«No sé qué diría ahora Mafalda»

«Estoy muy emocionado y muy agradecido a España, a quien me siento muy unido por la sangre que me dieron mis padres» Joaquín Salvador Lavado Tejón, Quino. Premio Príncipe de Comunicación y Humanidades

PACHÉ MERAYO GIJÓN / BUENOS AIRES.
«No sé qué diría ahora Mafalda»

Hace años que se sabe en la recta final de los Premios Príncipe de Asturias, pero nunca le dio importancia hasta que la línea de meta quedó ayer definitivamente cruzada. Joaquín Salvador Lavado (Guaymallén, Argentina, 1932), Quino para el mundo entero, padre de la popular Mafalda, se hacía con el galardón de Comunicación y Humanidades, precisamente, por su lúcido personaje, una niña que el jurado, presidido por Víctor García de la Concha, describía como «inteligente, irónica, inconformista, contestataria y sensible». Una pequeña de seis años que «sueña con un mundo más digno, justo y respetuoso con los derechos humanos» y a la que Quino ya no quiere poner voz. Dejó de dibujarla hace ya 41 años y ayer no consiguió arrancarle un comentario sobre el Príncipe recién logrado. «No sé qué diría ahora», comentó bajo los muchos focos que ayer se reunieron en torno a él en la sede de Random House, su editorial en España y también en Buenos Aires.

Quino, del que siguen vigentes sus mensajes en sus miles de viñetas «por haber combinado con sabiduría la simplicidad en el trazo del dibujo con la profundidad de su pensamiento», motivo por el que también entra en el palmarés asturiano, sí tuvo palabras propias para agradecer el premio. Aseguró que le llegaba «con sorpresa», que no se lo esperaba y que «era un honor muy grande» del que se sentía «muy agradecido», sobre todo por su procedencia de España, «a la que me siento muy unido por la sangre que me dieron mis padres». Así lo escribía nada más recibir la noticia desde Oviedo. Una noticia que llegó a sus oídos entrada ya la mañana en Argentina. Mientras su familia lo festejaba él, que cumplirá este verano 82 años, dormía el sueño de los justos sin tener ni idea.

Luego, con el fallo asumido y las felicitaciones sin cesar de llegar a su teléfono y a su buzón -entre ellas las de los Príncipes de Asturias, que destacaban en un telegrama el «espíritu crítico» de sus personajes, como trasmisores de «valores educativos de dimensión universal»- volvió Quino a recalcar la procedencia del título que se une a su aplaudida carrera. «Me alegra que España me haya dado un premio que me remite a mi familia». A sus progenitores, por sangre, pero a también a su mujer Alicia, sentada ayer a su lado, por agradecimiento. «Ella ha sido clave», dijo, «en la difusión de mis trabajos en todo el mundo. Ha sido mi ministra de Cultura y también de Economía». De hecho a Alicia dedicó el fallo del jurado, a cuya mesa de deliberaciones llegó su candidatura de manos del catedrático gijonés y ex rector de la Universidad Complutense Rafael Puyol.

Su personaje más popular, el que le ha hecho ahora Príncipe, cumple este mismo año medio siglo de vida pero nació en realidad un poco antes de la fecha oficial como eje de una campaña publicitaria y estuvo un tiempo en el cajón de su escritorio. Quino atribuyó su éxito internacional al ambiente «de inmigración» en el que fue dibujado.

La primera vez que Mafalda salió del mundo hispanohablante fue en una edición pirata china, publicada por un editor inglés. Cuando aquello sucedió, Quino confiesa que fue «el primero» en preguntarse «cómo mi trabajo podía interesar allí. Luego, viendo una película china, comprendí que todos tenemos los mismos problemas».

El cine es, precisamente, una de las fuentes inagotables de este artista, que se dice artesano y que a veces se compara con un carpintero «al que le han salido bien los muebles». Cuenta que iba al cine con sólo ocho años. «Se puede decir que he conocido la realidad del mundo por los documentales previos a las películas y desde luego hay mucho de su manera de crear en mi forma de hacer». Dice haber «aprendido de todos, de John Ford, Bergman... Pero también de Keaton y Chaplin. De mi admiración por el cine mudo nacieron mis tiras mudas. Aquellas que marcaron la mayor parte del tiempo anterior a Mafalda».

Y tras ese aprendizaje el nuevo Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades, cuenta que «solía quitar el sonido a algunas películas para saber si era capaz de entender sin palabras lo que pasaba. Fue mi manera de aprender a comunicarme en un dibujo sin utilizar las palabras».

Hoy es esa manera de comunicar la que se le aplaude, además del ingenio que inyecta en sus viñetas para contar las miserias del mundo desde el más fino y mordaz sentido del humor. Y por si eso fuera poco también el hecho de hacerlo, dice el jurado en el documento que firmaron los 15 hombres y 3 mujeres que lo formaban, aportando un «enorme valor educativo» y trascendiendo «cualquier geografía, edad y condición social», ya que su obra de dimensión universal ha sido traducida al menos a 30 idiomas.

Ayer, este hombre extremadamente cortés, que se deja perseguir sin echar a correr por la estela de sus tiras cómicas, que firma y dibuja cuando se lo piden, que toca el pelo, le pasa el brazo por encima a todas las múltiples mafaldas en tres dimensiones que se crean a su paso, no solo se vio sorprendido por entrar en el club de los Premios Príncipe, algo que «sería mejor que me hubiera pasado de joven», pues ahora «a los premios uno llega cansado». También le causaba sorpresa ser el primer dibujante que ocupa un puesto en él, sobre todo, dijo, teniendo en cuenta «la larga tradición en ese campo que hay en España».

Lo cierto es que algunos ya han rozado la final, caso de Mingote, pero ninguno ha cruzado la frontera como él, que aseguraba ayer, desde la sede bonaerense de su editorial haber crecido «muy interesado en lo que pasaba en todo el mundo» y eso, sin duda, se reflejó en sus historietas, cuya factura no siempre fue un camino de rosas. Más bien, a veces, un quebradero de cabeza, por culpa de la censura en varios países, incluido España, a donde su adorable Mafalda llegó el mismo año que Quino se despidió de ella, en 1973.

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