El Papa traza las líneas de su revolución

«No debemos ser presuntuosos para imponer nuestra verdad», dijo en Río en un discurso comprometido

ÍÑIGO DOMÍNGUEZRÍO DE JANEIRO.
La playa de Copacabana se abarrotó por completo de jóvenes para participar con el Papa Francisco en una vigilia de oración. ::
                             REUTERS/
La playa de Copacabana se abarrotó por completo de jóvenes para participar con el Papa Francisco en una vigilia de oración. :: REUTERS

El Papa lanzó ayer en Río de Janeiro un auténtico programa de revolución de la Iglesia, la exposición más minuciosa y extensa de sus ideas desde que fue elegido hace cuatro meses. Es un cuadro que ya ha ido delineando, pero ha querido que Río, la Iglesia de Brasil, el modelo social aplicado en los últimos años en Latinoamérica, donde vive la mitad de los fieles del planeta, sea el trampolín de la fe en el mundo. Ayer fue el día central del viaje, el más denso de discursos, y proclamó una «pastoral de la periferia», una «cultura del encuentro», para que la Iglesia sea «instrumento de reconciliación», sobre todo con los que se han alejado. Francisco eligió la comida con los obispos brasileños para lanzar su manifiesto y habló en español «para expresar mejor lo que llevo en el corazón». Avisó de que no era un «discurso formal» y fue el más largo de su pontificado, cinco folios, cuando nunca pasan de dos. Desplegó un análisis impregnado de profunda autocrítica que en un Papa no se ha oído en décadas: «Debemos estar casi obsesionados con una cultura del encuentro, no queremos ser presuntuosos imponiendo 'nuestra verdad', lo que nos guía es la certeza humilde y feliz de quien ha sido encontrado la Verdad que es Cristo».

La prioridad para Francisco es el abrazo. «Sin la misericordia poco se puede hacer hoy para insertarse en un mundo de heridos, que necesitan comprensión, perdón y amor», aconsejó. Pronunció las palabras más contundentes al reflexionar sobre cómo recuperar a quien se ha alejado de la fe: «Tal vez la Iglesia se ha mostrado demasiado débil, demasiado lejana de sus necesidades, demasiado pobre para responder a sus inquietudes, demasiado fría para con ellos, demasiado autorreferencial, prisionera de su propio lenguaje rígido, tal vez el mundo parece haber convertido a la Iglesia en una reliquia del pasado, insuficiente para las nuevas cuestiones, quizás la Iglesia tenía respuestas para la infancia del hombre, pero no para su edad adulta. ¿Qué hacer?».

Plantear la cuestión en estos términos, sin echar la culpa a factores externos, es una novedad radical, equiparable a la 'primavera' del Concilio Vaticano II en los sesenta. Benedicto XVI, por ejemplo, también llamaba a un diálogo con la sociedad laica, pero desde una posición inamovible y con la convicción de que las razones de la Iglesia eran impepinables y sostenidas por la evidencia, tanto lógica como natural.

Para responder a su pregunta, qué hacer, Bergoglió aludió a los dos discípulos de Emaús que se alejan de Jerusalén en la oscuridad, decepcionados tras la muerte de Jesús: «Necesitamos una Iglesia capaz de entrar en su noche, capaz de entrar en su conversación. Hoy hace falta una Iglesia que se dé cuenta de que las razones por las que hay quien se aleja contienen ya en sí mismas también los motivos para un posible retorno, pero es necesario leer el todo con valentía». Usando la imagen del icono de la Virgen de Aparecida, hallado a trozos por pescadores, interpretó que «Dios nos da un mensaje de reunión de lo que está dividido». Para ahuyentar el temor a los cambios insistió en que «Dios llega en un modo nuevo, siempre puede reinventarse» y dijo sin rodeos que la Iglesia se halla ante «un nuevo momento»: «No es una época de cambios, sino un cambio de época». Francisco está agitando la Iglesia y no hay vuelta atrás. A 10.000 kilómetros, en Roma, es un mensaje claro para la Curia: las reformas y la limpieza son imparables.

La Iglesia, para Francisco, debe dejarse por el momento de reñir y marcar dogmas, de establecer sus reglas de acceso. En cuatro meses aún no ha entrado en los frentes de choque con la sociedad laica, como los anticonceptivos, las relaciones sexuales, la homosexualidad, el divorcio, el aborto o la eutanasia. Tampoco lo ha hecho en esta Jornada Mundial de la Juventud (JMJ), donde eran guión fijo de Juan Pablo II y Benedicto XVI. Para el Papa argentino la clave en este momento es limitarse al contagio arrebatador del ejemplo, lo que requiere autenticidad, y quizá piensa que lo demás vendrá por sí solo. De ahí su insistencia en la coherencia y el retorno a la simplicidad del Evangelio, en dejar los coches caros y volcarse en los pobres, en limpiar los vicios de la Curia y el IOR, el banco vaticano, en despojarse de todo lo que resta credibilidad.

Ayer repitió: «La Iglesia no puede alejarse de la sencillez, de lo contrario olvida el lenguaje del misterio, y no solo se queda fuera, a las puertas del misterio, sino que ni siquiera consigue entrar en los demás (...) A veces perdemos a quienes no nos entienden porque hemos olvidado la sencillez». El horroroso Via Crucis con numeritos musicales que le montaron la víspera en Copacabana pudo ser un buen ejemplo y su cara era un poema.

El Papa considera que «sólo la belleza de Dios puede atraer» y el resultado del trabajo de obispos, curas y monjas «no se basa en la riqueza de los recursos, sino en la creatividad del amor». Llamó la atención sobre la importancia de la lentitud, de la paciencia, de escuchar, en un mundo basado en «los dogmas de la eficiencia y el pragmatismo» y que ofrece «internet veloz, coches y aviones rápidos, relaciones inmediatas».

De forma más concreta, dio varias recetas a la Iglesia de Brasil, la más grande del mundo y un universo a escala de la mundial. De entrada le reconoció que «ha aplicado con originalidad» el Concilio Vaticano II, un espaldarazo a la línea progresista de los obispos de este país, pese a «algunas enfermedades infantiles» que ya ha superado. Tal vez sea su primera referencia de pasada a la Teología de la Liberación. Apostó por una formación de calidad de los curas con «solidez humana, cultural, afectiva y espiritual» y dijo que «no es suficiente una burocracia central, hay que hacer crecer la colegialidad y la solidaridad». «No basta un líder nacional, sino una red de testimonios que aseguren no la unanimidad, sino la verdadera unidad», aconsejó.

Esto es otra revolución para el gobierno jerárquico de la Iglesia y habrá que ver cómo se traduce en Roma. También recomendó «promover la participación activa de las mujeres» y reivindicó la defensa de la Amazonia «para no explotarla salvajemente». Es un programa monumental que ahora el Vaticano y la Iglesia de cada país debe digerir. No solo habrá dificultades, también resistencia.

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