho propio. Es otro modo de concebir la empresa editorial, fresco y posmoderno, como su propia amabilidad. Entre los anaqueles de la gran sala del trabajo cotidiano, destacan dos carteles del Premio Ensayo Jovellanos que patrocina Nobel, una biografía de Salvador Allende, rubricada por Jesús Manuel Martínez, en 2009, y 'Ética de la razón cordial', de Adela Cortina (2007). Pelayo es director general de Ediciones Nobel y, en el orden familiar, hijo de Graciano García, director emérito y vitalicio de la Fundación Príncipe de Asturias, lo que sin duda es una cercanía ejemplar. «Cuando éramos pequeños, mi hermano David y yo, lo veíamos poco, porque trabajaba de periodista y el cierre de las ediciones era muy tarde. Pero siempre nos ha transmitido valores básicos, como el cumplimiento de la palabra dada y el respeto al otro. Siempre estuvo ahí, y con el paso de los años se fue haciendo más presente en nuestra vida, inculcándonos los principios del trabajo y el esfuerzo para intentar ser los mejores en lo que nos propusiéramos, ya decidiéramos ser fontaneros o estudiar». Sin embargo, Graciano García los mantuvo alejados de su desempeño al frente de la Fundación Príncipe de Asturias, al extremo de que «hasta los treinta años no asistí nunca a unos Premios Príncipe de Asturias, teníamos claro que esa no era nuestra empresa, sino sencillamente el trabajo de mi padre». De los libros que acompañaron la infancia y adolescencia de Pelayo García, recuerda de un modo entrañable, «como si lo tuviera delante de los ojos, la cartilla en la que aprendí las primeras letras, y algo más adelante, 'El príncipito', de Antoine Saint-Exupèry, que a lo largo de la vida me ha ido enseñando cosas muy diferentes». Que en la universidad escogiera las ramas de la Economía y el Derecho, lo atribuye a una cierta intuición que le llevó hacia disciplinas «flexibles, que me han permitido desenvolverme en diferentes campos». Uno de esos territorios ha sido Microsoft, donde ha ocupado puestos ejecutivos. «Me dio una idea muy real del mundo de los negocios, en un ambiente laboral muy formal, anglosajón, calvinista, por donde circulaba gente extraordinariamente inteligente». A Ediciones Nobel llegó hace tres años. Y una primera declaración significativa al respecto, es que se define como «un editor industrial», condición a su juicio necesaria para afrontar «una situación económica complicada, en la que no quisimos despedir a ningún trabajador». Los resultados del trienio son más que halagüeños: «Hemos pasado de facturar dos millones y medio de euros, a ocho millones». En marzo de 2011, la familia de Graciano García pasó a tomar el control de Ediciones Nobel, tras comprar su parte a los Masaveu por un importe de cuatro millones y medio de euros. «Ellos creían que habían acabado una etapa, porque ahora se presentan unas circunstancias nuevas y una nueva generación; pero siempre mantuvieron la fe en el proyecto y apoyaron la labor cultural generosamente. Nos han enseñado mucho como socios y seguimos manteniendo una relación personal estrecha». Quedaba en medio de la conversación el matiz diferencial entre un editor industrial y un editor cultural, si cabe establecer distinciones. El director ejecutivo de Nobel asume «la responsabilidad cultural, que viene determinada por hacer las cosas bien». Y también asume que a veces las cosas salen bien y otras, no tanto. Fueron «la primera editorial asturiana que en su momento publicó 'La Regenta', pero también la de las obras completas de Clarín, que «son una ruina económica» o las de una iniciativa esperanzadora, como fue la revista 'BBC-Historia', que «sólo duró seis meses». Con todo, piensa que «nunca se ha leído tanto», aunque que los formatos de lectura vayan variando. «La página web de Eduardo Punset, que nosotros gestionamos, recibe la visita de medio millón de personas al mes», pone de ejemplo. El gran hito de Nobel, que se ramifica junto a Paraninfo (libros técnicos), Mundiprensa (sobre agricultura) o Alfa Centauro (textos universitarios), ha sido 'El libro del saber estar', de Camilo López, prologado por la Reina Sofía. Se ha vendido medio millón de ejemplares. En la navegación editorial también se incluye la revista 'Clarín', dirigida por José Luis García Martín, «que mantendremos viva mientras García Martín quiera, con absoluta libertad en sus decisiones». Y, por supuesto, el Premio Ensayo Jovellanos, que en la convocatoria de 2011 recayó en el académico, físico y divulgador científico José Manuel Sánchez Ron, por 'La nueva Ilustración: Ciencia, Tecnología y Humanidades en un mundo interdisciplinar', un título que de algún modo resume la actividad de Ediciones Nobel, entre la industria y la cultura en un planeta que gira alrededor de meridianos cada vez más globalizados. Un fondo editorial de 3.500 libros trata de desentrañar esa complejidad. Desde Asturias, con vistas al mundo y en particular al mercado iberoamericano. Deja Pelayo García una última pregunta en el aire: «¿Por qué los jóvenes formados en Asturias triunfan fuera y aquí no acaban de arraigar?» Sería otro capítulo.

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