Un siglo entre dulces y carbayones

La confitería Camilo de Blas cumple 100 años, un negocio que ha sabido actualizarse sin perder la tradiciónEl artífice del tradicional pastel ovetense llegó desde León junto a su mujer y comenzó con un antiguo colmado

CAROLINA GARCÍAOVIEDO.
Un siglo entre dulces y carbayones

Dentro de los muros del número 7 de la calle Jovellanos pocas cosas han sufrido el paso del tiempo. Hace ahora cien años que el bisabuelo de José Juan de Blas, viajó con su hijo, Camilo y su mujer, desde León a Oviedo. Dejaba en manos del joven matrimonio la responsabilidad de crear una confitería, similar a la que funcionaba por aquella época en la capital leonesa. Camilo, abuelo del actual propietario José Juan de Blas, desconocía el negocio. Pero dio con la fórmula del éxito que hoy en día mantiene, en pleno corazón de Oviedo, un negocio ya centenario. A él achaca su biznieto todo lo que es y significa Camilo de Blas.

El camino no fue fácil. Menos aún en época de posguerra. Fue entonces cuando su abuelo tuvo claro que quería ofrecer un producto de calidad y no ser ambicioso. Además de confitería -reservaba una pequeña sala donde el cliente podía tomar café o té-, se podían encontrar productos de ultramar, «era un colmado, un ultramarinos fino», cuenta José Juan. En aquella época los productos escaseaban. «Era complicado conseguir buenos ingredientes para hacer los pasteles y los jueves era el único día que vendíamos». Recuerda una anécdota que le contaba su padre, cuando un vendedor entró al local y ofreció margarina, entonces «bastó una mirada de mi abuelo para que lo entendiera». Desde ese día quedó claro que en Camilo de Blas solo se utiliza mantequilla.

Además de mantener esa mentalidad de apostar por la calidad, los productos de primera necesidad como la leche o el aceite «se vendían a un precio normal, nunca para aprovecharse». Junto a ese buen hacer hay mucho trabajo: «En el obrador y en el mostrador tanto mis tías como el personal dedicaron muchas horas», cuenta orgulloso. Él también sabe lo que es el trabajar duro. Cuando parecía que su hermano, afincado en la actualidad en Cataluña, iba a coger las riendas del negocio (había estudiado Económicas), el destino puso a Juan José al frente de la confitería. Era algo impensable incluso para él mismo, ya que solo la visitaba puntualmente, cuando sus estudios le permitían regresar a Asturias. Pero le enganchó.

Fue su padre quien le inculcó la necesidad de conocer desde abajo el negocio para poder coger las riendas. En el obrador estuvo durante 18 años hasta que su padre le animó a subir a la tienda. Desde entonces la esencia de Camilo de Blas continúa siendo la misma. «Procuro no hacer cambios importantes». Y ahí reside otro de los aciertos.

Objetos valiosos

La tienda de Jovellanos, la primera en Oviedo (hoy ya suman otras dos en la capital), muestra muchos detalles del siglo pasado. Las estanterías donde guardan los productos datan de aquella época. Y mantiene muchos objetos valiosos, no solo por su belleza, sino más aún por sus recuerdos. La máquina registradora, una caja fuerte, un sacapuntas de hace décadas. Todo está a la vista de los clientes. Que no son pocos. Los hay que llegan a la confitería para probar los carbayones (invención de su abuelo), de los que ya hay helado, y lo que no se resisten a pararse para contemplar cada recodo. «Para mí es un orgullo entrar en la tienda y ver lo que se ha hecho».

No está solo. En un lugar privilegiado de la confitería cuelgan los retratos de tres generaciones: bisabuelo, abuelo y padre. Así, juntos, han llegado a los 100 años.