Las ochenta cartas de un niño que «no entendía lo que pasaba»

Vaclav Kadrnka llega al Festival con 'Eighty Letters', un film que antepone «los sentimientos a la política»

ALEJANDRO CARANTOÑAGIJÓN.
Vaclav Kadrnka, ayer en el Muro. ::                             LUIS SEVILLA/
Vaclav Kadrnka, ayer en el Muro. :: LUIS SEVILLA

Vaclav Kadrnka ha llegado a Rellumes, al Festival de Cine, con la escueta y sobria 'Eighty Letters', una película pseudo autobiográfica ambientada en la Checoslovaquia comunista de los años 80 y trufada de tiempos largos, colores llamativos y una atmósfera que, ya de antemano, deja traslucir ese aspecto tan personal.

Kadrnka y su inglés pulcro, curtido en festivales, estuvieron ayer en los cafés que el Festival organiza a diario. No tanto para explicar como para aportar algunas pinceladas desde detrás de la cámara sobre la cinta, que todavía podrá verse mañana a las 20 horas en los Cines Centro.

Según el director checo, cada año se hacen en su país «una decena de películas sobre este momento de la Historia», aunque con el rasgo común de que siempre acuden «al cine de género para hacerlo»: thrillers, comedias agridulces...

Lo primero que se encuentra en estas ochenta cartas entre una madre y su hijo (Kadrnka, «un niño que no entendía nada») y el padre, ya exiliado en Inglaterra, es, entonces, una huida absoluta de determinados tópicos para ubicar la película donde el director quiere tenerla. «Hemos tratado de evitar toda la simbología comunista a la que estamos acostumbrados para separar la política de los sentimientos, que priman», cuenta.

Por otro lado, el realizador insiste en que 'Eighty Letters' está basada en algo que le ocurrió cuando tenía 14 años, con lo que ha abundado en «la visión de un niño». Todo ello imprime cierto aire fantástico en todo el relato; pero, sobre todo, afecta a la película en lo tocante al punto de vista: «Creo que esa mayoría de películas que se hacen sobre este tema tienden a situarse sobre este periodo histórico. Tratan de dar una perspectiva omnisciente de él. Yo he preferido meterme dentro, mirar de abajo arriba y no al revés».

Los tiempos son lentos, estirados, trabajados en la reclusión del proceso del montaje y difíciles, dice Kadrnka, «porque no tienes acción para fijarte en el final de los planos». Solo intuición, como en lo que respecta al resto de la (arriesgada) apuesta, para darle una nueva vuelta de tuerca a los puntos de vista sobre ese momento de la historia checa.

Por último, 'Eighty Letters' se acerca a una «gama de colores pastel», de marrones y verdes como «colores característicos e identificativos» y, en fin, una luz que contribuye a acotar estos 75 minutos de cine y a alejarlos de todo lo demás: «En un momento, cuando la madre y el hijo entran en la ciudad, no se ve el cielo porque algo impide verlo. Es intencionado: es importante mantener la sensación de que están en un limbo, de que no se encuentran ni de donde salieron ni adonde van... Tiene un final feliz, pero no lo veremos».

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