Paella con historia

El asturiano Luis Argeo y James Fernández rescatan para el cine la apasionante vida de Dan Albert, hijo de emigrantes españoles en Estados Unidos

M. F. ANTUÑA
Dan Albert acude a un mercado de Monterey para comprar los ingredientes de su paella./
Dan Albert acude a un mercado de Monterey para comprar los ingredientes de su paella.

Es un viaje a través de la apasionante vida de Dan Albert, el hijo de dos emigrantes españoles que a principios del siglo XX y siendo unos críos navegaron primero a Hawai y luego a California para hacer las Américas. 'La paella de Dan Albert', un mediometraje documental de 35 minutos que ya se estrenó en junio en Monterey y que ha sido proyectado en varios festivales (en Eslovenia y España), llega el viernes al Centro Español de Nueva York. El asturiano Luis Argeo y James D. Fernández, neyorquino de Brooklyn, firman esta obra que se inscribe dentro de un proyecto conjunto para recuperar la memoria de los españoles emigrados a Estados Unidos bautizado como 'Ni frailes ni conquistadores: Spanish Immigrants in the United States, 1868-1939'.

La historia de Dan no tiene desperdicio de principio a fin. Cuenta más de ochenta años este tipo simpaticón que confiesa a cámara que su plato favorito es la paella, empleada como excusa para rememorar la historia de sus padres y la suya propia. Alcalde de Monterey durante veinte años, fue profesor de secundaria y entrenador del equipo de fútbol americano de la high school -en sus equipos llegaron a competir nueve jugadores que acabaron en la Liga nacional y tres incluso se batieron el cobre en la Super Bowl-.

Casado y padre de cuatro hijos, elabora a cámara la paella con la receta que le legaron sus padres, Caridad Navarro Berenguer y Emilio Albert Verdú. Ambos alicantinos y de pueblos muy próximos, se casaron en San Francisco años después de emprender una travesía en barco de cincuenta días huyendo de la pobreza en España. Ella, la madre, rebautizada Carrie Albert, narró su vida a un historiador local allá por los ochenta. Una vida marcada por la incorporación de Hawai al territorio estadounidense y la necesidad de contar con trabajadores en las plantaciones de caña de azúcar y piña de las islas.

En 1906 se puso en marcha una campaña de reclutamiento de familias campesinas y entre el año siguiente y 1913 partieron desde España siete barcos con ocho mil hombres, mujeres y niños. Allí estaban Emilio, once años, y Caridad, ocho. Carrie recordaba ya instalada en Estados Unidos que no había ni comida ni leña para cocinar en aquella España paupérrima y que fueron felices en Hawai, pese a lo cual, en 1917 su familia emigró de nuevo rumbo a San Francisco. «Los españoles no querían que sus hijas se casaran con gente de otra raza». Esa era la razón.

Ella cumplió con lo esperado y se desposó con un español con una vida paralela a la suya. Emilio abrió con su hermano un taller de pintura de coches y Caridad trabajó como empacadora de sardinas en la conservera San Xavier. Tuvieron cuatro hijos, el tercero de los cuales llegó a alcalde. Es él quien rememora un día histórico en la vida de sus padres, que conserva en la memoria pese a que apenas tenía diez años. En 1940 la pareja adquirió la nacionalidad americana y el protocolo exigía un intercambio de banderas. Ellos recibirían una española que habrían de intercambiar por la de barras y estrellas. La Caridad que ya era Carrie no estaba por la labor de ver águilas en la enseña y se afanó

la víspera en coser tres telas: una roja, otra amarilla y una tercera de color morado. De esa forma se convirtió en ciudadana estadounidense y, años después, tendría oportunidad de charlar con el Rey de España. Su hijo era alcalde y amigo de otro alcalde, el mismísimo Clint Eastwood, que lo era de la vecina localidad de Carmel. Corría el año 1987, el monarca acudía para rebautizar una estatua dedicada a Gaspar de Portallá, y Albert propició el encuentro de la republicana y el rey.

Carrie está muy presente en la cena a base de paella organizada para la ocasión en casa de su hijo para recordar a esos emigrantes españoles que les dejaron en herencia a sus hijos mucho más que un buen sofrito con el que cocinar el arroz. Ante sus hijos y los de otros emigrantes españoles, Dan Albert propone un brindis: «Por nuestros padres. Por su trabajo, por sus sacrificios. Por su capacidad de no mirar hacia atrás. Y, sobre todo, por los valores que nos han legado».

La historia de Dan y sus padres de Alicante ya no caerá en el olvido e incluso recorre el mundo en formato mediometraje. Hay otras todavía sin rescatar que acabarán formando parte del proyecto de Luis Argeo y James D. Fernández.