Liberar Veranes

Soldados del Batallón Toledo trabajan en tres misiones simultáneas en la región de Nubia. No es verdad, pero lo parece

MARIFÉ ANTUÑA / JOSÉ SIMAL

Invierno, Vinagre, Káiser y Tortuga están en continua comunicación en código cifrado por un micrófono y un pinganillo ocultos tras el casco. Invierno manda, es el teniente al mando de la sección. Vinagre, Káiser y Tortuga obedecen sin rechistar y trasladan las órdenes a los hombres -y una sola mujer- de sus pelotones. Están camino del Centro de Seguridad Marítima Integral de Veranes, convertido por una noche en escenario bélico. El lugar es perfecto, la inmensa piscina, la torre de control y los diferentes edificios acostumbrados a albergar cursos de formación se transforman en un espacio industrial con factorías textiles y químicas, una fundición, un manantial, un aeródromo y también residencias de población civil. Se ubica no en Gijón, sino en una conflictiva región llamada Nubia en la ficción creada por los mandos del Batallón Toledo del acuartelamiento Cabo Noval para poner en marcha una operación de entrenamiento militar. La historia es la siguiente: Isla Astur tiene dos partes, Céltica y Bética, con etnias enfrentadas; en la primera, hay una dictadura en vías de desarrollo y con ánimos expansionistas hacia el Sur; en la segunda, una democracia en ciernes con escasa consistencia de su política defensiva. La ONU decide intervenir, traza unas líneas y en la zona central despliega sus fuerzas con el ánimo de mantener la paz. Al suroeste de esa franja actúa el Batallón Toledo, en la región de Nubia, en la que opera un grupo revolucionario llamado Nubia Libre.

Hay que actuar para garantizar la seguridad de la población civil y de los recursos y se pone en marcha una operación militar con tres acciones diferenciadas para acabar con los insurgentes. Una se desarrolla en Veranes; la otra busca dar caza a revolucionarios que están intentando hacerse con pertrechos para rearmar a las milicias y una tercera se lleva a cabo en dos localidades en las que se trata de analizar el estado de una planta potabilizadora y varias instalaciones de almacenaje. El objetivo es idéntico en todos los casos: acabar con los insurgentes y consolidar las relaciones con la población local.

La ficción se tornó realidad simulada en la noche del miércoles al jueves en las inmediaciones del acuartelamiento Cabo Noval, en Siero. Unas 190 personas participaron en una de las llamadas 'continuadas', que no son lo mismo que las maniobras (más prolongadas en el tiempo, más complejas y con más medios de infantería), pero sí pueden tener cierta similitud a los ojos del neófito en temas castrenses. Cada uno asume un rol: la mayoría son los buenos, se convierten en fuerzas de reconocimiento y combate, y una minoría actúa como malos, y en medio del juego que no deja de ser un entrenamiento realista y de intensidad emergen catorce civiles. Asumen diferentes roles: un policía de la Interpol, un ingeniero químico, un miembro de una ONG, un equipo de televisión... Cada uno tiene un papel y un cometido que cumplir. Esos civiles son partícipes de una iniciativa que lleva cuatro años en marcha y que alía a la Universidad de Oviedo, Innovasturias y el acuartelamiento militar, que buscan encontrar herramientas para dar con las claves del liderazgo en la vida civil. Esa larga noche, un fotógrafo y una redactora de EL COMERCIO se convierten en periodistas empotrados en la sección de combate.

Tres secciones se encargan de los diferentes operativos con otros tantos tenientes al mando y, por encima de ellos, dos capitanes, Romero y Molinero. Cada sección tiene sus pelotones con sus sargentos al frente y los soldados perfectamente equipados para la ocasión. Llevan uniforme 'mimeta', que es como llaman ellos a lo que el común de los mortales bautizamos como ropa de camuflaje; algunos con pinturas en la cara, otros no. Cargan un chaleco de dos kilos de peso (no antibalas, ese pesa mucho más, pero sí capaz de repeler esquirlas), una mochila de unos doce kilos de peso (con una manta americana, un toldo vivac, varillas, pulpos, piquetas, una muda, una navaja, un bolígrafo, ropa de abrigo, pintura de enmascaramiento...), bolsos acoplados con munición y mil cosas más y, por supuesto, un fusil de asalto AKG-36, el que emplea el Ejército de Tierra español y que se aproxima a los ocho kilos de peso. La munición no es real: se utiliza 'paint ball', aire comprimido, láser y fogueo, que se lanza -salvo el colorido armamento- con el propio fusil de asalto de mira telescópica y visión nocturna, al que algunos soldados acoplan un lanzagranadas.

El simulacro busca reproducir con exactitud las condiciones de una misión. No solo porque los malos se lo curren tanto como los buenos organizando su sarao particular, sino también porque se replican todas las actuaciones previas de preparación de la operación y el traslado a los diferentes escalafones militares. El teniente es quien se encarga de comunicárselo a los responsables de sus pelotones, los sargentos que han de ir dirigiendo los movimientos de los suyos sobre el terreno. Pero antes, en el acuartelamiento, habrá varias reuniones. Antaño, los militares dibujaban sus operaciones en una caja de arena que permitía establecer objetivos y movimientos de manera dimensional; hoy, se mantiene el nombre histórico, pero una proyección sobre el suelo y sobre la pared facilita la comunicación a los soldados. El teniente Manzano, cántabro, 24 años, recién salido de la Academia Militar, transmite el mensaje de manera milimétrica y estipula los «saltos» que han de dar los pelotones en su camino por Veranes. Se busca que el lugar se instale en la cabeza como un mapa, que a la llegada se conozca perfectamente dónde están cada una de las instalaciones y cómo ha de ser el trabajo.

Y, por fin, un rancho mediante de sopa, pollo empanado, patatas fritas, un plátano y café a demanda -la noche va a ser larga y por esa razón se entrega a los soldados una tableta de chocolate y un bollu preñáu-, la tropa acude al encuentro con los transportes rumbo al objetivo. Veranes queda lejos de la parada; hay que subir una larga cuesta. Reina el silencio. Se accede al recinto. Uno de los objetivos marcados con claridad meridiana es reunirse con los trabajadores de las factorías para lograr su apoyo. Así comienza todo: militares convertidos en civiles reciben a los soldados, hablan con ellos, se sientan, denuncian, preguntan, piden... No abunda el buen rollo, pero hay acuerdo. Se habla en inglés. Con el supuesto apoyo de los civiles, cada pelotón se va desplegando por la zona que le correponde. Se trata de hacer limpieza en sentido militar. Se recorre cada una de las instalaciones a la búsqueda de insurgentes y, si atacan, la orden es responder. El capitán Molinero había dejado clarísimo que habría respuesta ofensiva. Y así es. El teniente es informado de cada movimiento del tablero y va repartiendo juego entre Mike 1, Mike 2, Mike 3 (tres zonas del manantial), Fox (fundición), (Quebec, la química)... El sargento Gómez dirige la limpieza de uno de los edificios y hace uno de los dos prisioneros de la noche, le coloca los grilletes y, al poco rato, da con un arsenal de armas oculto. Está preparando el terreno para, ya al final de la misión, acudir junto a un ingeniero químico -Inaciu Iglesias, uno de los civiles participantes- ataviado con máscara y traje contra todo tipo de riesgos biológicos a tomar muestras en la factoría química. Pero para llegar ahí habrá que haber eliminado a varios insurgentes que abren fuego tratando de evitar que los soldados accedan a la torre o hagan suyo el aeródromo, o que el representante de una ONG (otro civil, Patricio Arias) recoja muestras de agua.

Los sargentos, «con mano derecha y con mano izquierda», en atinadas palabras de Iglesias, van guiando a los suyos entre la orden inapelable y un punto paternal, cariñoso, amable. El compañerismo y el trabajo en equipo son religión entre estos soldados jovencísimos y vocacionales, que aspiran mayoritariamente a participar en misiones en el exterior. Eso le ocurre al sargento Núñez, veterano con diez años de tablas castrenses, que se maneja con destreza infinita durante la operación, un apasionado de lo suyo más de ir en vanguardia que en retaguardia, que espera poder ir pronto a Irak; él es de Burgos. La tropa procede de muy diferentes geografías españolas: Ciudad Real, Coruña, Madrid, Murcia... Les une la vocación, una voluntad de servicio inasequible al desaliento y una disciplina a prueba de bomba. Cuidan de los civiles de manera continua, los sitúan siempre en posiciones alejadas del peligro, buscan implicarles y explicarles.

En la torre de control se suceden los tiroteos. Alguien grita: «Más rock'n'roll», mientras la munición de fogueo se foguea y las vainas ya vacías se acumulan en el suelo. Cuando parece que todo ha acabado, comienza la evacuación de los heridos y un vehículo acude a recoger a los prisioneros; hay que lidiar con la pobladores del lugar -que durante todo el ejercicio van jugando su papel distorsionador, que provoca desconfianza y desazón-, que se revuelven al ver cómo se llevan a los suyos.

Y, cuando todo se acaba, hay sorpresa. Alguien comienza a disparar; la reacción es inmediata, se abate al último enemigo y el teniente da la orden: «Esperando relevo en la posición». Toca esperar. En las pelis, se hace un fundido en negro o se cuelga el 'The End', pero aquí hay que esperar durante casi una hora para iniciar el repliegue. Durante el combate no se fuma; cuando acaba, aparecen los cigarrillos y se devoran las tabletas de chocolate.

La sección del teniente Manzano llegó a Veranes poco antes de las diez de la noche y se va a las cuatro y media de la mañana. No es que el frío sea intenso, pero la lluvia aparece intermitentemente y el viento la acompaña. Ahora es momento de caminar, son unos trece kilómetros hasta llegar a Cabo Noval. Cuando la sección atraviesa el acceso al acuartelamiento desde el campo de maniobras, suena el toque de fagina. Son las siete y media de la mañana y a menos cuarto se pasa lista a los soldados que no han estado de 'continuada'.

Las tres secciones que han participado en la operación se juntan, comentan cómo han ido las cosas y se preparan para uno de esos momentos que curte militares y congela civiles, que es instrucción, pero también juego, que tiene algo de elemento diferenciador, de prueba de fuego para ser 'uno de los nuestros': hay que correr rumbo al río Noreña cargando troncos, sumergirse en él, transitarlo unos 750 metros con el cuerpo aterido entre ramas, arena, subidas y bajadas de profundidad, y volver corriendo con la ropa empapada, las zapatillas llenas de piedras y en modo charco rumbo a la ducha, al calor final. Y al desayuno - chocolate y café caliente, bollería, embutidos, sandwiches- y a seguir con el día hasta que se junte con la noche. El soldado Igual, madrileño, 21 años, revela al novato su sabiduría para vencer al sueño: «Lo mejor es no parar».

La operación termina y es tiempo de hablar de liderazgo, de cómo el estrés positivo generado durante los ejercicios puede mejorar la manera de gestionar empresas y trabajos en el ámbito civil. Los militares quieren saber qué lecciones de su día a día se pueden llevar al ámbito civil: el compañerismo, la pasión, la entrega, la vocación, el trabajo en equipo son sus mimbres más pétreos. También una disciplina inflexible, tenaz y constante unida a planes minuciosamente diseñados. Al margen de las dificultades para hacer converger un mundo y otro, el militar y el civil, la conclusión de que unirlos en busca de puntos de encuentro siempre es positivo emerge como el gran logro de la batalla.