Aguas revueltas en Zeluán

Las restricciones que origina la declaración de monumento natural son motivo de constantes fricciones entre ecologistas y vecinos

ALBERTO SANTOSAVILÉS.

En San Balandrán y en la Ensenada de Llodero parece que los únicos que viven tranquilos son los pájaros. A escasos metros del remanso de paz que encuentran en sus agotadoras migraciones, los corrillos en los bares del entorno de Zeluán debaten sobre la suerte de los vecinos y la de quienes defienden a las aves a capa y espada: los ecologistas. Un problema de convivencia que lleva décadas enquistado, pero que se ha instalado definitivamente en la rutina de unos y otros desde que se declaró el 'Monumento natural de la charca de Zeluán y Ensenada de Llodero'. Ahí comenzó una guerra dialéctica y de intereses a la que la Ley de Costas 'invitó' también a pescadores -muchos de ellos furtivos- y cazadores, que vieron restringido su ámbito de actuación en el litoral más próximo a la ría.

El episodio denunciado el pasado jueves por el Grupo de Ornitología Mavea, tras la aparición de un cormorán ahorcado en el observatorio de San Balandrán, evidencia -aún sin tener datos de las causas de la muerte del ave y de los responsables- un clima de tensión que enturbia la convivencia en el enclave natural de la margen derecha de la ría.

El origen de las tensiones se remonta a casi cinco décadas, cuando la antigua empresa Endasa -ahora Alcoa- rellenó los terrenos anexos al poblado de Zeluán, algunos utilizados desde entonces por los vecinos como zona de cultivo. De esa forma se creó una charca artificial, que algunos afectados intentaron secar mediante una zanja que se convirtió, en contra de sus previsiones, en canal de entrada de agua salada, lo que potenció la charca como zona de protección de aves migratorias única en Asturias. Los vecinos consideran que es un foco de residuos e insalubridad, sobre todo en verano al llenarse de mosquitos. Los ecologistas, en cambio, recuerdan su compromiso con la limpieza, hasta el punto de haber logrado la instalación de contenedores.

Las denuncias del pasado verano sobre el uso del playón de San Balandrán, zona protegida, como lugar de ocio y baño por usuarios también han suscitado críticas entre algunos vecinos, hartos de que se les limite el uso y disfrute del arenal próximo a sus viviendas y de que, según sus denuncias, «los ecologistas digan que pisamos la playa con nuestros perros, cuando son ellos los que hacen lo que denuncian».

Pero los ecologistas tienen otro enemigo: los pescadores furtivos. No les han sentado nada bien las denuncias de Mavea, hasta el punto de aportar, por ejemplo, imágenes y datos concretos de barcos que utilizan la curva de Pachico como cetárea ilegal (dejan sus nasas con centollos y andaricas, que 'engordan' en aguas de dudosa salubridad, sostienen los ecologistas), así como de la pesca ilegal de percebes o angulas.

En este debate, el vecindario de Zeluán está dividido. «Hay de todo, a favor y en contra de los ecologistas, es un tema delicado», aseguró ayer César Fernández, presidente de la Asociación de Vecinos Enlaze, quien, «a título particular», añadió que «lo del cormorán ahorcado es una salvajada» y que «prefiero monumentos protegidos a industrias que contaminen».

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