La dalia blanca (I)

Alejandro Martínez Gallo es el jefe de la Policía Local de Gijón, pero también un conocido y premiado escritor de novela negra. Cada domingo, en estas páginas, embarca en una nueva aventura al comisario Gorgonio. Naturalmente, cualquier parecido con la realidad es mera coincidiencia. ¿O no?

Ya distingo mi refugio nocturno: Pub Daniel's, más conocido entre el populacho como El Desguace. Buf, la puerta chirría. Barrilete ni se molesta en engrasar los pernios.

Cuatro lámparas de bajo consumo, humo, ruido para aburrir y el ambiente de todas las noches: en la pista, las divorciadas o separadas o viudas o medio pensionistas bailando solas; alrededor, los buitres carroñeros con el cubata en la mano; en la oscuridad, las parejas que han ligado; en los rincones, las putas y sus madames que, como los lupanares han cerrado, vienen a tomarse la penúltima o a buscar algún necesitado -yo, por ejemplo-; y en la barra, los de siempre, los borrachones.

¿Qué cojones pasa ahora?

«Tiene usted un mensaje de voz. Para oírlo, marque.», leo en la pantallita.

A ver qué dice el bicho este.

«Gorgonio, soy el jefe López.

El que faltaba a la fiesta. ¿Qué querrá este mamarracho?

«. la enhorabuena por la resolución del caso. La dirección norteamericana de Cosecha Negra Bank, así como la embajada, han remitido un burofax felicitándole. Siempre he confiado en su olfato o en su intuición, como dice el Jefe Superior. Sepa que le voy a proponer para una medalla... Fin del mensaje. Para revisar su...».

Una medalla. Te la puedes meter... A mí, la jubilación. Joder, y dale con el olfato. Si tenemos en cuenta que los cerdos distinguen más olores que los perros, no sé en qué lugar de la escala zoológica ubican mi olfato. «Intuición», dice el Jefe Superior. ¡No te jode! ¡Qué forma de desprestigiar a uno y sus treinta y cinco años a pie de calle! «Poderes paranormales», podría decir.

-Buenas noches, Gorgonio -me saluda el orondo Barrilete desde detrás de la barra, mientras seca una copa con una servilleta de papel.

-Ponme un pelotazo.

-Se te nota cansado.

-Harto.

-¿Has visto las noticias?

-Estoy como para ver noticias.

-Ha salido el portavoz de la Policía y ha dicho que en cuestión de una hora han resuelto el asesinato en Cosecha Negra Bank.

-Me alegro mucho.

-Dicen que fue uno de los socios para.

-Déjate de rollos y colócame el pelotazo.

Menea la cabeza y tuerce el morro. De seguido, introduce tres piedras de hielo en el tubo y el hilo de ron va deslizándose entre ellos. Media Cola, y el vaso en mi poder.

Le arreo un trago largo. Esto es vida, pero no en este antro sino en la playa, bajo una sombrilla en el Caribe o en Madeira.

-¿Por qué no quieres saber nunca nada de la vida de los asesinos? -pregunta el pelma de Barrilete.

-Porque no me interesa. Vivimos en una sociedad que ha convertido todo en folklore. Si prestamos atención a los asesinos, dentro de poco serán protagonistas de la prensa rosa.

-Qué exagerado eres, Gorgonio.

-Lo que tú digas.

El chungachunga de los altavoces me machaca los oídos. Las damas siguen bailando: les da igual un pasodoble que una seguidilla. Las aves rapaces continúan apostadas con el cubata alrededor de la pista, esperando una paloma descuidada. Y los borrachones nos mantenemos acodados en la barra.

El último trago largo al pelotazo.

-Barrilete, otro.

-Comisario, ten prudencia. Recuerda aquella noche en la que.

-Oye, Barrilete, ¿qué eres, mi madre? Además, aquí no me trates de comisario. ¡Cojones!

Comienza la peligrosa misión de introducir en el vaso las tres piedritas de hielo y añadirles el chorro de...

-Sabes, Gorgonio, estoy leyendo una novela gorda de un sueco.

-Si es gorda, es buena.

-El protagonista es un detective con muchos achaques. Vamos, como tú.

-Yo no tengo achaques, Barrilete. A mí lo único que me pasa es que me levanto con los huevos hinchados de soportar a tanto hijo...

-¡Vaya carácter! No me extraña que tu mujer se divorciara.

-¡Que no se divorció!

-Entonces...

-Aplicó un sistema más vetusto: «el ahí te quedas».

Otro trago. Me están yendo bien estos pelotazos. Dentro de un momento entraré en un Alzheimer cachondo y me olvidaré de lo que no me interese.

¡Anda! Mira a la abuela yeyé de la pista. Parece mi madre. Está bronceada la tía: o tiene dinero para disfrutar del sol en invierno o duerme en una cabina de rayos UVA. Ahí está bailando e invitando a las aves rapaces a acompañarla. Hasta se ha engalanado la solapa de la chaqueta con una dalia blanca. Así me gusta, abuela: alegría. Usted disfrute, antes de que la maten para cobrar la herencia y me llamen para averiguar cuál de sus beneficiarios fue el autor.

Segundo pelotazo terminado.

-Hoy vas muy rápido, Gorgonio.

Me aparta el vaso.

-A ver si la pillo pronto, me quedo durmiendo la mona en un banco y no tengo que ir a casa.

-¿Por.?

-¿Para qué? ¿Para ver a mi hijo de treinta años tumbado en el sofá viendo la tele y comiendo patatas fritas, sin ganas de buscar trabajo y esperando vivir de su padre hasta que muera?

-Exígele que trabaje -responde, mientras me sirve otro brebaje.

-¿De qué? Si no sabe hacer nada.

Otra vez el chungachunga más alto de lo normal. Aquí no hay quien hable. Pero qué bobadas digo, si no quiero hablar con nadie.

Los que están en la pista, ¿qué harán en sus vidas? ¿Trabajarán? ¿Serán jubilados? Porque estudiar, no creo. Ay, el carpe diem de la postmodernidad. A vosotros os daba yo. A ver si la puta crisis con la que vamos a empezar la segunda década del segundo milenio es peor que la del crack 29 y así os vais a enterar lo que es el carpe diem de los huevos.

¡Anda, mira! La abuela yeyé de la dalia blanca ha ligado. Ya puede afrontar mejor la crisis, con dos pensiones. Espera, Gorgonio, parece que la tipa se dirige hacia mí.

Otro trago.

Continuará