La cultura suma un ilustre jubilado

Antonio Ripoll debería figurar en el diccionario del RAE como ejemplo en la definición de discreción

POR JOSÉ MARÍA URBANO
Antonio Ripoll, el viernes en la Casa de la Cultura. ::                             ANDRÉS CASTILLO/
Antonio Ripoll, el viernes en la Casa de la Cultura. :: ANDRÉS CASTILLO

Estoy acojonado, no sé qué va a ser de mi vida». Me acaba de negar, por enésima vez, la entrevista que LA VOZ DE AVILÉS quiere hacerle con motivo de su jubilación. Ninguna sorpresa. Su 'religión' no le permitiría aparecer como protagonista en las páginas del periódico. Hasta ahí podríamos llegar...

Antonio Ripoll debería figurar en el diccionario del RAE como ejemplo en la definición de discreción. Se va para casa, jubilado a los 70 años, el próximo día 19. Y con él se va una de las personalidades más importantes de la cultura avilesina y asturiana de los últimos 35 años, por referirnos solo a su etapa en la que figuró como director de la Casa de la Cultura.

Ripoll nació en Valencia, hijo único de una familia de la clase media. Inclinado desde muy pequeño hacia la música y la lectura -se dice de él que con doce años ya había leído las obras completas de Pérez Galdós-, prefirió abandonar su ciudad natal y se trasladó a Oviedo, en donde estudió la carrera de Derecho y en donde hizo buenas amistades que aún conserva. Más tarde haría también Filología. Acabados los estudios, optó profesionalmente por hacer oposiciones al Cuerpo de Bibliotecarios Nacionales y tras sacar el número dos escogió la ciudad de Avilés, a donde llegó en 1967, ocupando la plaza de titular en la antigua biblioteca Bances Candamo, en la calle Jovellanos.

Con Suárez del Villar como alcalde y con el concejal Julián Peláez como uno de sus apoyos, Ripoll fue considerado pronto como una de las personas que podría ayudar a lograr los primeros avances en abrir la cultura a la sociedad, en un país que en aquel aspecto, como en tantos otros, era un páramo.

Coincidiendo con las primeras elecciones municipales democráticas, año 1979, Avilés vive momentos de explosión en el mundo cultural, gracias, en parte, a la demanda cada vez mayor de una sociedad que estaba ansiosa por dejar atrás el encorsetamiento a la que se vio sometida por la dictadura y abrirse definitivamente a otros mundos.

Para contextualizar lo que sucedió en aquel momento en Avilés hay que referirse a una generación de gestores culturales que lograron situar en poco tiempo a la ciudad a un nivel que no sólo era admirado desde Oviedo y Gijón, sino que llamó la atención de numerosas publicaciones nacionales, que comentaron con profusión el fenómeno de Avilés.

José Martínez, concejal de Cultura socialista y vicealcalde, había creado las Jornadas de Teatro, que hoy siguen siendo un referente, utilizando aquella pista de La Exposición, en Las Meanas, con la ayuda desinteresada de un un joven y animoso Pascual Cabaño, y consiguiendo traer con un minúsculo presupuesto a compañías como Dagoll Dagom, El Joglars o Tricile, entre otros. Lo más en aquel momento.

Eran los principios de los 80. Antonio Ripoll era nombrado en 1979 director de la Casa de la Cultura en sustitución de una persona con la que siempre se llevó muy bien, la inolvidable Esther Carreño, que fue cesada de una forma poco amable (lo del motorista de Franco para cesar a sus ministros se conoce que había calado hondo), y que había ido llamando a otros jóvenes como Alberto del Río, Ramón Rodríguez o José María Martínez 'Chema', que poco después iban a ser los grandes protagonistas del boom cultural de los 80 en Avilés. La Casa Municipal de Cultura, con Manuel Ponga de alcalde y Pepe Martínez de concejal de Cultura, quedaba configurada así: director, Antonio Ripoll; Gerente de Actividades Culturales, Alberto del Río; Artes Plásticas, Ramón Rodríguez; Música, José Martínez; e Imagen, Alberto del Río.

Todos ellos, más el apoyo de otras personas como José Manuel Feito, formaron un equipo de teóricos-prácticos (cada uno era especialista y ejercía en lo suyo) que funcionaban coordinadamente, tomando casi todas las decisiones de la programación por consenso. La cantidad de personalidades que acudieron entonces a Avilés, como protagonistas de conferencias y mesas redondas que provocaban en ocasiones verdaderos problemas de orden público por las reducidas dimensiones de la biblioteca Bances Candamo, la calidad de algunas exposiciones y de conciertos musicales, así como la actividad en el área de imagen, con el rodaje de más de treinta cortos sobre Avilés, hizo que el éxito de aquella programacion trascendiera el ámbito local. Nombres como Fernando Fernán Gómez, Almodóvar, Vázquez Montalbán, Sabina, Carmen Maura, José Hierro, Torrente Ballester, Antonio Gala, Narros, Berlanga, Tierno Galván, Javier Solana, Areilza, Cándido, Nuria Espert, Savater, Víctor Manuel, Vicente Verdú, Gustavo Bueno y tantos otros son sólo una muestra de aquella explosión y de una organización que con la inauguración de la nueva Casa de la Cultura, la actual, fue diluyéndose al decaer el esquema múltiple de organización que la había impulsado.

En determinados ambientes culturales de esta ciudad se sostiene hoy que algunas heridas de entonces todavía no han cicatrizado.

La nueva etapa

A partir de ahí se puede decir que Antonio Ripoll inicia una nueva etapa como director de la Casa de Cultura de la Plaza de Álvarez Acebal, cinco mil metros cuadrados de espacio que, como es norma en esta ciudad, tampoco estuvo exento de polémica, pero que con el paso del tiempo se ha erigido, junto al teatro Palacio Valdés, como el gran símbolo cultural de Avilés, completado el año pasado con la inauguración del Centro Niemeyer.

Antonio Ripoll ha manejado la Casa de la Cultura y el teatro con el talento y la discreción que en él son consustanciales. La programación musical y la de teatro son hoy un referente nacional, como se encargan de destacar actores,directores, productores y periodistas que alaban la organización de Avilés y la capacidad de Ripoll, y con los que él coincide a menudo, sobre todo en Madrid.

Sus amigos, pocos, pero muy escogidos y algunos de sus más directos colaboradores -la secretaria técnica de la Casa de la Cultura, Zaida Valcárcel, es el mayor ejemplo- coinciden en definirlo como un hombre con una capacidad mental fuerte, con voluntad de hierro, introvertido, hermético, con un peculiar sentido del humor que aparece a medida que el interlocutor se va ganando su confianza..., cualidades a las que se unen otras como la de la discreción ya comentada, pero también la de su vasta cultura, sus inquietudes musicales y literarias, que le llevan a escribir obras de espectáculos dramáticos y operísticos, eso sí, con una sola condición: firmar con seudónimo y que no se entere nadie.

En dos o tres ocasiones le tentaron para formar parte de algún Ejecutivo regional para que se hiciera cargo de la dirección general de Cultura, pero prefirió no moverse de Avilés. Lo mismo hizo cuando le llovieron en esa misma dirección propuestas de fuera, la de la ciudad de La Coruña fue una de ellas. En cambio sí aceptó la propuesta que en día la hizo la ministra de Cultura socialista Carmen Alborch para que formara parte de un equipo asesor del Ministerio, en este caso en asuntos de teatro.

Su inquietud por aprender le llevó a realizar, con 50 años, el primer Master de Gestión Cultual (programación), Danza, Música y Teatro para técnicos culturales, impartido por la Universidad Complutense. Ripoll acudía a Madrid los fines de semana y en dos años sacó la titulación.

Casado con Catherine Rezard, ciudadana francesa que durante años dirigió una escuela de ballet en la calle de Rivero, el matrimonio tiene un hijo, Andrés, un ingeniero que actualmente vive en Londres y que los que le conocen dicen que es la viva imagen de su padre en cuanto al amor por los libros y la música.

Hombre disciplinado, lo sigue demostrando cada día, cuando a las siete y media de la mañana sale de su casa de Salinas y se pone a hacer deporte por la playa. Antes hacía footing por la arena, pero ahora ha tenido que optar por la bicicleta ante las exigencias de unas doloridas rodillas. La misma disciplina y la misma sobriedad que aplica a su vida los fines de semana, cuando, si puede, evita salir de casa y se encierra con sus libros, su música y su pasión por escribir. Exfumador de rubio, moderado en la comida y la bebida, amante del buen vino y hace años de un whisky de media tarde ocasional, ha viajado a múltiples países en compañía de su esposa y de algún matrimonio amigo. En cambio, su discreción hace que sea casi imposible verle en algún bar o restaurante de Avilés.

Desde Suárez del Villar a la actual alcaldesa, Pilar Varela, Antonio Ripoll ha logrado mantener su independencia respecto a la clase política. Con algunos se ha llevado mejor que con otros, pero en todo caso siempre ha luchado por salvaguardar esa independencia. Y en ese objetivo ha tenido que soportar algún intento de ingerencia, alguna incomprensión y más de un chirriante silencio. Manolo Ponga, Mariví Monteserín o Juan José Fernández, concejal de Cultura de IU, fueron sus mejores apoyos y con los políticos con los que mejor se ha llevado. En los últimos tiempos, colaboró estrechamente con Natalio Grueso, a quien ayudó en los asuntos de teatro y con quien hizo muy buenas migas.

Antonio Ripoll , en fin, se prepara para decir adiós a una vida dedicada por entero a la cultura, aunque no está tranquilo. Al revés, confiesa que está «acojonado» porque no sabe qué va a ser de él sin la obligación de acudir cada día a su puesto de trabajo. Pero ojo, el Premio de LA VOZ DE AVILÉS de 2004 -todavía no sé cómo logré convencerle para que aceptara el galardón- es capaz de depararnos alguna sorpresa. Lo suyo no es quedarse quieto.