«El nivel de los alumnos baja año tras año»

Tres exrectores trazan un diagnóstico crítico de la Universidad y acusan a los políticos «de no tener una idea clara»

A. VILLACORTAOVIEDO.
«El nivel de los alumnos baja año tras año»

Diagnóstico: desmotivación severa. Un desánimo que recorre todos y cada uno de los estamentos de la Universidad de Oviedo y contra el que no ayudan nada rankings como el publicado esta misma semana, que sitúa a la institución académica asturiana entre las menos eficientes del país y que «duele mucho». Ésa fue, según el resumen que hizo Pedro Sánchez Lazo, la radiografía que arrojó ayer la primera de las mesas redondas del ciclo denominado 'Espacio UNIverso', auspiciado por el aspirante al Rectorado y director del Departamento de Bioquímica y Biología Molecular en el Paraninfo bajo el título 'Presente y futuro de la Universidad de Oviedo'.

Una prueba de que la desmotivación se palpa es que, pese a que en el cartel del debate figuraban tres exrectores -Juan Vázquez, Juan López-Arranz y Alberto Marcos Vallaure-, la afluencia de público fue discreta.

El encargado de abrir fuego dialéctico fue Juan Vázquez, que habló de «una Universidad que está cambiando profundamente» y, frente a esa mutación, dijo, «no caben la atonía, las rutinas ni la quietud», sino que «se necesitan gentes, grupos, colectivos que se muevan, que motiven». Porque lo que se juega no es poco: «O las universidades son capaces de adaptarse o se verán desplazadas» en un futuro cercano.

Sobre ese «plan estratégico» que necesita la institución, apuntó a una serie de cambios ineludibles, agudizados por un proceso de Bolonia que «no era esto» y que, defendió, «hay que repensar». Se trata de «desterrar la burocracia, el papeleo, las rigideces» que «atenazan» al profesorado, porque el espíritu «era otro».

También abogó Vázquez por «racionalizar la oferta de titulaciones», que «ha crecido de un modo disparatado», y subrayó que, sin lugar a dudas, «hacen falta más recursos, rejuvenecer la plantilla», porque «con eso nos jugamos la esencia de la Universidad». Y todo ello, con «una situación económica que no se puede soportar»: «Las universidades se encuentran ahogadas».

«Nos guste o no, la competencia está abierta» y «cada vez hay más diferencia entre universidades de elite y universidades del montón», por lo que es necesario «diferenciarse», mientras que, aquí, «nos llenamos continuamente la boca con la palabra excelencia y la utilizamos con muy poco rigor».

«La Universidad de ahora no tiene vida», abundó López-Arranz, para quien, en los tiempos que corren, «ya son demasiados los que están pidiendo limosna», así que debería terminarse el «hacer de limosnero en actos académicos», sino que «donde hay que luchar y convencer es en otros sitios, en otros despachos».

«Sobran profesores»

Sobre las últimas estadísticas, aseveró que «pueden tener diferentes lecturas, pero, cuando se repiten, es que algo va mal». Algo o tantas cosas que Marcos Vallaure se declaró, de mano, «desalentado» tras haber comprobado cómo se pasó de los 3.000 estudiantes de 1962 a los 30.000 de mediados de los ochenta y cómo «se incorporaba un elevado número de profesores, muchas veces sin una selección rigurosa», y comenzaban a crecer como setas campus en muchas ciudades españolas.

«Ahora los estudiantes descienden, sobran profesores y el peso del ladrillo se ha hecho insoportable»; así que cargó contra «uno de los talones de Aquiles de la Universidad: el sistema de selección del profesorado, un concurso abierto en manos de una agencia opaca, burocrática y administrativa: ese ser monstruoso que es la ANECA».

«El sistema actual está generando un individualismo insoportable» entre los docentes, mientras que «se pretende aligerar el volumen de conocimiento que deben tener los estudiantes» en aras de las competencias y las habilidades y «extender a la Universidad la filosofía del no esfuerzo y la no autoridad». Conclusión: «El nivel de los alumnos baja año tras año» y la situación actual global, «impregnada de clientelismo», es «muy mala», mientras que «la clase política carece de una idea clara de lo que puede y debe esperar de la Universidad». Así que, «como sucede en algunas enfermedades terminales, queda rezar». Vicente Gotor estaba, ayer, «de viaje».