El 'hat trick' del Mallu

Natural de Cangas del Narcea, llegó con 15 años a Gijón, donde ha dedicado «muchas horas y muchísimo trabajo» a sus sidrerías Ernesto Álvarez abre en el Infanzón su tercer negocio hostelero en 11 años

DIEGO FIGAREDOGIJÓN.
Ernesto Álvarez posa tras la barra de su segunda sidrería, El Otru Mallu. ::                             JORGE PETEIRO/
Ernesto Álvarez posa tras la barra de su segunda sidrería, El Otru Mallu. :: JORGE PETEIRO

Aunque no tiene cien cañones por banda, el Mallu parece ir a toda vela. O más bien 'los Mallos', porque ya son tres. El Mallu del Infanzón es la nueva apuesta de Ernesto Álvarez Rubio (Cangas del Narcea, 1975), afanado hostelero que llegó a Gijón con 15 años para trabajar de camarero. Hoy, con 21 años de sacrificio y trabajo a sus espaldas, hace balance de toda una vida detrás de la barra: «Me ha ido bien, no lo niego, pero no todo es el dinero, hay muchísimas horas y muchísimo trabajo en todo lo que he conseguido». Él, como los mejores goleadores, ha logrado un 'hat trick'.

¿Su secreto? «Tener una clientela fiel es importante, pero tú también tienes que responder. No es dar nada especial, sino que cuando lleguen a la sidrería tengan todo lo que ellos quieren a un precio acorde con la calidad que están consumiendo». Eso y trabajo. Mucho trabajo. «Mi mujer está en contra de que siga porque soy el primero que está delante. Me da lo mismo fregar que barrer que lo que sea», asegura. Y es que el jefe «tiene que ser el que más trabaja». Para dar ejemplo y crear espíritu de equipo. Sólo de esta forma se puede dirigir a un grupo de 31 camareros en tres sidrerías diferentes.

Ernesto Álvarez empezó a trabajar en la bodega La Torrica siendo todavía un niño. Nueve años después, junto a su mujer y su suegra, decidió dar un salto cualitativo en su vida: abrir su propio negocio. Y no fue una decisión fácil. Pese a su corta edad, contaba con una dilatada experiencia en el mundo de la hostelería: «Cuando estaba de camarero trabajaba como si fuera mi negocio, tenía toda la responsabilidad. Hacía pedidos, hacía casi todo lo que sigo haciendo ahora en los que llevo por mi cuenta. Lo abría y lo cerraba... Mañana, tarde o noche, siempre estaba ahí, para lo que hiciera falta».

«Un no parar»

Con este precedente, abrir El Mallu fue casi un mero trámite. «Cuando empecé con la sidrería le dije a un cliente: 'Nada, eso lo abrimos mi suegra, mi mujer y yo, y con otro camarero ya nos vale'. Pero ya la primera semana tuve que meter tres chicos más a trabajar conmigo, era un no parar», recuerda. Haciendo bueno el dicho de que el cliente es fiel y sabe apreciar el buen trato, muchos de los que le conocían empezaron a parar también en El Mallu.

La constancia del trabajo bien hecho hizo que, cuatro años más tarde, en 2005, Ernesto Álvarez decidiera dar un paso de gigante, rumbo a una aventura a la que consagraría su vida: El Otru Mallu. No muy lejos de sus primeras experiencias hosteleras, su segunda sidrería fue el intento de «asentarse definitivamente» en un sector complicado y con mucho movimiento.

Hoy en día, en plena crisis económica, este cangués de 36 años sabe lo que es sobrevivir en momentos complicados para el sector. «Tienes que trabajar como un bestia el fin de semana para poder mantener a toda la plantilla durante la semana, que es muchísimo más floja. Viernes, sábado y domingo sabes lo que toca: más horas y más trabajo», explica.

Su nueva aventura, la sidrería merendero en El Infanzón, como él mismo reconoce, «es un reto». «Pero la gente está respondiendo, muchos sólo por el nombre ya saben que van a tener la misma calidad que en los otros Mallos», asegura. Además, le gusta que sea «algo diferente». «Si me hubieran ofrecido otra sidrería en Gijón hubiera dicho que no», reconoce. Este camarero hecho a sí mismo, que gusta de esconderse entre sus empleados vistiendo su misma camisa y trabajando como el que más, continuará «otra temporada» a máximo rendimiento para sacar adelante «este nuevo follón».

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