Arbedales, aniversario sin fiesta

La Gruta de Pillarno sigue siendo la gran olvidada en su cincuenta cumpleaños

C. DEL RÍOAVILÉS.
Alberto del Busto, propietario y guía en la Gruta de Arbedales. ::                             MARIETA/
Alberto del Busto, propietario y guía en la Gruta de Arbedales. :: MARIETA

Nada ha alterado la discreta existencia de La Gruta de Arbedales en su escondite de Pillarno durante su cincuenta aniversario. Las caprichosas formas escondidas en el interior de una ladera que en nada se diferencia de las de su alrededor son historia natural, páginas de un libro de geología con estalactitas y estalagmitas en lugar de letras. Pero el cumpleaños de tan atípica formación en el concejo de Castrillón, de cuyo descubrimiento se cumplieron 50 años el pasado 10 de diciembre, transcurre sin pena ni gloria, sumida en la misma ignorancia que le han venido prodigando los estamentos oficiales.

La falta de señales en la carretera fuera de Pillarno o el vacío informativo de la propia página web oficial del concejo (www.castrillonturismo.es), en la que tan sólo es mencionada de pasada para referirse a la vecina Cueva del Hueso, son sólo dos muestras de una indolencia que suma tantos años como la cueva.

Su propietario, Alberto del Busto, hijo de Manuel, el descubridor de la misma, lo asume con resignación e impotencia, mientras se prepara para la segunda época fuerte del año junto con la Semana Santa, el verano o, más en concreto, veinte días de agosto.

Desde la explanada en la que hace un siglo se encontraba la cantera de su padre y que fue clausurada tras el descubrimiento de la formación geológica, se accede al interior de un gruta formada hace entre 359 y 2,5 millones de años, durante el periodo geológico Devónico, de la era Paleozoica. 600 metros cuadrados, con una temperatura constante de 14º y una humedad del 98%.

La galería de entrada va dando pistas de lo que espera en un interior en el que cada elemento de la naturaleza cumple su función. El agua, como vehículo conductor, ayuda a esculpir las estalactitas y a pulir contornos en continuo proceso de transformación. La pureza del carbonato cálcico aporta brillo y realza simples contornos de roca caliza domados por la acción de millones de años. Hasta llegar a la sala ocupada por un lago y en la que ahora se agrupan algunas de las formaciones más curiosas de Arbedales.

La verde alfombra central son 'gours' o pequeños tabiques o terrazas que delatan un leve desnivel del terreno sobre el que cuelgan unas 'banderas' traslúcidas, 'La Cascada de Algas', de las que sólo se descubre su juego de tonalidades y ondulaciones al rodear la sala de catorce metros. Los visitantes catalanes, la mayoría en esta cavidad, le ven cierto aire gaudiniano. A su alrededor, huellas de derrumbes ya solidificados y grupos por los que guía la linterna de Alberto del Busto como unos pequeños Reyes Magos o 'La Pagoda del Diablo', una masa informe de aire maligno y cuyo nombre, como los otros, ha sido acuñado por los primeros visitantes.

Es el juego de las grutas. Una búsqueda infinita de parecidos o semejanzas que atrapa hasta a quien mejor las conoce, que reconoce descubrir algo nuevo «cada vez que entro aquí». Procura, sin embargo, hacerlo las veces necesarias para el buen mantenimiento de la iluminación, porque asegura que «entrar aquí solo da un poco de respeto» y eso a pesar de que conoce a la perfección a los habitantes de esta cavidad que, como las formaciones, parecen llevar aquí muchos años. Un murciélago, arañas y el caracol de Quimper, una especie protegida, con los laterales de su concha planos y que toma su nombre de la región francesa donde más se dan junto con toda la Cornisa Cantábrica.

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