Música entre divina y profana

Héctor Braga ofrece un extraordinario concierto de música sacra en Lorient

ALBERTO PIQUERO
Héctor Braga en la iglesia de San Luis. ::
                             ALEJO FERNÁNDEZ PÉREZ/
Héctor Braga en la iglesia de San Luis. :: ALEJO FERNÁNDEZ PÉREZ

Profesor de violonchelo y etnomusicología por los Conservatorios de Oviedo y Salamanca, el multiinstrumentista Héctor Braga (La Felguera, Langreo, 1980) ofreció un extraordinario recital de música sacra en la iglesia de San Luis, de Lorient -dentro del programa del Festival Intercéltico-, cuya bóveda recuerda la del Panteón romano y refleja una sonoridad diáfana. Le acompañaron Valentín Benavente, en la gaita y la percusión; Nel Sánchez, con el acordeón diatónico, y Arsenio Ruiz, a la batería, de composición sencilla, tambor, caja, bombo y dos platos.

El repertorio se estructuró en seis apartados, que incluyeron la música histórica, comenzando por 'Soy de Langreo', a la que siguió una evocación de las marchas militares tradicionales puestas en pie de guerra contra la invasión napoleónica y 'Carromateros', polca y saltón que respira la vida en libertad; música sacra específica, como 'Kyrie y procesión'; cantos de juglares, así el 'Romance de don Bueso', también conocido como el de la cristiana cautiva; música étnica, ejemplificada por vaqueiras, jotas y 'Soy pastor'; música de la emigración, como la 'Texedora de bayu', ' La fonda de Lola' o el cantar de 'La infiel', y un epílogo vibrante que inició con 'Carretera de Avilés' y concluyó en 'La arrancadera', un hilvanado de temas festivos para despedirse, pese a la resistencia de la feligresía a que se acabara la comunión del pentagrama. Aguardaba su turno para la segunda mitad de la sesión, Caarjyn Cooldjagh, de la Isla de Man, pues el atlas céltico ocupa anchos meridianos y paralelos, y la cortesía asturiana, aparte de connatural, era obligada.

Pudo escucharse divinamente el ofertorio de Héctor Braga, por así decir, como un concierto de inspiración religiosa, sin que ello excluyera su raigambre profana y cotidiana, que incluso permitió la danza de dos parejas ante el altar venerable -revestido con la bandera de Asturias- al compás de las castañuelas.

Y también hubo una vertiente didáctica, explicando de palabra y obra los sones del Occidente asturiano o las características de la danza más popular para bailar en pareja, la jota. Pero quedándonos simplemente en el apartado musical sin apellidos específicos, Héctor Braga deleitó mediante un dominio magistral de la gaita, combinándola con la voz y recuperando así registros semi-olvidados desde el gaitero de Libardón, la zanfona -capaz de expresar en sus manos las líneas melódicas más sutiles- y el harpa, siempre delicadísima, salpicando de plata cada una de las piezas en las que adquirió relieve protagonista.

Mención aparte merece su cuerda vocal, en las alturas y los quiebros de un tenor, ya fuera en las asturianadas, el alma devota que incorpora 'La soberana' -espiritual o de profunda belleza artística, según las audiciones- o en la habanera nostálgica 'La fonda de Lola', de verdadero respingo. Dicho queda, divino y profano, Héctor Braga llenó la iglesia de San Luis de armonías que destilaron incienso y sensibilidad musical exquisita. Emocionante y aplaudidísimo.

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