Generación torrezno

IGNACIO DEL VALLEGIJÓN POLAR

Ayer en la tertulia de las cinco la realidad nos la sirvieron bien cruda, como los filetes del coronel Kilgore, cruda pero no sangrante. Porque a las manos no llegaron Cristina Fallarás y Nacho Guirado debido a una discrepancia acerca de burkas y ojalás. Yo preferí alinearme en la visión de Hiber Conteris acerca de la verdad y la verosimilitud, creo que ambos buscamos más la segunda en nuestra obra, porque la primera depende del personaje que lo cuenta, a lo Rashomon. Quedaron muchas frases flotando, pero de las muchas a rescatar de esta Semana Negra, una de las más arcanas es la que me confesó el bueno de Claude Mespledé entre vino y vino: suerte sin voluntad no es suerte, es encuentro. Oigan, ni la máquina de cifrado Enigma, pero medítenla bien: al final tiene sentido. Avanzada la tarde llegó la mafia rusa, con Carlos Quílez, Rogelio Grajal, Cruz Morcillo y Pablo Muñoz, una radiografía estremecedora de la Organizatsiya, esa planta parásita que amenaza con estrangular los estamentos nacionales. Cuidadín, que la están peinando. Luego reclamaron nuestra atención los Hijos de Mary Shelley -y de Fernando Marías-, entre los que me cuento en el apartado «espectros». Y a las nueve fui el maestro de ceremonias de la novela 'Secreto de Estado', de Pablo Sebastiá Tirado, otro documento que levanta las alfombras donde habitualmente se esconde todo eso que no sale en los telediarios. Ahora bien, lo que el mundo mundial esperaba de verdad era, ¡tachán!, a la Generación Torrezno. Aterrizó el polícromo circo volante de von Jerónimo Tristante, con sus majestades infernales, reyes del mambo, pachás de la noche y sátrapas del día, Carlos Sálem, Pedro de Paz y Juan Ramón Biedma. El objetivo no era un acto de terrorismo moral -que también-, sino alumbrar la novela 'El Valle de las Sombras'. Diversión mutua asegurada.