Una joya de 800 años

La Wamba es la campana en uso más antigua del mundo y está en la Catedral, desde donde sobrevivió al incedio de 1521 y hasta a los bombardeos del 34 y la guerra civil

José María Hevia señala a la Wamba, que data de 1219./PIÑA
José María Hevia señala a la Wamba, que data de 1219. / PIÑA
ALBERTO ARCE

Duerme en una sala vetusta de la Catedral de San Salvador y despierta cada mañana con puntualidad inglesa para anunciar la misa diaria. Acaba de cumplir la nada desdeñable cifra de 800 años y los que la conocen bien afirman que aún cumplirá «unos cuantos más» si el tiempo la trata con cariño. La Wamba, la campana en uso más antigua del planeta, se encuentra en la ciudad de Oviedo, huyendo del museo siempre fiel a sus musicales propósitos. Así lo relató el canónigo de la Catedral y profesor del Seminario Metropolitano, José María Hevia.

Data del año 1219, reza una inscripción central en la que se narra, además, en latín: 'Para dar honra a Dios y libertad a la Patria. Cristo nos llama. Cristo vence. Cristo impera. Cristo reina, en nombre del Señor. Amén'. Está suspendida a 104 desgastados peldaños de distancia del resto de los mortales, a mitad de la torre, que, en clave simbólica, trata de unir el cielo con la tierra.

La Wamba. Situada a la izquierda, es la campana más vetusta del planeta y sigue en activo en la Catedral de Oviedo.
La Wamba. Situada a la izquierda, es la campana más vetusta del planeta y sigue en activo en la Catedral de Oviedo. / ÁLEX PIÑA

Un «tesoro», aventuró el deán Benito Gallego, «que hay que cuidar y darle la vida que se merece». Una joya, la menos brillante de la Catedral, que este año verá sus siglos de servicio a la ciudadanía recompensados. Así, durante la próxima Noche Blanca, y aunque Gallego no quiso adelantar más datos, la Wamba protagonizará una velada «especial», apuntó Hevia.

Desde ese espacio, la más antigua de las campanas que aún repican presume de haber sobrevivido a todos cuantos nefastos avatares pudieron darse. La Catedral le ha pasado de todo a lo largo de los siglos. Cuando estaba aún en proceso de construcción, el 24 de diciembre de 1521, un incendio, como en Roma, pero sin un Nerón rondando los suburbios -cuentan las historias-, destruyó gran parte de la ciudad. Las calles cercanas de La Rúa y Cimadevilla quedaron completamente asoladas por las furiosas llamas y todo el andamiaje de madera colocado para levantar el templo religioso quedó también hecho cenizas. Por suerte para el edificio, el fuego no traspasó «milagrosamente» la estructura y las reliquias que hoy se guardan en la Cámara Santa quedaron completamente a salvo. Una primera batalla en la que la Wamba salió indemne, pero vinieron muchas más.

El tinglado. Un entramado de madera que sujeta el conjunto de las campanas.
El tinglado. Un entramado de madera que sujeta el conjunto de las campanas. / ÁLEX PIÑA

Un par de siglos más tarde, la Catedral sufriría otro de sus momentos más peligrosos. Un rayo cayó sobre la torre en la que hoy duerme la campana. Corría el año 1723, según la crónica histórica de la ciudad. Un suceso con tanta fuerza y violencia que la flecha se vino abajo y la pared se agrietó hasta el mismo suelo. Hubo que reforzar la parte baja con caliza y se reconstruyó la aguja por completo, dándoles quince metros más de altura y colocando varias tambores cilíndricos a su alrededor, ya de estilo neoclásico. ¿Y la campana? «No entiendo muy bien por qué, pero en ese momento la Wamba tampoco sufrió los daños que sí sufrieron otros puntos de la Catedral», admitió el canónigo.

Más tarde, mucho más tarde y con una España bien distinta a la del siglo XIII, llegaron con belicosidad urgente la Revolución de 1934 y la guerra civil del 36. Unos años en los que la campana vio la Catedral convertida en polvorín ensordecida por el estruendo de las ametralladoras. Otra vez, el templo religioso salió mal parado de las contiendas. Una bomba lanzada desde lo alto de la localidad de Naves, desde La Grandota, derribó de nuevo la flecha. En ese momento, una de sus incansables compañeras; «su hermana», relató el sacerdote, la Santa Cruz, quedó inutilizada para siempre.

Reloj de Durán. El mecanismo del reloj de Durán de la Catedral de San Salvador.
Reloj de Durán. El mecanismo del reloj de Durán de la Catedral de San Salvador. / ÁLEX PIÑA

Nunca saldrá de la torre

Ahora, en pleno 2019, la Wamba reposa en lo que también es un mausoleo. Ni la Santa Cruz (1539) ni el Esquilón (1678), continúan en funcionamiento. No han sido capaces de seguir el ritmo de su compañera. Sin embargo, tampoco pueden ir a finalizar sus días a un museo. «Para sacar estas campanas de aquí, habría que desmontar la torre, piedra a piedra. Se quedarán aquí», clamó Hevia.

La Wamba, que, según expone el estudio llevado a cabo por el organista de la Catedral, Guillermo Martínez Vega, ofrece un Re «un poco grave», añadió Hevia, pesa 776 kilos, tiene 1,19 metros de diámetro y 1,23 de altura. Además, está elaborada en bronce (con un 80% de cobre y un 20% de estaño). La sujeta un yugo de madera con abrazaderas de hierro y unas pequeñas asas con unos leones en forma de cruz.

Ya no hay un encargado de tañer las campanas de la Catedral. El último fue Pacho Cartón, que vivía con su familia en un adosado a la Cámara Santa, derribado hace años. Ya nadie tiene que dormir en la sala de pesas con una botella de vino guardada para las ocasiones especiales pendiente del momento de hacer sonar el repique que convocaba a los fieles para la liturgia, para el Conceyu o para anunciar un incendio en la ciudad. Pero aunque los toques sean mecanizados, en Oviedo las campanas siguen sonando, y no solo en días especiales, para actos solemnes de especial relevancia, sino para la misa diaria, y la que se escucha es la campana más antigua de cuantas permanecen en activo de todo el mundo: la Wamba.