A Fernando Vidal Blanco

JORGE LORENZO BENAVENTEABOGADO Y YERNO DEL FALLECIDO

Fernando, nos preparaste a todos para tu partida. Ninguno podíamos dudar que era inminente, pero, no por esperada, ha sido menos dolorosa. Solo en una ocasión, antes que ésta, me atreví a tratarte de tú, seguro que aún lo recuerdas. Fue en mi época militar y, ante la grave situación que estábamos viviendo, te escribí a tu juzgado (el de Primera Instancia e Instrucción nº 1, de los de Gijón, aún en Cimadevilla) en prevención de que algo grave pudiera pasarme, para que tu administraras la noticia, si ello sucedía. Fue la única vez que rompí el protocolo. Superado aquel escollo, siempre te traté de usted, a pesar de tu insistencia en que nos tuteáramos, lo que nunca conseguiste, ni fue, en modo alguno, un obstáculo, para que nos sintiéramos próximos, cercanos, bromeando con frecuencia y con una confianza poco habitual.

Hace muy pocos días, cuando fui a visitarte como hacía al final de cada tarde, te saludé como de costumbre. Nos dimos la mano y tú, cogiendo la mía, la acercaste hasta tu boca y me la besaste. Acuérdate de cómo me fue imposible, pese a mis esfuerzos, contener la emoción en aquellos momentos, porque algo me hizo sentir que te estabas despidiendo de mí. Cuando falleció mi padre, hace ya quince años, tú, en silencio y «queriendo hacer bien las cosas», como rezaba en tu esquela, pasaste a ser mi segundo padre. Lo eras ya 'político' pero pasaste a serlo en toda la extensión de la palabra y siento tu pérdida como cualquier hijo siente la de su propio padre. Tengo una sensación contradictoria: triste por tu partida y alegre por verte libre y pletórico de facultades y haber podido disfrutar 39 años de mi vida cerca de ti.

Fuiste un gran jurista, porque uniste y supiste conjugar tus amplios conocimientos jurídicos con tu enorme capacidad humana. Aún hoy en día, en la base de datos que tengo en mi despacho, aparecen decenas de sentencias tuyas y ello a pesar de que dejaste de impartir justicia hace ya 30 años.

Siempre he dicho, y en tu caso con mayor razón, que las personas solo mueren cuando dejan de estar en el recuerdo de los demás. Indudablemente, aunque ya no estés aquí físicamente, sigues vivo en tu familia, en tus compañeros de profesión, en cuantos te conocieron y te trataron, y será imposible que desaparezcas de su recuerdo. Del mío, te lo aseguro, jamás desaparecerás. Ahora, rotas ya las ataduras físicas que te atenazaron en tus últimos días, gozas de tu merecida libertad y descanso, en compañía de tus amigos Josele, Paco, Gonzalo, Augusto y otros muchos que te esperaban. Hasta pronto, Fernando, y gracias por haber querido hacer siempre bien las cosas y haber estado ahí.

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