Mapamundi del cine para el siglo XXI

Con atención «a la periferia de la periferia», Rodríguez integra el movimiento cinematográfico «vital» asturiano en el discurso del cine para el siglo XXI El crítico Hilario J. Rodríguez y Carlos Tejeda coordinan una ambiciosa enciclopedia del séptimo arte

ALEJANDRO CARANTOÑAGIJÓN.
El trabajo del realizador Ridley Scott es uno de los que los autores Hilario J. Rodríguez y Carlos Tejeda llevan a su obra. ::
                             E. C./
El trabajo del realizador Ridley Scott es uno de los que los autores Hilario J. Rodríguez y Carlos Tejeda llevan a su obra. :: E. C.

Cuando escribió tres entradas, una de ellas sobre Almodóvar, supo que en solitario sería una empresa imposible. Fue hace casi 7 años, cuando comenzó el despegue de un proyecto en el que, a continuación, el escritor y crítico cinematográfico Hilario J. Rodríguez embarcó a Carlos Tejeda para ayudarle a coordinarlo y, a renglón seguido, a otra treintena de colaboradores.

El resultado es 'Cine XXI. Directores y direcciones', una enciclopedia, un «mapa», como lo llama Rodríguez, del cine en el siglo XXI que acaba de ver la luz en Cátedra: lo que empezaron siendo tres entradas se transformó en una lista de 600 nombres, que se ha quedado, al final, en 820 para dar respuesta a «una serie de desplazamientos», siempre según el autor, «en la percepción que tenemos de la imagen y en nuestra relación con el cine» en los últimos tiempos.

Son entradas sucintas que sobrevuelan el trabajo de Ridley Scott y de José Luis Garci, de Ángeles González-Sinde y de John Waters, de Alexander Payne y de Víctor Erice a lo largo de seiscientas páginas largas y de una buena colección de fotografías, bibliografía y de referencias. «No proponemos una revisión película por película», avanza Rodríguez, «sino que se trata de la esencia de sus películas, de su motivo central, y de articular todo a su alrededor. Se busca lo más importante de su producción, no tanto los gustos de cada cual».

Todos unidos por el siglo, por su tiempo, en un momento en el que corremos el riesgo de dejarnos atrapar por «los discursos centristas, como el estadounidense o el francés», o de sucumbir a la retórica «de los políticos y los economistas», que desplaza a la de la cultura en general y al lugar que ocupa el cine en particular: «Hay quien quiere cargarse eso». Para evitar este riesgo de agotamiento, la salida es la Historia, pero la historia que se construye «sobre el presente. Quisimos empezar, precisamente, por el cine del siglo XXI y no por el del XX, para reevaluar su papel y luego, si eso, abordar el siglo anterior».

Como únicas pautas, una escritura con «libertad total» para los colaboradores («Que dan unos palos tremendos» a ciertos directores) y la intención de criticar sin destruir. Es cierto que, sin embargo, las entradas dedicadas a autores españoles e hispanohablantes tienen más extensión, cuidado o mimo que las de algunos de los extranjeros, cosa inevitable por la procedencia del libro pero que también responde a una de las mayores preocupaciones de Rodríguez: la periferia de la periferia.

«¿Qué le ha aportado al arte Australia? Nada relevante, nada especial. No tienen picassos, ni kandinskys. Pero esto no implica que no sea un error suponer que en Australia no hay un arte propio», y que, por lo tanto, haya que defenderlo, mostrarlo, o preservarlo frente al citado «discurso único» proveniente de los citados focos de cine dominante. «Sin recambio o alternativa ante esto, estamos perdidos», señala: «En Asturias, región a la que me siento casi más cercano que a mi Galicia natal, hay un movimiento cinematográfico -especialmente en el mundo del documental- vital, aunque ahora esté un poco parado».

De ahí que, si darle este tratamiento al cine español ya supone «hablar de periferia», en 'Cine XXI' ocupe un espacio propio la periferia, a su vez, del centro de España: «Es una vergüenza cómo se trata en el cine español comercial la memoria histórica, por ejemplo», se exalta el crítico, antes de traer a colación al asturiano Ramón Lluis Bande y 'El paisanu'. Un retratu colectivu'. «Ves que estamos desaprovechando la pervivencia de personas que son Historia. Las estamos dejando morir, y no podemos permitirlo», afirma: «Hay que irse a planteamientos más serios».

Esto no implica que cada realizador no esté en su justo lugar y reconocido como lo que es: nadie reprocha en el libro al reconocido y autoproclamadamente comercial Brian Yuzna su condición. Nadie pone en tela de juicio la incursión de Sam Mendes en la saga 007, o los altibajos creativos de Álex de la Iglesia, o la factura inconfundible de John Woo, o el espesor grandilocuente de Theo Angelopoulos.

De ahí que la cartografía quede completa, desde las capitales hasta las aldeas más recónditas para el gran público, con caracteres como el asturiano: «Me interesa más la posición rebelde de esta región, una rebeldía no necesariamente ideológica pero que está presente en, probablemente, todos los grupos musicales de los 70 a esta parte, en narradores, en artistas plásticos o en realizadores de cine», y que se trasluce en proyectos que se alejan de los caminos conocidos o más convencionales.

El conjunto queda completo con las respectivas fichas de cada autor, en las que se indica la filmografía selecta (de nuevo, no por gustos, sino por relevancia en cuanto a la «esencia» de su trabajo), las lecturas selectas sobre ellos y sus páginas web.

«Hasta hace dos días nadie sabía ubicar en el mapa Siria o Ulan Bator. Hasta hace diez años, si no fuera por los últimos acontecimientos, nadie había oído hablar de Corea del Sur. Somos historiadores anómalos», señala Rodríguez, «inmersos en un tiempo muy distinto en cuyo discurso se integran cosas constantemente»: un siglo necesitado de respuestas y, como diría aquel, de más cine.