«La agonía de Franco permitió tomar medidas para allanar el camino de la Transición»

El médico madrileño, hijo y nieto de asturianos, fue el único testigo de la muerte de Franco el 20-N. «Ocurrió a las dos de la mañana, creo que se dijo que fue a las 5.25 por seguridad nacional» Vital Aza Fernández-Nespral Cardiólogo

ADRIÁN AUSÍNGIJÓN.
Vital Aza Fernández-Nespral, en el jardín de su casa, en Somió. ::
                             JOAQUÍN PAÑEDA/
Vital Aza Fernández-Nespral, en el jardín de su casa, en Somió. :: JOAQUÍN PAÑEDA

A sus 84 años, en su primer verano en Somió tras la jubilación, Vital Aza Fernández-Nespral reflexiona para EL COMERCIO sobre el último mes de vida de Francisco Franco. Desde el electro donde este cardiólogo madrileño hijo de asturianos descubrió el infarto agudo de Franco aquel 16 de octubre hasta la madrugada del 20 de noviembre, cuando fue el testigo único de su muerte. «Eran las dos o dos y pico», rememora, y tras mirar al monitor le practicó un masaje cardiaco. España pasaba aquella noche una larga página de su historia. Y Vital Aza fue su principal testigo.

-Baño en Estaño por la mañana y comida con la Sociedad Gastronómica El Llar después. No le va mal la jubilación, ¿verdad?

-Divinamente. Bueno, yo oficialmente me jubilé en la Seguridad Social al cumplir 70. Trabajé primero en La Paz y a partir de 1977, cuando se inauguró el Ramón y Cajal, pasé allí hasta 1999. Y luego seguí en la actividad privada, que dejé el 26 de noviembre.

-Tiene 84 años muy bien llevados. ¿No ha esperado mucho para colgar la bata?

-Me gustaba seguir ejerciendo, hasta el momento en que pensé que quizá sería mejor no tener que esperar a que alguien me dijera que estaba chiflado. También contribuyó el hecho de que no entré mucho en las nuevas tecnologías. Era el único sin ordenador, seguía haciendo mis fichas a mano... Y ya eran casi 60 años trabajando.

-Dicen que es un hombre metódico y pausado. ¿Son estas buenas recetas para el organismo?

-Creo que sí. Procuro no acelerarme con nada, aunque la actividad médica, ciertamente, sí que ha tenido momentos intensos. Desde 1957 estuve con el doctor Martínez Bordiú y pasé muchas horas de quirófano controlando el pre, per y postoperatorio.

-Vayamos al principio. ¿Es usted más madrileño o gijonés?

-Nací en Madrid, pero me considero asturiano. Mi padre era de Mieres, mi madre de La Felguera y mis cuatro abuelos eran asturianos.

-¿Cómo se fueron a Madrid?

-Mi padre era ingeniero industrial y se fue allí a trabajar en lo que entonces se llamaban los Caminos de Hierro del Norte de España; los ferrocarriles. Después, participó en la fundación de Renfe; y falleció joven, en 1944, a los 52 años.

-Su abuelo lenense fue el Vital Aza médico, dramaturgo y poeta. ¿Ejerció algún influjo sobre usted?

-Mis referencias fueron de oídas pues murió en 1912. En 2012, la Sociedad General de Autores conmemoró el centenario, al ser su fundador y primer director. Otro hermano de mi padre, llamado Vital Aza, fundó el hospital Santa Alicia y tuvo mucho nombre en la ginecología y tocología. Asistía a muchos partos en provincias.

-Una familia emprendedora.

-Sí. Otro primo carnal fue quien introdujo a Félix Rodríguez de la Fuente en la afición a la cetrería...

-¿Le pilló en Gijón la guerra civil?

-Sí. A los tres días mi padre apareció con arroz, lentejas, garbanzos, verduras... Poco después pudo marchar a Madrid, pero debió hacerlo con un aviador desde Santander. Me pasé tres años sin verlo. Él se comunicaba con mi madre por correspondencia a través de Cruz Roja vía Suiza.

-¿Y qué hicieron ustedes?

-En la primavera de 1937 embarcamos de noche en un carguero inglés mi madre y los tres hermanos (luego nacería un cuarto) rumbo a Francia. De ahí pasamos por Irún a la zona nacional y vivimos en una finca de Burgos de un familiar. Una vez liberado Gijón vinimos para aquí y cuando se liberó Madrid vino mi padre. Fueron años de incertidumbre.

-Luego tendría problemas de salud.

-Cuando terminé la carrera, siendo alumno interno, asistía a operaciones de tuberculosis, neumotórax... Tenía que ayudar a los enfermos a toser cuando eran operados y ahí me contagié. Tuve fiebre tifoidea y tuberculosis pulmonar, muy frecuente entonces. Esto le salió caro a mi familia, que debió adquirir en estraperlo la cloromicetina en el bar de Chicote y la estreptomicina en El Musel.

-Y empezó a trabajar.

-Empecé a trabajar en 1957 como becario de la Escuela Nacional de Tisiología, en la Ciudad Universitaria, donde estaba el doctor Martínez Bordiú. Había tres becarios internos y se generó una vacante. Suplí a un médico croata que se había escapado de un campo de concentración ruso. Los fines de semana agarraba unas curdas eslavas terroríficas y en una de esas, al entrar a la escuela, el vigilante, un guardia civil jubilado, discutió con él, él lo zarandeó y murió. La situación era traumática y consiguieron sacarlo de España.

-¿Ha evolucionado mucho la medicina en 60 años de profesión?

-Imagine que entonces las operaciones de corazón eran cerradas. Las practicaba Bordiú y me tocaron muchas horas de quirófano. Al poco se produjo la división entre la neumología y la cardiología; comenzó la cirugía cardiaca y se montó la consulta externa de cardiología dirigida por Bordiú.

-¿Cómo ve el sistema sanitario público español ahora que tanto se critican los ajustes?

-Los compañeros de profesión que siguen en los hospitales están muy mal a gusto. Antes quizá éramos todos más idealistas y más conformistas, íbamos a trabajar con el yerno del caudillo con una gran ilusión sin preguntar siquiera si pagaban. Ha cambiado la mentalidad de los médicos y de la gente. Ahora la gente está muy desilusionada y muy desmotivada. La medicina requiere una vocación especial.

-¿Se ha retrocedido en la calidad?

-No me lo parece. Creo que la sanidad española es muy buena. Tengo dos hijos en Estados Unidos y una hija en Alemania (el otro está en Madrid) y me dicen que no tenemos nada que envidiarles; más bien al revés.

-De su trayectoria, ¿de qué se siente especialmente satisfecho?

-Mi mayor recuerdo es el trabajo con el equipo de cirugía cardiopulmonar de Martínez Bordiú, del cual yo era el único clínico. Lógicamente, tuve bastante trato con la familia de Carmencita Franco, asistí a su madre en bastantes ocasiones y al generalísimo durante su último período de convalecencia.

-¿Cómo recuerda aquel proceso?

-Desde que tuvo la tromboflebitis en junio o julio anterior y fue hospitalizado, estaba muy delicado. Tras darle el alta, sus médicos le visitaban regularmente, le hacían electros, analíticas... Yo estaba en La Paz y llevaba la consulta externa de Cardiología. Un día una enfermera que hacía guardia en El Pardo, una ATS, llamó para pedirme el electrocardiógrafo. El generalísimo había pasado muy mala noche, su médico le había dado un valium y había solicitado un electro. Así que llevaron el aparato a El Pardo en una furgoneta y le dije a la enfermera: 'Guárdame un trocito del electrocardiograma de Franco'. Cuando volvió a media mañana me metió un rollito de papel en el bolsillo y le pregunté: '¿Qué han dicho?' Me dijo que no pasaba nada. Cuando terminé la consulta, cogí el rollo de papel y me quedé pasmado. Era la imagen de un infarto en fase aguda, posiblemente con otro anterior antiguo.

-¿Qué hizo?

-Llamé al médico del laboratorio, doctor Mantilla, al que habían encargado los análisis rutinarios de Franco y le pedí: 'Hazle también las encimas'. A la media hora me llamó alarmado: las tiene altísimas. ¡Pues claro! Es un infarto de miocardio en fase aguda. ¿Qué hacemos? Vamos a decírselo al doctor Martínez Bordiú. Le avisamos cuando salió del quirófano. El llamó a su mujer y preguntó: ¿Cómo está tu padre? Muy bien, acaba de comer. Pues que se acueste inmediatamente. Voy para allá con otros médicos. ¿Qué pasa? Ya te contaré. Fuimos y allí estaba en la cama. Hubo que decirle que había tenido un episodio coronario sin nombrar la palabra infarto, que debía estar en reposo. A los dos o tres días tenía Consejo de Ministros y decía que no podía faltar. Al final, le cogí por la solapa y le dije: ¡Usted ahora mismo quieto aquí en la cama! Él me respondió: 'Mis obligaciones son más importantes que lo que le pueda ocurrir a mi vida'. Una indiscreción mía había destapado aquel infarto. Si no, posiblemente hubiera muerto en unos días por sorpresa pillando desprevenido a todo el mundo.

-Quizá hubiera sido mejor...

-Para ahorrarle sufrimientos sí, pero después de la muerte de Franco el presidente del Consejo del Reino, Rodríguez Valcárcel, elogió la labor del equipo médico que le había tratado y destacó que gracias a la agonía de Franco se habían podido ir tomando las medidas necesarias para que no ocurriesen cosas gruesas a su muerte y allanar así el camino de la Transición.

-El proceso médico entre el infarto del 15 de octubre y la muerte del 20 de noviembre fue terrorífico.

-Fue una complicación tras otra. No había forma de limitar el sangrado digestivo. Hasta que una noche le dijimos a la familia 'o se opera ahora mismo o se muere'. Vomitaba sangre, tenía unas deposiciones negras... Fue entonces aquella operación improvisada en la sala de curas de El Pardo, adonde lo trasladamos con una manta haciendo de camilla. Alonso Castillo con un flexo, porque no había lámpara de quirófano, yo hacía de monitor tomándole el pulso y el doctor Hidalgo, operando... Mientras actuábamos, el capellán rezaba 'recibe el señor el alma de tu siervo Francisco...'. Así continuamente. Al final le dijimos: 'El señor va a tener que esperar porque está con 13/8 de tensión y 70 pulsaciones'.

-Y de ahí hasta la agonía final.

-Al principio, éramos tres cardiólogos los que hacíamos turnos de ocho horas con el generalísimo, pero hubo un momento en que no bastaba. El equipo fue aumentándose progresivamente. A partir del postoperatorio le dijimos a la familia que no podía seguir en El Pardo, debía estar en La Paz. Ellos preferían que muriese en El Pardo.

-¿Cuándo se mentalizaron de que era el final?

-Desde el infarto de octubre. Pese a todo, él se empeñó en ir al Consejo de Ministros al cabo de dos días y asistió conectado a un monitor que controlábamos a cierta distancia. Veíamos los latidos del corazón y aquello se movía bastante. Los ministros no sabían nada; sólo Arias Navarro.

-¿Cómo recuerda aquel mes?

-Fue muy tenso. Además, no querían que trascendiese. Yo seguí pasando consulta todos los días en La Paz, por eso pedí el turno de noche.

-En esas guardias, ¿conversaban?

-Estaba en la habitación de al lado (que llamaban 'la Perona' porque era donde había dormido Isabelita Perón). Él estaba siempre con los ojos cerrados o durmiendo. Si le preguntabas algo, tardaba mucho en elaborar la respuesta, pero era muy sensato lo que decía.

En Lambretta al Pardo

-O sea que tenía pequeños momentos de consciencia.

-En una ocasión, me llamaron por un episodio de parálisis intestinal y diagnostiqué que podía haber sido motivado por la medicación para el Parkinson. Llamé al doctor Obrador porque era quien se la había dado. Cuando entró a la habitación y vio a Franco inmóvil, con los ojos cerrados, dijo: 'Sois unos cabrones. Tenéis a este tío aquí en coma y nos estáis haciendo creer a todos los españoles que no pasa nada'. Entonces yo le di en el hombro a Franco y le dije: 'Excelencia, dígale a don Sixto cómo pasó la noche'. Él abrió los ojos y Sixto quedó pasmado.

-¿Cenaba allí?

-A veces. En una ocasión en que había hecho el último turno de tarde me despedí diciéndole: 'Excelencia, me voy a cenar a mi casa'. Y él me dijo: 'Ah, cenará mejor que aquí'. Allí las cenas eran muy protocolarias, una mesa con tu nombre en tu sitio, pero luego unas acelgas rehogadas, una pescadilla mordiéndose la cola y un plátano. Eso sí, siempre servido por un mayordomo.

-El embalsamador dice que Franco murió en realidad el día 19.

-El que estaba ahí cuando murió era yo. Estaba solo. Se había decidido que fuera yo quien me quedara en la habitación aquella noche. Franco estaba con respiración artificial y un goteo de suero con adrenalina para mantenerle la tensión. A las dos o dos y pico de la mañana vi en el eletrocardiógrafo que acababa de fallecer. Estaba solo ante él. Llamé a la ATS de guardia y le dije que avisasen a la anestesista y al doctor Martínez Bordiú, que dormía en el propio hospital. En esos dos o tres minutos que tardaron en venir le hice un masaje cardiaco, aunque ya había fallecido. Todo eso que se dijo de que llevaba días muerto, e incluso congelado, era totalmente falso. Franco murió el 20 de noviembre a las dos o dos y pico de la mañana tras dos o tres días en el que se mantuvo su vida artificialmente.

-¿Cómo se percató?

-Sabíamos que era cuestión de horas. Simplemente, lo vi mirando el electrocardiógrafo.

-¿Por qué se dijo entonces que falleció a las 5.25 horas?

-Creo que eso obedeció a una cuestión de seguridad nacional por los protocolos a realizar ante la muerte del jefe del Estado.

-Al final, ¿cuántos años le trató?

-Desde 1958 comencé a asistir al Pardo ante las llamadas de doña Carmen, que tenía el corazón mucho peor que Franco. En una de las primeras citas, llegué al Pardo en una Lambretta con el electrocardiógrafo. Los vigilantes estaban avisados. ¿Vital Aza? Pase.

-Hubo también un episodio de caza en el que a Franco le explotó una escopeta. ¿Estaba usted ahí?

-No. Estaba disparando y le explotó en la mano. Tuvo varias fracturas en los dedos, pero no más.

-¿Cómo era en el plano personal?

-No traté con él muchas veces; solo unas cuantas. Hablaba poquísimo. Él era un enfermo dócil, salvo aquel episodio en el que tuve que zarandearle cuando el infarto.

-¿Y Carmen Polo?

-Pues era una mujer muy afable que por las mañanas se dedicaba a cambiar las flores secas de los jarrones, que rezaba tres rosarios diarios con el generalísimo y con el que se reunía a última hora de la tarde para ver una película con un proyector. En una ocasión asistí a una de vaqueros.

-Curiosas intimidades...

-También tenía un criado, antiguo legionario, que le cantaba por las mañanas la marcha de la Legión, en su última época, para que echara a andar.

-Tiene para escribir un libro.

-Otros lo han hecho pese a que los médicos nos juramentamos. Una vez, estando en Somió, me llamó Bordiú para que fuera al Pazo de Meirás. Yo acababa de quitarme una escayola por una lesión en una pierna y avisé a otro doctor, amigo mío, para que condujera mi '600'. Llegamos y estaban en el jardín comiendo unas andaricas. Al cabo de un rato, vino la guardia a decir: «Su excelencia quiere salir y hay un '600' en la puerta que impide el paso».

«Cualquier día nos encarcelan»

-Tras el 20-N, ¿mantuvo el contacto con la familia Franco?

-Mantuve el contacto con Martínez Bordiú e incluso acabé tratándole como médico. También seguí tratando a la familia. Un día, al poco de morirse el generalísimo, me mandaron una caja con unas botellas de Fundador «especialmente embotelladas para su excelencia el jefe del Estado».

-Son testimonios históricos.

-Al celebrarse los aniversarios, nos llamaron a todos más de una vez para alguna entrevista en televisión. Yo telefoneaba a Carmen para preguntarle y ella me decía: 'Con tal de que no le critiquéis...'. Vivimos una etapa realmente emocionante, éramos todos conscientes de estar viviendo unos momentos de gran trascendencia para España.

-¿Trató con el Rey en aquellos meses finales de Franco?

-Una vez coincidimos en La Paz y me dijo textualmente: 'Jo, este tío, ¡cómo aguanta!'. En una ocasión en aquellas fechas le avisamos a Franco de que entraba a la habitación a verle su familia. Y él dijo: 'Mi única familia es el Príncipe de España', queriendo resaltar la importancia del heredero.

-Viajemos al presente. ¿Cómo se ve el franquismo casi 40 años después?

-Los médicos de La Paz seguimos teniendo comidas anuales. En la última, la anestesista que me acompañaba la noche que murió Franco me dijo: 'Oye Vital, tal como están las cosas, cualquier día nos meten en la cárcel por haber tratado a Franco'.

-Y usted, ¿qué opina?

-He vivido en el franquismo desde niño y creo haber tenido una vida tranquila. No me parece que haya tenido falta de libertad en nada, no sé si es que actuábamos como si estuviésemos drogados. Pero me sorprende mucho en la situación actual exaltaciones que no sé a qué vienen.

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