Más obrero que párroco

A pesar de sus 31 años dirigiendo a los feligreses de Tremañes, Cándido Viñas prefiere su pasado laboral

Cándido Viñas. ::
                             PALOMA UCHA/
Cándido Viñas. :: PALOMA UCHA

Se ríe como un niño. Inocente. Juguetón. Picardioso. Dulce y travieso al mismo tiempo. Consciente de su ingenua maldad, mientras evoca, no sin cierta añoranza, tiempos malos con rasgos felices. Mientras vislumbra sin ver, más allá de la penumbrosa habitación, la casa de sus vecinos, los mismos que, después de más de 30 intensos años, han decidido vincularle para siempre al barrio. A través del tiempo y de la historia. Y, en cierto modo, haciendo lo que durante tantas generaciones hizo él. Bautizar. En este caso de una manera más mundana. Un parque. El que llevará su nombre: Cándido Viñas. Una iniciativa que le tiene consternado.

Porque el párroco de Tremañes, pequeño, jocoso y cercano, es testigo de otro mundo. De otra generación. De otra Iglesia. La que ya no existe. La que le trajo a Asturias en los convulsos años 60 para practicar aquella modalidad que pocos obispos querían, pero que Vicente Enrique y Tarancón, a la sazón líder espiritual de Asturias, acogió entre las cuencas y las fábricas. Aquella Iglesia que le convirtió en cura obrero, primero, y en párroco, después.

Pero ahora, con la mirada neblinosa y la sonrisa puesta, lo que recrea con vieja exactitud son las escenas de La Felguera. Y las de aquel Gijón. Cuando él trabajaba en Industria Laviada y su compañero de piso, también cura, en la mina. Cuando le abrían el correo. Cuando organizaba una huelga disfrazada de mínimo rendimiento. Cuando le vigilaban. Cuando escondía su condición de cura para ser admitido. Cuando los compañeros le advertían lo que tenía que hacer para no ser despedido. Cuando el director le preguntaba por sus ideas políticas y cuando él le convencía de que ése no era un tema de conversación común.

Y se ríe con risa pequeña y sincera, casi infantil, perdido entre el mundo de entonces, silentemente convencido de la valentía de aquella vida, de aquel momento. En realidad siempre supo que había roto moldes. Por eso se lo ocultó a sus padres. A su madre. La que le había inculcado la fe. La que le educó con la imagen de un Jesús carpintero. La que fraguó su modelo de un Dios encarnado en hombre. La que le hizo sentirse cómodo entre los humildes. Su propia idea de Iglesia. De su Iglesia. La de la Casa de El Bibio y la de la Virgen que le cae bien. Pero, sobre todo, la obrera. A la que sirvió desde Duro Felguera y a la que honró recogiendo basuras. Y tan duro fue, que la espalda no se lo perdonó. Le obligó a dejar de ser obrero.

Y a buscar a Dios en otro lado. En Tremañes. En el barrio del chabolismo. El de los años 80. El de los encierros en la iglesia. El de la falta de luz. El de la carencia de agua. El de la ausencia de todo. Por eso se metió en la Asociación de Vecinos. La suya. Después vinieron otras. Y empezó a pedir. A través de la página que EL COMERCIO destinaba a los barrios. Y cuando llegó el final, él no estuvo dispuesto a permitirlo. Y tomó el relevo. Y hasta se improvisó periodista para contar semanalmente con su pluma las actividades y las necesidades de Tremañes. Hasta que lo vio florecer. Con centro de salud, asfalto, viviendas y alcantarillado. Fiestas y amigos. Ahora sonríe, pícaro, para pedir el soterramiento de las vías. Para que no separen. Para que no dividan a los vecinos. Para que su mirada dulce, apagada y bondadosa pueda desparramarse sobre todos.