El arbolón que dio nombre a un barrio

Se cumplen cuatro décadas de la tala del gran olmo que llegó a ser mascarón de proa del lugar

POR BORJA PINOAVILÉS.
El arbolón que dio nombre a un barrio

Basta con adentrarse unos pocos kilómetros en el territorio asturiano a través de cualquiera de sus fronteras para percatarse, a primer golpe de vista, de la íntima relación de esta región y la Naturaleza. Los mares, los ríos, las montañas y, muy especialmente, los bosques son un elemento esencial que conforman la personalidad de esta tierra que, pese a la imparable evolución de la civilización y del progreso tecnológico, no ha permitido que ese vínculo se quiebre. La ciudad de Avilés tampoco ha rechazado esa filosofía, aunque el expansionismo industrial y urbano haya transformado algunas de sus otrora 'zonas verdes' en áreas edificadas. Muchas de la zonas de la actual urbe, como El Carbayedo o Bustiello, acogieron en otros tiempos amplias extensiones vegetales. Sin embargo, si existe un barrio que a día de hoy se ha convertido por sí mismo en símbolo de esa relación es El Arbolón, cuyo nombre proviene del que fue durante décadas el árbol más llamativo de la ciudad: un colosal olmo de casi treinta metros de altura, que hace ahora cuarenta años fue talado tras los daños que su tronco sufrió como consecuencia de un temporal invernal.

Ya nadie recuerda cuándo comenzaron a aferrarse a la tierra las raíces de esta planta, a la que muchos de quienes presenciaron su final atribuyen una edad centenaria en el momento de su fin. Y, de todos modos, poco importa en qué momento se inició su vida. En el espacio de tiempo que abarca la memoria de todos aquellos que llegaron a verlo con sus propios ojos, erguido y majestuoso en el cruce de las calles Gutiérrez Herrero, Llano Ponte y de la avenida Gijón, ese olmo aún figura como uno de los testigos más longevos de la historia reciente de Avilés. Los efectos devastadores de la Guerra Civil, el advenimiento de la dictadura franquista, el progreso económico experimentado a partir de la década de los 50... Esos y muchos otros acontecimientos destacables tuvieron por espectador pasivo e imperturbable, aunque siempre presente, al gigantesco árbol.

Con su dilatada existencia a cuestas, el olmo presenció desde la primera fila cómo poco a poco, año a año, se alzaba a su alrededor el barrio que llegaría a tomar su extraordinario tamaño como inspiración para su nombre: El Arbolón. Desde las primeras casas humildes y negocios artesanos, a los grandes bloques de viviendas y comercios de gran entidad, el crecimiento de la zona orbitó en torno al grueso tronco, auténtico corazón natural del lugar. Y, cómo no, el árbol no tardó en convertirse en una referencia para los habitantes del lugar, independientemente de su origen, edad o condición. «Justo delante estaba el fielato en el que los comerciantes declaraban sus mercancías, y cuando echó el cierre se convirtió en un kiosco en el que vendían cromos y golosinas», evoca Pedro Barros Soberón, quien, a sus casi sesenta años, aún tiene grabada a fuego en su mente la imagen «de los rapacinos jugando alrededor del tronco a la maza, al escondite... De todo menos al fútbol, porque no había sitio de lo exageradamente grande que era».

También historias menos lúdicas, pero igualmente emotivas, tuvieron por escenario la base del árbol. Al caer la noche, parejas de enamorados se desplazaban al lugar, lejos de miradas indiscretas, y no tardaron en aparecer en la madera, grabados a navaja, mensajes de amor juvenil, entre los nombres de las peñas de amigos y las caricaturas. «Era nuestro árbol, el de todos nosotros. Sentíamos algo muy especial por aquel trozo de madera».

Apuntalado y moribundo

Pero el paso del tiempo causa estragos en todos los seres vivos, y el simbólico olmo de El Arbolón, pese al cariño que suscitaba entre quienes convivían a diario con él, no fue una excepción. El lento transcurrir de los años fue pudriendo su tronco, deshojando sus ramas y transformando aquel magnífico monumento natural en un foco de preocupación para los vecinos. «Al final ya tuvieron que apuntalarlo de lo débil que estaba. Días antes de que llegase su fin, cayó una rama considerable, que podría haber matado a alguien», explica Barros.

Así es como lo recuerda Nelly Fernández Arias, actual presidenta de la Asamblea Local de Cruz Roja, que en 1965, momento de su llegada al barrio, contaba 33 años. «Por aquel entonces ya estaba muy mal, muy seco, y parecía a punto de caerse en cualquier momento», rememora, mientras vuelve a ver en su mente a los mayores del barrio prohibiendo a los niños que se acercasen a aquel tronco moribundo. «Los padres no les dejaban jugar cerca por la cantidad de astillas que se desprendían. Es verdad que hubo gente sensible que pidió conservarlo, pero la mayoría éramos conscientes de que aquello no podía durar».

Los vaticinios de Fernández y de tantos otros se cumplieron una tormentosa noche de finales de 1974, en pleno ciclo de vendavales marinos. «Tuvimos una semana de grandes vientos», reconoce Barros. «Una mañana me levanté, salí a la calle de camino al trabajo y me lo encontré tirado en el suelo, partido en dos». Desde ese momento, y hasta la fecha, ha sido prácticamente imposible alcanzar un consenso acerca de qué o quién tumbó aquella mole vegetal. Algunos achacan su muerte a los efectos de un rayo que impactó en una de sus ramas; otros, como el propio Barros, creen que fueron las violentas rachas de viento las que terminaron por hacer caer al arbolón. Sea como fuere, lo que sí es cierto es que, a pesar de los ruegos de algunos nostálgicos, el Ayuntamiento tomó la decisión de retirar el olmo del lugar. «Hubo vecinos que se congregaron en torno a los operarios públicos y no pudieron reprimir las lágrimas», asegura Barros, uno de los muchos que se reunieron allí para decir adiós al que durante tantas décadas fuese su compañero de aventuras inerte. «A todos nos dio pena, pero era lo único que se podía hacer».

Cuarenta años después de esa despedida, poco queda ya en ese cruce, hoy urbanizado, del que fuera el árbol que llegó a dar nombre a todo un barrio. Sólo la nostalgia del sonido de sus hojas mecidas por el viento, perdido para siempre entre las brumas del tiempo.