Cuando Cimadevilla era una granja

La excavación en la Fábrica de Tabacos desvela la vida en el barrio alto hace catorce siglos

ANDRÉS PRESEDOGIJÓN.
De arriba a abajo, el cráneo de una jabalina, de un cerdo ibérico (ambos con el morro largo), de un cerdo vietnamita y, en primer plano, el cerdo recuperado en Tabacalera. Los dos últimos son morricortos. Los especialistas lo vinculan a la antigüedad del gochu astur celta./
De arriba a abajo, el cráneo de una jabalina, de un cerdo ibérico (ambos con el morro largo), de un cerdo vietnamita y, en primer plano, el cerdo recuperado en Tabacalera. Los dos últimos son morricortos. Los especialistas lo vinculan a la antigüedad del gochu astur celta.

Los secretos de Cimadevilla han quedado al desnudo. Catorce siglos bajo tierra, en unas condiciones de humedad excepcionales, han sacado a la luz los paisajes, las costumbres, las formas de vida y, por supuesto, la alimentación de quienes habitaron la Atalaya hace casi mil quinientos años. Los romanos habían abandonado la plaza. La Edad Media estaba por llegar, pero en Cimadevilla había población, unas gentes que, a tenor de los restos localizados, vivían en pequeñas fincas no exentas de arbolado y que se alimentaban con carne de cerdo, de oveja, de vaca, pero también con besugos, ostras, mejillones y oricios. Una vida dura, no exenta de algunos caprichos. La urna que abrió todos los secretos empezó a tomar forma con las excavaciones arqueológicas realizadas en el interior del edificio de la antigua Fábrica de Tabacos. Apareció un muladar, es decir, el lugar donde los habitantes arrojaban los desperdicios de sus casas. Un basurero al que fueron a parar los restos de sus alimentos, de animales y de todo lo que sobraba en sus domicilios. También, cómo no, elementos que flotaban en el ambiente, como un elevado número de semillas. Su conservación, en general, es muy buena, incluso con elementos de madera, como mangos de cuchillo o platos, algo nada habitual. El puzzle estaba descubierto. Ahora queda la labor de los expertos para desmenuzarlo y dibujar las condiciones de vida de aquellos primitivos gijoneses.

Hasta una decena de equipos diferentes, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, de la Universidad Autónoma de Madrid y de la Universidad de Oviedo llevan meses estudiando, cada uno en su especialidad, esos restos y ya empiezan a conocerse las primeras conclusiones. De todo ello tratarán en unas jornadas técnicas que se celebrarán mañana y pasado mañana en el Centro de Cultura Antiguo Instituto.

Gran número de perros

Entre estos expertos se encuentra Arturo Morales, gijonés y catedrático de Zoología de la Universidad Autónoma de Madrid que, junto con Laura Llorente, Jimena López Arrabé, Eufrasia Roselló y Andrea González, han trabajado sobre los vertebrados localizados en el depósito de la Fábrica de Tabacos. La primera sorpresa fue la localización de un «meloncillo», casi al completo. Un animal, como explicó a EL COMERCIO Arturo Morales, que «no sabemos cómo llegó hasta allí. Tenemos que datarlo, pero se trata de una especie que procede del Magreb, de Argel», aunque apunta que determinadas clases sociales lo utilizaban como mascota. Pero otro de los 'misterios' a resolver es la presencia de un 'gochu morricorto', todo ello en el siglo VI, cuando en Europa todos los cerdos eran de morro largo, al menos hasta el siglo XVII. ¿Sugiere esto que el gochu astur-celta es una raza muy antigua y morricorta desde un principio? Es una cuestión que queda en el aire, pero en la excavación de Cimadevilla aparecen cuatro ejemplares y con los dientes mal puestos.

Todos esos detalles serán tratados por este CSI de los investigadores capaces se recomponer aquellos animales o los muchos perros que aparecieron en sus trabajos. Curiosamente, como explicaba Arturo Morales, «hay muchos perros grandes y pequeños, pero ninguno mediano». Otra pieza más del rompecabezas.

Lo que los investigadores dan por seguro es que en la Atalaya vivía gente acomodada, incluso de élite, en sus pequeñas fincas, con sus arboles y sus animales, y que se alimentaban de su carne y de llámpares, mejillones, oricios y ostras, además de las aves. Llama la atención que aparecen restos de un buen número de besugos pequeños, como de ración, de unos 30 centímetros. Su medio de vida era limpio. Incluso en las aguas. La presencia de un martín pescador así lo delata. Estos pájaros solo viven en zonas de aguas limpias y tranquilas. Incluso no se descarta que hubiera algún pequeño riachuelo por la zona. «Su presencia es un indicador muy importante», señala Arturo Morales, que también se muestra encantado por la enorme muestra de garrapatas que atesora el yacimiento localizado en Gijón. Son muchos miles y esos caparazones encierran una información muy interesante que, poco a poco, saldrá a la luz. Todo este rompecabezas está en vías de ser dibujado por los especialistas, pero Arturo Morales asegura que no es difícil imaginarse aquellas gentes viviendo en pequeñas fincas, en «granjinas», con sus vacas, ovejas y cerdos, rodeados de pradera y de alisos, castaños, pinos o robles. Una Cimadevilla que vivió muchas transformaciones, pero alguno de aquellos personajes se permitía hasta tener un 'meloncillo' de mascota. No hay documentación escrita alguna de nuestros antepasados, pero sus restos los retratan. A partir de mañana, en el Centro de Cultura Antiguo Instituto, se hablará de eso, del Gijón antiguo, de nuestra historia, de lo que, hasta ahora, nos era desconocido.