La vida de los objetos

El jovencísimo artista gijonés vive y pinta rodeado de pequeños recuerdos que se oponen al tiempo, como el arte mismo, desde una calavera de porcelana a un pez de plomo

ALBERTO PIQUERO
La vida de los objetos

Hacía un bochorno pegajoso en Gijón, cuando nos recibió Nacho Torra (Gijón, 1989) en su domicilio, un quinto piso de una calle céntrica. Debimos descender hasta el bajo y dos rellanos del subsuelo más, para llegar al estudio minimalista y mínimo en el que fabrica su obra cuando está en su ciudad natal, pues el resto del año reside en Cuenca, en cuya Facultad de Bellas Artes ha perfeccionado un talento que no se enseña en ninguna escuela. Eligió esa geografía para los estudios con las ideas claras: «En Madrid, hubiera dedicado más horas a estar con los amigos y a salir por las noches». En Cuenca, ha pintado de sol a sol, sin averiguar si asomaba la Luna. Aquí, en las profundidades que ocupa un garaje de coches que invita a pensar en el rock (de garaje) o en algún círculo del averno dantesco, el calor se volvía brisa ligera, por algún motivo extraño que no logramos desvelar. El diminuto espacio donde cuelga algunos de sus cuadros es un mundo de su fértil memoria. Sobre la mesa adosada a la pared situada en la derecha de la entrada, llama la atención a primera vista una reluciente calavera de porcelana, que tiene historia particular. «La vi en una tienda de Milán. Fui a un cajero para sacar dinero y comprarla, pero al regresar ya la habían vendido. Me quedó esa frustración. Sin embargo, al año siguiente volví y claro está, me faltó tiempo para volver a la misma tienda y adjudicármela». Habían repuesto la serie. ¿Una calavera hamletiana, la expresión de una angustia del joven pintor? «Hablo mucho de la muerte en mis cuadros, pero no me angustia, ni la considero macabra. Soy consciente de que está ahí y la acepto, e interpreto el arte y también la vida de los objetos como una forma de perduración frente al tiempo. Tengo una necesidad física de pintar historias de las cosas y la esperanza de que, al final, quedará la obra».Más adelante en la conversación, definiría la muerte de manera muy gráfica: «Es como desenchufar una batidora». Tampoco es un indicio desdeñable saber que la calavera le ha acompañado por paisajes diversos, de la playa de San Lorenzo a cualesquiera de los muchos viajes que ha emprendido. El mundo de los objetos que ocupa la mesa del estudio se corresponde con vivencias de Nacho Torras, ajeno a tasaciones mercantiles. Mesas pequeñitas en las que ha colocado una góndola veneciana, un caballo adquirido en Estocolmo, un pez de plomo que reposa en un estuche y que se trajo de la isla griega de Hydra, un soldadito o un palillero de un restaurante japonés de Milán. O una reproducción, asimismo en porcelana, de Mao Tse Tung, «aunque yo no soy maoísta, conste». O un ajedrez liliputiense que le enamoró en Granada. Nada trascendental, «pero si alguno de los objetos se rompe, me da algo». Hay que colocarse en su perspectiva para comprenderlo. «El caballo que compré en Estocolmo es un simple souvenir, pero para mi es un universo completo de evocaciones. El tema del recuerdo para mi es muy importante. Trabajo siempre de memoria.Y los objetos tienen ese poder. Una fotografía es mucho menos sugerente». A sus veintidós años, Nacho Torra ya ha presentado dos exposiciones notables. La primera, en la Fresh Galery, de Madrid, titulada 'Abriendo paso a los monstruos y a los ángeles', epígrafe que recogió de un correo remitido por su profesor en Cuenca, Rafael Doctor, quien a su vez puede considerarse su inicial descubridor.Y la segunda, en la Galería Alegría, de Barcelona. Ahora, prepara la siguiente, algunos de cuyos lienzos, todavía inacabados, nos contemplan desde los tabiques del cuarto, como el 'Jarrón roto sobre la alfombra' o 'Mapamundi y jarrón roto'. Los jarrones y los colores básicos de las flores están presentes en su producción desde sus pinceladas adolescentes, a la manera de arborescencias que se van colmando de frutos cada vez más sustantivos. Visto lo visto, a nadie podría sorprenderle que el encabezamiento de la exposición sea 'Lo extraño que se oculta tras lo banal'. Grandes nombres de la historia de la pintura están entre sus referencias. Picasso, Matisse, Picabia, David Hockney... No obstante, distingue obras y biografías, sintiéndose más próximo a la personalidad «entrañable» de Matisse, que a la de Picasso y sus múltiples amoríos, de quien admira especialmente 'Los tres músicos'. Y también asegura que no repara en las firmas, e incluso en ocasiones ha dejado sus lienzos sin firmar, pese a que sabe que esa peculiaridad tendrá que abandonarla en favor de las reglas ortodoxas del mercado. «Lo que importa es la imagen». Y ahí recuerda el modo en el que el 'Autorretrato', de Van Gogh, le apelaba, le reclamaba desde el fondo de una sala del Louvre. «¿Había focos que lo destacaran? No, no había focos. Pero aquella imagen lo iluminaba todo. Cuando pinto, no aplico lo aprendido. No hago bocetos. Me someto a la prueba y al error. Cojo el lienzo, la pintura y empiezo. Es automático». Un ejemplo está en el cuadro 'El agua es la vida'. «Comenzó siendo un una calavera y un pez que sangraba por un costado. No me gustó. Y tapé el pez con plantas y una botella de agua». Superpone así una estratigrafía de existencias pictóricas hasta encontrar la definitiva, que de alguna forma se nutre de las ocultas. Al fondo, un vehemente deseo de comunicación, que impregna cuanto hace -habla con la contenida e incontenible pasión de quien habita las palabras que dice- y le orienta a la sencillez, en los títulos de los cuadros, en las composiciones, en la atención hacia lo más cotidiano. «La vida no es más que lo que haces todos los días. Y eso es lo que el arte ha de transmitir a las personas. A mi me emocionan las gentes mayores contando sus recuerdos, que casi siempre tratan de lo más elemental». Se ha dicho que hace pintura naïf. Y surrealista. Y muchos otros apellidos. Él opta por no autodefinirse. Y por seguir pintando, deteniendo el tiempo. Al salir a la calle, en la que permanecía el agobio agosteño, el nombre de las cosas, farolas o jarrones, tenía más vida.

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