50 años de la maldita galerna

La tragedia de julio de 1961 marcó para siempre al sector pesquero del Cantábrico tras dejar 83 muertos, 20 de ellos de Avilés y La Arena

Víctimas. José Antonio Menéndez, hijo de uno de los marineros fallecidos en la galerna señala el pasado jueves a un barco pesquero que entra por la ría. ::                             ANDRÉS CASTILLO/
Víctimas. José Antonio Menéndez, hijo de uno de los marineros fallecidos en la galerna señala el pasado jueves a un barco pesquero que entra por la ría. :: ANDRÉS CASTILLO

En casa de Estrella Rodríguez tienen vivo el recuerdo de aquellos días. «Fueron dos días en los que no se paraba, íbamos de una casa a otra a la espera de noticias», recuerda a LA VOZ Dorita, la mayor de los cinco hermanos, acerca de la incertidumbre vivida.

De casa en casa y con la 'Onda Pesquera' sintonizada en la radio constantemente vivieron aquellas 48 horas en las que un aviso les hizo vivir cierta esperanza. «Dijeron que habían rescatado a la tripulación del 'Campo Eder', que los llevaban para la Comandancia de Gijón, así que fue un tío mío a esperarlos. Pero al llegar, vieron que los trece tripulantes que sobrevivieron le quitaban la cara», dijo. «Habían muerto tres hombres, y los tres eran los de nuestra familia», apostilla su madre. «En la radio habían dicho 'echamos 16 varas y recogimos 13 bonitos'. Entonces entendí el sentido de aquella frase», añadió Dorita Menéndez, la mayor de los hijos de Estrella Rodríguez.

Los hermanos Manuel y Luis Menéndez Marqués, y su primo Paulino Martínez Marqués, se convertían así en las tres primeras víctimas oficiales de la terrible galerna que barrió el Cantábrico de Oeste a Este entre la madrugada del 12 de julio -la jornada más dura del temporal-, y el viernes 14 de julio de 1961. Las otras cinco víctimas avilesinas se las tragó para siempre la mar. Eran los tripulantes de 'La Fea', una embarcación de menor porte que el 'Campo Eder' en la que estaban embarcados Fidel Santiago Marzagón y José Luis Santiago Madariaga, padre y hermano de Carlos Santiago Madariaga. «Nunca se recuperó nada del barco. De vez en cuando saltaba el rumor de que apareció un tablón, un resto, pero no eran más que rumores. No se supo nunca nada», apunta quien fuera uno de los 22 huérfanos avilesinos de la galerna. Casualmente, junto a él, los cinco hermanos Menéndez Rodríguez coinciden en que, si algo resulta aún doloroso, es empezar a especular sobre las circunstancias exactas de lo sucedido, sobre los porqués y los cómos. «La historia pasó, y pasada está», prefiere sentenciar a LA VOZ Estrella Rodríguez Vigil.

Y la historia no es otra que la de uno de los episodios más duros de la historia pesquera del Cantábrico. La galerna de 1961 se saldó con 83 muertos y 21 buques hundidos, cifra que no se ha vuelto a repetir, y que sólo tuvo parangón en las famosas tempestades de 1878 -la Galerna del 'Sábado de Gloria'-, y la de 1912. En la primera, perdieron la vida 322 pescadores, 132 cántabros y 190 vascos. En la segunda, la desgracia se cebó especialmente con la localidad vizcaína de Bermeo: de los 141 muertos en la galerna, todos vascos, 119 eran de la conocida villa pesquera. Uno de cada diez de sus vecinos de entonces murieron en la tempestad.

Un infierno en alta mar

Las cifras evidencian la peligrosidad de este fenómeno meteorológico, propio del Golfo de Vizcaya. El motivo es lo súbito de su aparición, según destacó ayer el exdirector de LA VOZ DE AVILÉS, Juan Wes, poco antes de la conferencia que con motivo del cincuentenario de la galerna pronunció en el marco de las jornadas 'L'Arena y la mar' organizadas por la asociación de vecinos 'Río Nalón'.

«Todo tiene lugar en un periodo de dos horas. Ocurre al unirse un viento sur o suroeste caliente con el noroeste frío», ese 'choque' provoca fuertes vientos, el cielo se oscurece de repente, la temperatura cae de golpe entre doce y catorce grados y la mar se enarbola. «Se dan ráfagas de viento intensísimas, el mar se vuelve espuma y la lluvia es torrencial. Es una imagen que horroriza, un infierno», conviene Wes.

La rapidez con la que estalla la tempestad explica la gran cantidad de víctimas. «Los servicios meteorológicos españoles de la época eran muy malos. El que podía, escuchaba la BBC y al parecer un barco de Foz, el 'Quintanero', muy moderno para la época, escuchó el parte inglés y puso de inmediato proa a tierra avante toda dando la señal de alarma a todos los barcos que estaban por la zona. Pero según se dice, nadie le hizo caso porque pensaron que estaba dando señales en clave para otro barco del armador», relata Wes.

Cierta o no la anécdota, el caso es que desde entonces, el Estado decidió no sólo mejorar su sistema de predicciones marítimas, sino que la flota del Cantábrico vivió un antes y un después. De mano, desaparecieron los pocos barcos que aún se movían con calderas de vapor, y cambió el diseño de popa, antes más tendido y amplio, «en abanico», y desde entonces más 'chato' o completamente plano. ¿La razón? Pues que la forma de salir de la galerna era ir con viento de popa y tratar de mantener el gobierno de la nave, tratando de 'surfear' las grandes olas que formó la tempestad. La popa amplia y tendida de las naves de la época hacía que el viento las elevara y dificultara notablemente el mantenimiento del rumbo.

Aún así, muchos se las apañaron para llegar a duras penas a puerto. «Recuerdo que íbamos y veníamos de casa a la bocana de la ría. Vi entrar de noche a un barco de Cudillero, cuando el puerto ya estaba cerrado. Luego dicen que encima les pusieron una multa», relata a este periódico Carlos Santiago Madariaga a pocos metros del canal de entrada del puerto avilesino.

Pero muchos otros no tuvieron la misma suerte. Según cuentan, el 'Campo Eder' se fue a pique por un golpe de mar. Trece de sus dieciséis tripulantes pudieron ser rescatados por el 'Aniceto Fernández', que había visto las señales lanzadas por el barco avilesino.

Mejor suerte corrieron en el 'Padre Jesús Nazareno', de La Arena, del que fueron rescatados sus trece tripulantes por el pesquero francés 'Concarneau'. En cambio, el otro buque de la misma localidad, el 'Águila del Mar', se hundió llevándose a doce de sus catorce tripulantes. En otros casos, como el avilesino 'La Fea', ni siquiera se pudo saber dónde ni cómo desaparecieron. No en vano, a la mayoría de los barcos, que estaban en plena costera del bonito, la galerna los pilló lejos de casa, entre 150 y 250 millas. Demasiado lejos para una flota con pocos medios, lo que multiplicó los daños.

Apoyos del barrio

En esas circunstancias, se entiende el grado de identificación con las víctimas y sus familias, no ya de quienes vivían de la mar, sino de toda la sociedad que los rodeaba. Esa «gran familia» aludida por Estrella Rodríguez pervive cincuenta años después. Así lo reconoce su hijo Manuel Ángel 'Luco', al aludir a los actos organizados estos días por la asociación de vecinos de El Nodo.

No cabe duda de que a él y el resto de sus hermanos, la galerna les alteró la vida. No solo perdieron a su padre, a un tío y a un primo, sino que su infancia se vio marcada por las consecuencias de la tempestad. Pero se sintieron arropados por su barrio, por su ciudad, y hasta por aquel alto cargo del Instituto Social de la Marina, José Gella, que vigilaba que todo estuviera en orden con aquellos huérfanos. Los chicos: César, Manuel Ángel 'Luco' y José Antonio 'Josín', fueron a estudiar internos al colegio del ISM en Sanlúcar de Barrameda. Ellas: Dorita y Pilar -que nació tras la tragedia-, se quedaron más cerca, en el colegio Carmen Polo de Sada, en La Coruña.

Ahora, echar la vista atrás les permite reconocer como adultos aquella infancia junto «a una auténtica madre coraje» -dice 'Luco' ruborizando a Estrella Rodríguez-, «que trabajó limpiando casas, descargando camiones en la rula, en la fábrica, en todo, para sacarnos adelante». Por si fuera poco, en verano, cuando ellos regresaban de los internados, se las apañaba «para preparar una 'pota' de 'fabes' o de lentejas, subir a la barca y llevarnos a la playa a San Balandrán». Y es que, para 'Luco', lo importante ahora no es «hacer tragedia», sino «mirar atrás como un recordatorio de que, pese a todo, se sale adelante».

Ha pasado medio siglo, pero el recuerdo de aquella maldita galerna que sembró de dolor el sector pesquero del Cantábrico sigue muy vivo, y no sólo en la memoria de las víctimas, de las viudas, hijos y nietos de los 83 marineros que se tragó la tempestad, 23 de ellos asturianos, doce de La Arena y ocho de Avilés. Aquella tragedia supuso un antes y un después para el sector: cambió el diseño de los buques de pesca, erradicó los barcos con máquinas de vapor en el Cantábrico y llevó a que las autoridades públicas españolas de la época se tomaran algo más en serio aquello de las predicciones meteorológicas y de los sistemas de seguridad en la flota.

Pero de la galerna queda también en la memoria de sus víctimas el recuerdo de la solidaridad mostrada por la gran familia marinera. La reacción de todo el poblado de pescadores de El Nodo, en Avilés, es aún hoy recordada por los huérfanos, viudas y hermanos de fallecidos en la tragedia con una mezcla de agradecimiento profundo y añoranza. «Éramos una gran familia», recuerda Estrella Rodríguez Vigil, que perdió en la galerna a su marido, su cuñado y un primo de ambos, los tres enrolados en el 'Campo Eder'. El recuerdo de aquel apoyo recibido aflora al recordar cómo se sobrepusieron las familias a la tragedia.

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