Un asesinato brutal castigado con 201 años de cárcel

Considera que Jesús Villabrille fue el cerebro, Cristian Mesa el sicario y que Pablo Blanco colaboró también en la muerte de su hermana

IDOYA REYOVIEDO.
Los tres acusados sentados ante el tribunal de la Sección Tercera de la Audiencia Provincial, encargada de enjuiciar los hechos. ::                         MARIO ROJAS/
Los tres acusados sentados ante el tribunal de la Sección Tercera de la Audiencia Provincial, encargada de enjuiciar los hechos. :: MARIO ROJAS

El fiscal Tomás Álvarez- Buylla reclamó en la última sesión del juicio por el conocido como crimen de Vallobín una pena «totalmente severa» para dos de los tres acusados de la muerte y posterior descuartizamiento de María Luisa Blanco, de 36 años; para Jesús Villabrille Bou y Cristian Mesa Palicio, inquilinos de la casa de Mariscal Solís donde se produjo la muerte. Consideraba el fiscal que no había duda alguna de «la crueldad» con la que ambos maltrataron y extorsionaron a la familia Blanco. Un clima de violencia que la noche de San Juan de 2009 desembocó en el asesinato. La sentencia de la Sección Tercera de la Audiencia Provincial, notificada ayer, coincide con el diagnóstico del fiscal: condena a Jesús a 96 años y 8 meses de cárcel y a 79 años y ocho meses a Cristian, por una suerte de delitos prácticamente idéntica (solo se rechaza un delito de allanamiento de morada) a la reclamada por el Ministerio Público.

Para el otro imputado, Pablo Blanco, hermano de la víctima, el fiscal rebajaba la pena a 25 años y 8 meses de cárcel. Tenía en cuenta una eximente incompleta de miedo insuperable y también le consideraba víctima de maltrato y detención ilegal, entre otros delitos. Tras la declaración de psicólogos y forenses que colocaron a Pablo como una persona «con déficit mental, con afectación global de su personalidad y con un menoscabo de sus capacidades»; que en el momento de los hechos tenía «sus capacidades muy mermadas y aunque fuese temporalmente podría haber tenido completamente abolida su voluntad», el fiscal dejaba en manos de la sala la posible imputabilidad del acusado. Ha sido condenado a 25 años y 5 meses.

Durante toda la instrucción del caso, María del Rosario Blanco, la madre de la víctima (ininputable por su discapacidad intelectual), y su hijo Pablo Blanco declararon que vivían sometidos por los inquilinos de su casa. Dijeron que Jesús «era el jefe». Coincidió en el testimonio Cristian, amigo tanto de Jesús como de Pablo: «Jesús era el que mandaba», atestiguó. El magistrado, Manuel Vicente Avello Casielles, así lo considera. «Es el artífice principal, el cerebro de todo lo que sucedió. Es un psicópata. No tiene rasgo alguno de humanidad y no se recata en hacer el mal por el mal», narra la sentencia.

Eso no exime de culpa, según el fallo, a los otros dos acusados. «Cristian participó activamente en todos los hechos. Asumió el papel de sicario voluntaria y conscientemente», al igual que Pablo, «conocedor del alcance de sus actos, tomó parte activa hasta el punto de lesionar a su hermana con un cuchillo y realizar el descuartizamiento sin remordimiento». ¿Qué fue lo que pasó?

Hechos probados

Hasta julio de 2008, la familia Blanco (María del Rosario y sus hijos, la fallecida, María Luisa, y el acusado Pablo, todos con retraso intelectual) vivían tranquilamente en su piso de Vallobín. En julio de 2008, Pablo invitó a residir en su casa a su amigo Cristian, quien dormía en la calle. A mediados de agosto el número de inquilinos se incrementó. Cristian puso en contacto a Pablo con su amigo del alma, Jesús, y su novia (menor de edad y condenada por el asesinato en un procedimiento paralelo en Menores). Jesús «aprovechándose de las limitadas capacidades e influenciabilidad de Pablo le convenció para que les dejase también vivir en la casa. Se comprometieron a abonar una cantidad mensual, abono que nunca se llegó a efectuar».

Los inquilinos vivieron a partir de entonces «a expensas de los ingresos» de la familia Blanco. «En abuso de su credulidad no solo les pagaban la manutención, sino que también les financiaban compras, como consolas de videojuegos y material de ordenador, siempre con falsas promesas de abono». Durante los diez meses de convivencia llegaron a gastarse 4.629 euros en consolas. A partir de diciembre, la situación «se fue deteriorando progresivamente. Jesús comenzó a ejercer un dominio sobre el resto de moradores, con la participación activa y consentida de Cristian». Las exigencias económicas, cada vez mayores. En junio de 2009, pocos días antes del crimen, obligaron a María del Rosario a comprar una motocicleta por 1.800 euros.

Las relaciones, mantiene el juez, empeoraron. «Jesús, apoyado en todo momento por Cristian, estableció una situación de dominio total con el uso de la violencia». Los maltratos eran «frecuentes y diarios, consistentes en golpes, puñetazos por motivos banales o por simple diversión». Les prohibían que les mirasen a la cara o que hablasen entre ellos, e incluso obligaron a los hermanos a beberse su orina. Una suerte de «juegos macabros» que maquinaban Jesús y Cristian y que llegaron al ámbito sexual. La sentencia recoge como, al menos en dos ocasiones, los inquilinos forzaron a los hermanos a masturbarse mutuamente.

La situación llegó a tal punto que los Blanco llegaron a abandonar su propia casa. Denunciaron los hechos y se trasladaron al domicilio del padre, Gil Blanco. Jesús y Cristian fueron a buscarles y «amedrentados» retiraron las denuncias. La dominación se radicalizó. Les quitaron las llaves y teléfonos y nos les dejaban salir solos a la calle. «Estaban custodiados y vigilados todo el día». La noche del 23 de junio de 2009, mientras María del Rosario y Pablo cenaban «huevos con chorizo porque se habían portado bien», los inquilinos obligaron a la fallecida, impedida en una silla de ruedas, a mantenerse de pie en el pasillo. La menor decía que no creía que María Luisa tuviera un problema en las piernas. Cuando cayó al suelo, la bañaron en agua fría y de nuevo la colocaron de pie en el pasillo.

Si se desplomaba contaban hasta cinco y la golpeaban con el palo de una escoba primero y con una barra de pesas después. La levantaban con la barra por el cuello, y Jesús le daba puñetazos en el vientre. Cuando Cristian dijo que no tenía fuerzas para sujetarla, Jesús ordenó a Pablo que estrangulara a su hermana. La agarró por el cuello, pero como Jesús creía que no apretaba, le vertió una botella de whisky en la garganta. María Luisa murió. Luego Pablo, dirigido por Jesús, la descuartizó. El plan consistía en separar la carne de los huesos para dársela como alimento a unos perros.

Según el juez, la muerte se produjo «por la acción conjunta del estrangulamiento y la intoxicación etílica».