Un milagro bajo tres metros y medio de nieve

Antonio Fernández, de cuatro años, sobrevivió más de media semana en Pajares junto a su madre muerta durante la gran nevada que cubrió Asturias en 1888

Un milagro bajo tres metros y medio de nieve
ARANTZA MARGOLLES

Los guardias civiles que lo vivieron en primera persona hubieran asegurado estar ante un milagro si no fuera porque, para entonces, decenas de cadáveres mediante, ya habían dejado de creer en la intercesión divina. Fue el tres de marzo del ochenta y ocho, al arañar el filo de la pala la tela congelada del vestido de una de las mujeres desaparecidas en Pajares, cuando oyeron al crío con el último hilo de voz que le quedaba. «Mama, que me manquen un pie...». Antonio Fernández, de cuatro años, había sobrevivido más de media semana bajo los tres metros y medio de nieve que sepultaron su casa, sin un solo rasguño y guarecido tan solo por el cadáver de su madre, la sacristana de Pajares. Pocos allí, pero ahora el pequeño Antonio se encontraba entre ellos, podían contar cómo habían sobrevivido a la nevadona de los tres ochos. La peor que se haya contado jamás en tierras asturianas, aunque también afectó a cántabros y a leoneses, dejando incomunicada la Cordillera en su totalidad.

Nevó desde el catorce de febrero hasta el veintiocho sin interrupción y para seguir, porque el temporal fue si cabe aún más intenso a partir del último día del mes y hasta bien entrado marzo. «La gente del país», aseguró uno de los corresponsales que cubrieron la catástrofe para la prensa asturiana, «dice que hace muchos años no se vio tan gran temporal de nieves». Y no volvería a ver otro de semejantes dimensiones. Las crónicas cuentan que si para el 21 de febrero Oviedo ya había amanecido con cuarenta centímetros de nieve, en la frontera de Asturias con León se llegó a los cuatro metros el 27 y, entre medias, muchas historias extraordinarias tiñeron de humanidad las páginas que llenaron las inclemencias meteorológicas, transformadas en tragedia tras decenas de muertes, pérdidas de cabezas de ganado que se contaron en millares y el derrumbamiento, solo reparado por la solidaridad popular, de pueblos enteros.

Porque la nieve, destructora 'per se', se presentó en 1888 acompañada de vientos huracanados que llegaron a bloquear túneles de ferrocarril enteros -las entradas se colmataban y el viento espoleaba la nieve hasta a setenta metros hacia el interior- y a hacer a los lobos, hambrientos, allegarse a la ciudad como nunca antes: en Oviedo fueron avistados a la altura del cementerio nuevo. Ante semejante perspectiva, cobró tintes de heroísmo la expedición de la que el corresponsal de EL COMERCIO, Cano, dio cuenta el primero de marzo. Ese día, el mismo en el que el pequeño Antonio Fernández fue sepultado bajo la nieve junto a su desventurada madre en Pajares, los asturianos supieron que doce hombres habían conseguido lo que parecía imposible: cruzar el puerto a pie. C.R. Cunningham, inglés propietario de varias minas en Cármenes; Federico G. Mills, ingeniero, también británico; José Fernández, subcontratante de Caso, y Antonio Pelayo llevaban una semana intentando pasar a Asturias sin encontrar ni un solo guía que quisiera acompañarles. Lo normal. Y al final, junto a otros ocho, lo hicieron, siguiendo la línea del tren por Busdongo y apartando la nieve -en ocasiones de hasta seis metros de altura- de las bocas de los túneles.

«Describir lo que han padecido y las dificultades que tuvieron que vencer para llegar al pueblo a las diez de la noche sería larga tarea». Con todo, otros lo tuvieron peor y muchos ni siquiera pudieron contarlo. En Pajares, el sitio que peor lo tuvo aunque también el que mejor nos narraron -los dos corresponsales estaban desplazados allí, pero otros lugares como San Ignacio o Vallesoto, en Ponga; Cuñaba, en Peñamellera, o Morcín también tuvieron lo suyo- cayeron tres avalanchas de nieve, y la última fue catastrófica: se llevó por delante casi todas las casas del pueblo y una decena de vidas, entre ellas las de la madre del niño Antonio y dos hermanos.

Historias como las de Antonio surgieron, para angustia de los asturianos, que contemplaban atónitos un temporal como nunca antes lo hubiera, de uno a otro punto de nuestra geografía. De heroísmo con cierto toque cómico, como la de Ramos Junco, guardamontes del lago Enol a quien se le escapó el perro en plena tormenta y le apareció en Olao, donde los del pueblo creyeron ver en la presencia del can sin su dueño la prueba de que éste, que frisaba ya la setentena, había muerto por el temporal. Lo encontraron, tras una peligrosísima expedición para recuperar su cuerpo, vivo y coleando y asomándose por la balconeta, la única parte de la casa -a tres metros y medio de altura- libre de nieve. Otras, angustiosas, como las de los habitantes de Sotres, de quienes no se tuvo noticias durante más de dos semanas; o las de los los cuarenta pastores de Bulnes que se quedaron atrapados en unas cuevas apartadas del pueblo con la única compañía de sus reses, a las que devoraron crudas, por no tener forma de hacer fuego.

«Caía una nevada tan grande», escribió en su 'La dama del alba' el dramaturgo cangués Alejandro Casona casi sesenta años después, «que todos los caminos se borraron». «Nunca hubo otra igual». Y que no vuelva a haberla.