25 años sin el viejo Riaño

Muchos veraneantes asturianos se unieron a la lucha contra el derribo del pueblo, en la que incluso la gijonesa Carmen Sopeña perdió un ojo

MARCO MENÉNDEZ MAMENENDEZ@ELCOMERCIO.ESGIJÓN.
Una anciana, desesperada ante el derribo de su casa. ::                             E. C./
Una anciana, desesperada ante el derribo de su casa. :: E. C.

El pasado 7 de julio se cumplió el 25 aniversario de la demolición de los últimos edificios de Riaño, un pueblo de la montaña leonesa que muchos asturianos consideraban su segunda casa. Cientos de gentes llegadas desde el Principado pasaron durante muchos años los meses de veraneo en este pueblo ubicado en las vegas de los ríos Esla y Yuso.

Sólo en la memoria y en escasas estampas se pueden rememorar lugares como los cafés Central y Nevada, la tienda de artículos de pesca de Polvorilla, el hotel Moderno, el prado a la rivera del río que acogía el mercado de ganados, la plaza del Ayuntamiento con su cercana sala de recreativos o la torre de una iglesia del siglo XVIII que fue la última en sucumbir antes de que fuera volada con explosivos y sus restos quedaran para siempre bajo las aguas, después de que el 31 de diciembre de 1987 se cerraran las compuertas de la presa.

Pero hacía mucho tiempo que estaba dictada la sentencia de Riaño. El proyecto del pantano nació en 1902 y hubo intentos de desarrollarlo en 1928, 1931 y 1939. Se retomó en 1962 y se hizo oficial tres años después. Fue durante la dictadura de Franco cuando se ideó una presa de 337 metros de longitud y 91 de alto, pero quien se encargó de cerrar la compuerta fue el ministro del Gobierno de Felipe González Javier Sáenz de Cosculluela, desde entonces, nombre maldito en la comarca.

Enfrentamientos

El embalse no salió gratis. Los riañenses y muchas personas unidas sentimentalmente a la zona protagonizaron duros enfrentamientos con la Guardia Civil. El peor día fue el 7 de julio, cuando 300 miembros de la Benemérita acudieron al pueblo para asegurarse de que las máquinas de demolición hacían su trabajo. Estos enfrentamientos se cobraron una víctima, ya que el ganadero Simón Pardo no pudo soportar ver cómo iba a ser derruida su casa y decidió suicidarse la noche antes de un disparo con su escopeta de caza. Ese fue el epílogo de un episodio que dejó bajo las aguas del pantano los pueblos de Riaño, Salio, Escaro, Pedrosa del Rey, Huelde, La Purta y Anciales, mientras que Burón y Vegacerneja se vieron afectados parcialmente.

¿Qué objeto tenía la construcción del embalse? Regar 83.000 hectáreas de Tierra de Campos y el páramo leonés, pero la realidad es que sólo se riegan 23.000.

Del viejo Riaño nació el nuevo Riaño. Surgió en lo alto de la colina que antaño dominaba el parador nacional. Precisamente sus restos sirvieron para construir algunos de los edificios del nuevo pueblo y sus piedras se pueden ver en las modernas paredes. Pero está claro que ya nada ha vuelto a ser igual. El año pasado Riaño tenía censados 538 habitantes, pero es que en 1970 llegaba a los 1.649. Y a éstos había que sumarle los muchos forasteros que llenaban sus calles durante el verano.

Ahora son pocos los que tienen en Riaño su punto de parada obligada durante los meses estivales. Hay incluso quien ni siquiera ha querido volver para tener para siempre en su memoria aquel viejo Riaño que olía a trigal, río y montaña, y sabía a pan caliente, trucha y vino. No es el caso de Carmen Sopeña, una gijonesa que sigue siendo fiel a Riaño desde que empezara a frecuentar el camping. No dudó en tomar parte activa en las reivindicaciones del pueblo y su enfrentamiento cara a cara con la Guardia Civil le costó dos costillas rotas, al igual que la nariz, una fisura en la mandíbula y perder la visión de un ojo como consecuencia del impacto de una pelota de goma.

Recuerdos

El pasado siete de julio se convirtió en día de reunión de vecinos y nostálgicos de Riaño. Para conmemorar tan nefasta efeméride, el Museo Etnográfico de la localidad inauguró una exposición en la que se incluyeron esculturas de Carmen Sopeña. Ese día fue bastante gente, a pesar de que «el pueblo y toda la comarca están arruinados. Desde que se construyó el pantano, se han ido más del 50% de los vecinos. Riaño era el eje de toda la comarca y hay que tener en cuenta que un pueblo nuevo tarda mucho tiempo en volver a tener vida», explica Sopeña.

Muy poco turismo, moteros de paso y excursionistas que se dirigen a los Picos de Europa son los visitantes de la zona. Y es que hasta quedó en el olvido la prometida construcción de una estación de esquí que, curiosamente, sólo tendría acceso a través de la provincia de Palencia

La artista gijonesa es de las que opina que la construcción del embalse «fue un engaño», porque asegura que la mayor parte del agua «va para la refrigeración de las centrales eléctricas». A pesar de todo, no se arrepiente de haber tomado parte activa en la lucha por la defensa del pueblo, incluso a costa de haber sufrido importantes heridas: «Me arriesgué. Hice lo que tenía que hacer», explica rotunda. Tiene claro, además, que los agentes tenían órdenes de golpear a los cabecillas de las revueltas, a los más significados de la resistencia popular. «Eran luchas desproporcionadas. Nosotros estábamos con escobas en los tejados de las casas. Éramos como dianas fijas. Yo vi cómo, cuando me disparaban, un guardia le decía a otro: 'dale, que ahora la tienes a tiro'. La gente estaba llorando, sin ningún sitio donde meterse».

A Carmen Sopeña se le agolpan los recuerdos de aquellos duros momentos. Parte de ellos están reflejados en las esculturas que presenta en el Museo Etnográfico de Riaño. «Son esculturas de lo que queda en la memoria de esos tiempos, pero son suaves, para no herir la sensibilidad de la gente de Riaño».

«No hay mujeres jóvenes»

Y es que aún esa sensibilidad está a flor de piel. Desde los miradores del nuevo pueblo se ve el pantano y uno se imagina lo que hubo en el valle que oculta. Riaño no ha conseguido en este tiempo recuperar la sonrisa, ya que los hombres jóvenes se tienen que marchar porque «no hay mujeres jóvenes», apunta la escultora. En las calles, la mayoría son jubilados. El trabajo también escasea, pues poco más hay que el que proporciona el propio Ayuntamiento. Hay hoteles, bares y algunos comercios, pero hasta sus propietarios reconocen que no hay mercado para todos. «Los tres bares que hay no abren todos los días. Han llegado a un acuerdo para turnarse».

Riaño ha sufrido y sigue sufriendo. Los vecinos no quieren que se olvide la historia y pretenden llevar hasta León la exposición inaugurada hace una semana. Incluirán entonces, además de las imágenes de todos los pueblos que han desaparecido, fotografías de los derribos y de los enfrentamientos con los antidisturbios de la Guardia Civil.

Quizá sería buena idea que la muestra visitara tierras asturianas. Porque no quieren que nadie lo olvide; quieren recordar que Riaño vive.

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