«Si hay que marchar es porque algunos mangantes no hicieron las cosas bien»

Javier Ruiz vive en Rumanía desde hace un año y medio. Su mujer Ana, en Madrid«Es un misterio cómo los rumanos viven con un sueldo medio de 400 euros y con los mismos precios de España», dice este ingeniero de minas ovetense en Bucarest

AZAHARA VILLACORTAGIJÓN.
Javier Ruiz, en Bucarest, donde trabaja desde hace un año y medio «haciendo túneles». ::                             E. C./
Javier Ruiz, en Bucarest, donde trabaja desde hace un año y medio «haciendo túneles». :: E. C.

Desde hace un año y medio, Francisco Javier Ruiz Centeno, Javi para los amigos, 38 años, prepara una maleta con lo imprescindible para el fin de semana y se sube a un avión en Bucarest cada quince días para reunirse con su mujer, Ana, que trabaja como funcionaria en Madrid. O, si no, es ella la que se encarga de realizar el trayecto inverso. Y, cuando se acerca a la temporada alta, como ocurre estos días, los precios de los billetes para poder pasar unas horas juntos se disparan hasta colocarse en 270 o 300 euros.

«Es duro. Muy duro», reconoce este ingeniero de Minas nacido en Soria pero criado en Oviedo que desde hace un año y medio reside en Rumanía, un país que ya conocía «de haber ido de vacaciones» y al que su empresa, una constructora de potentes dimensiones, le mandó hace meses para ocupar «un puesto muy especializado» que pivota alrededor de una tuneladora, por más que de la variante de Pajares sólo diga que «es un proyecto técnicamente muy complicado, con lo que implica en cuanto a su coste».

A Madrid, aún. Porque lo de viajar a Asturias a visitar a sus padres y hermanos se convierte, directamente, en «imposible». Y no sólo porque, entonces, tiene que «coger días de vacaciones», sino «porque los precios se disparan». Así que las pocas veces que regresa a la casa familiar, coge en tren desde Madrid. Y el año pasado «fue sólo una, en Navidad».

Con todo, vive empeñado en verle la parte positiva a tener que estar a miles de kilómetros de los suyos y en convencerse de que «salir de España no es tanto problema»: «Hay que intentar no tomárselo como algo traumático, porque cualquier cosa es mejor que estar en el paro». Aunque este profesional que procura «leer tres o cuatro periódicos al día y ver algún telediario online» también tiene muy claro algo: «Si yo, y tantos como yo, tenemos que marcharnos, es porque algunos mangantes no han hecho las cosas bien».

La actualidad le devuelve lo mismo, testaruda: «Robos, corrupción. Corrupción, robos». Y Rumanía, si exceptuamos los inviernos a varios grados bajo cero y los veranos asfixiantes, «no está nada mal», porque «Bucarest ofrece lo que ofrecen todas las grandes ciudades europeas».

«La evolución del país en los últimos cinco años ha sido enorme. Se ha ido desprendiendo de las viejas estructuras, de los viejos vicios, de las calles sucias y de las aceras desechas». Tanto, que incluso han aparecido signos de modernidad que Javier no ha visto en ningún otro país del mundo. «Por ejemplo, los taxis funcionan con Apps para el móvil, de manera que puedes valorarlos a través del teléfono, y la gente está muy contenta con el servicio».

En general, el transporte y la restauración son «baratos» para los extranjeros en la ciudad más poblada del país, antiguo bastión comunista con dos millones de habitantes, «pero siguen siendo caros para una población local entre la que las diferencias entre ricos y pobres son enormes, aunque cada vez menores. Lo que todavía es un misterio que no he podido descifrar es cómo los rumanos viven con un sueldo medio de 400 euros y unos precios como los de España», bromea Javi, que espera a reunirse con Ana definitivamente para poder ser padres.

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