asesinato de sheila barrero

QUINCE AÑOS DE LUCHA

Desde que la joven apareciera muerta el 25 de enero de 2004 sus padres iniciaron una infatigable batalla para hacer justicia. Aún a día de hoy, siguen esperando respuestas

Eduardo Paneque
EDUARDO PANEQUEGijón

Un tiro en la cabeza. Así de frío. Así de cruel. Y más de quince años después, sin un culpable. El cadáver de Sheila Barrero fue hallado el 25 de enero de 2004 en el interior de su coche. Sus padres, que la esperaban en su casa de Cerredo, nunca verían llegar a su hija. Ese mismo día su vida cambiaría para siempre. Incansables, inagotables al desaliento, y a los reveses de la justicia que llegó a archivar el caso en 2009. El carpetazo a un sumario que no avanzaba no detuvo a madre y hermana. Ellas siguieron peleando, la Guardia Civil investigando. Degaña sigue de luto, lo está desde aquel momento. Ahora, y antes de que retumbe el décimo sexto aniversario, el final podría estar más cerca. Primero fue el Tribunal Superior de Justicia el que reabrió el caso el pasado mes de octubre, ahora una nueva línea de investigación podría arrojar luz.

2004. Como los últimos sábados por la noche, Sheila Barrero trabajaba poniendo copas. Aunque a sus 21 años ya tenía empleo como agente de viajes en Gijón, era un sobresueldo que venía muy bien para empezar a pensar en un proyecto de vida. Tenía que desplazarse desde Cerredo hasta Villablino pero no le importaba, eran poco más de quince minutos en coche. No contaba con volver porque había dejado el vehículo en el taller. Además, allí haría noche en casa de su hermana; al fin y al cabo, sus padres no la esperaban hasta el día siguiente. Pero a última hora, su mecánico le informó que la avería estaba solucionada así que decidió volverse.

Sheila se despidió de sus amigos y arrancó el coche. Era noche cerrada y lloviznaba. Quedaba subir el Alto de la Collada, y en casa. Se conocía el camino de memoria. Durante la ascensión, otro coche la sobrepasó haciéndola detenerse para desviarse hacia una de las habituales zonas recreativas. Probablemente se conocían. No hubo forcejeo. Tampoco agresión sexual. Fue un disparo a quemarropa desde el asiento trasero.

En casa de Elías y Julia ya estaba puesta la mesa, todo listo para comer. Aunque las manecillas del reloj avanzaban, los padres no estaban preocupados, imaginaban que Sheila se habría quedado a dormir en Villablino. Estaría al llegar. Pero las horas pasaban y no estaba con su hermana. Les comenzó a invadir el nerviosismo y la tensión. La búsqueda, que tardó poco en iniciarse, concluiría pronto. Entre la niebla de un día de invierno, ahí estaba. Era el Peugeot 206 donde el asesino había dejado el cadáver de Sheila con un disparo en la nuca.

Lugar donde fue encontrado el vehículo de Sheila Barrero
Lugar donde fue encontrado el vehículo de Sheila Barrero / Vega

Quince años de un crimen sin resolver. Un instante que nunca se borrará del imaginario de unos padres cuyas vidas nunca volverían a ser las mismas. A Elías Barrero y Julia Fernández no solo les habían arrebatado la vida de su hija sino que nadie rendía cuentas por ello en prisión. Se rastrearon los teléfonos móviles, se buscaron testigos, se hicieron pruebas balísticas. Y todo seguía sin llevar a ninguna parte. Solo se encontró un casquillo de bala y una prenda con un escudo sobreimpreso. Los registros de las antenas permitieron identificar a dos cazadores que afirmaron haber visto aquella noche dos vehículos detenidos en la calzada.

Al tiempo, el luto se sentía en cada rincón de Degaña. Esos silencios que se hacen presentes y que, sin parecerlo, son el símbolo del calor de los vecinos hacia una familia rota de dolor.

Julia Fernández, madre de Sheila Barrero, durante uno de los homenajes a la joven.
Julia Fernández, madre de Sheila Barrero, durante uno de los homenajes a la joven. / Daniel Castaño

Las sospechas pronto recayeron sobre una ex pareja de Sheila Barrero quien a día de hoy sigue estando señalado. Tanto es así que la Guardia Civil, en vista de la aparición de un nuevo informe, vigila todos sus movimientos ante una posible huida. Las pruebas encontradas en 2004 no fueron concluyentes: tan sólo unos residuos de pólvora en sus manos sobre las que él aseguró que procedían de unas jornadas de caza en las que había participado días antes. De hecho, según se mantiene desde su entorno, ni siquiera tenía carné de conducir. Borja Vidal, que fue detenido y estuvo imputado, tuvo que esperar hasta el año 2008 para que levantasen los cargos. Los cargos, sí, pero no la sombra de sospecha que permanece vigente. De 19 años y natural de Villablino, había mantenido una relación de dos meses con Sheila Barrera. Tras la ruptura, la joven denunció el trato vejatorio al que le estaba sometiendo. Quizá por ello, sus tías le recomendaron que no acudiera al funeral de Sheila. Y así lo hizo. Casado y con dos hijos, a día de hoy el foco vuelve sobre su persona. A decir verdad, una luz que nunca se apagó.

Los silencios fueron dando paso a los homenajes que se sucedieron desde el primer momento. Solo dos meses después del desgarrador suceso, los padres y hermana de Sheila Barrero descubrían una placa en su memoria en el mismo lugar donde fuera encontrado su cuerpo sin vida. Un cariño, el de decenas de personas, que calma, que alivia pero que no es suficiente para mitigar el dolor de la pérdida y la sensación de no haberse hecho justicia con el asesinato de su hija. Un inevitable profundo desgarro que recorrió a la familia cuando, un mes después, el principal sospechoso abandonaba las dependencias judiciales en libertad provisional. No volvería a ser arrestado. Con ello se esfumaba la esperanza a la que se aferraban unos padres necesitados de respuestas.

Aunque toda pérdida conlleva un proceso de duelo no todas interfieren de la misma forma en la cotidianeidad; ni siquiera los tiempos son los mismos para quien los sufre. Un año, un mes, incluso un día son eternos cuando no suena el teléfono para ser informado de algún avance. Julia y Mónica –madre y hermana de Sheila- no estaban dispuestas a rendirse. No podían, No querían. En poco tiempo pegaron carteles en los establecimientos y lugares públicos de la zona ofreciendo recompensa por cualquier pista. 365 días después de la brutal muerte, las marquesinas de Degaña amanecían con notas instando a la colaboración ciudadana. Ya había pasado un año.

Los padres de Sheila Barrero nunca han dejado de luchar.
Los padres de Sheila Barrero nunca han dejado de luchar. / Dani Castaño

Para entonces los únicos testigos eran dos cazadores. No obstante, su declaración del 1 de febrero de 2005 solo trajo decepción. La familia había acudido a los Juzgados de Cangas del Narcea con camisetas en recuerdo de Sheila Barrero. A la salida, y hasta el día de hoy, mantienen que no contaron todo lo que sabían.

De nuevo, una confianza quebrada. Tocaba recomponerse y seguir tirando para adelante. Un contratiempo que mermó las fuerzas de los padres de Sheila. El caso seguía abierto y no podían permitirse flaquear. Se sucedieron las recogidas de firmas para exigir una reforma del código penal y las manifestaciones pidiendo justicia.

La realidad dio una nueva bofetada en septiembre de 2007, quizás la más fuerte hasta entonces. Los juzgados sobreseían el caso. El faro de esperanza atenuaba su luz. Sheila Barrero había sido asesinada y nadie pagaba por ello.

Los vecinos de Degaña seguían ahí como lo habían venido haciendo cada día, cada momento, cada aniversario. El cuarto, más de doscientas personas participaron en una concentración reclamando justicia. El gobierno municipal aprobó una declaración de luto permanente hasta la resolución del caso. Y en ello hasta el día de hoy. Por aquel entonces eran los albures del 2008. Ya se cumplían cuatro años sin Sheila y la peor de las noticias estaba por llegar: la Audiencia Provincial archivó el caso el mes de mayo. Reiteraron, una vez más, lo anunciado: la inexistencia de pruebas concluyentes contra el principal acusado: «No se ha podido situar con un mínimo de indicios racionales, a una determinada persona, incluido el sospechoso, en el lugar de los hechos», se puede leer.

La hermana de Sheila Barrero ha luchado para que se encontrase a los culpables del asesinato.
La hermana de Sheila Barrero ha luchado para que se encontrase a los culpables del asesinato. / Daniel Castaño

Las protestas se suceden. La solidaridad que recorre Asturias traspasa fronteras. La impotencia no será un obstáculo como tampoco lo será un juez. Un madre es una madre y con las mismas, en 2009 Julia Fernández inició una acampada frente al Palacio de Justicia de Oviedo para pedir que continuara la investigación ya que el asesinato de su hija Sheila seguía sin resolver. Seguía sin culpables.

Fue prácticamente lo último que se supo, o lo último que se quiso saber del caso. Se avecina casi una década de silencio, de olvido mediático. La única novedad es dar testimonio de cada aniversario con la publicación de la triste fotografía que deja cada 25 de enero. Y así un año tras otro, de lucha sin cuartel de una familia que nunca se rindió exigiendo justicia.

La inercia podría romperse ya que han llegado nuevas pruebas y los tiempos y cómo se cuentan las horas ya no son probablemente los mismos, ahora imperan los pies de plomo. No quieren llevarse el mismo golpe otra vez. Pero esa sensación de una lucha ha merecido la pena, reconforta. Después de meses de trabajos discretos pero minuciosos, el juzgado levantaba el secreto de sumario el 15 de enero, a solo diez días de que se cumpliesen quince años del violento episodio que sesgó la vida de la joven.

El décimo quinto aniversario, conmemorado hace solo unos meses, podría no haber sido uno más en la cuenta. Nadie traerá a Sheila Barrero de vuelta a casa pero los investigadores trabajan sobre un nuevo informe que acreditaría la participación parcial del principal implicado. En él, y según ha avanzado EL COMERCIO la última semana, la Guardia Civil ha contado la colaboración de un laboratorio de Lugo. Un nuevo análisis de las prendas de víctima y de la ropa entregada en su día por el principal sospechoso revelaría nuevos detalles. Además, ahora se clarifica uno de los aspectos de mayor controversia: los residuos del disparo y el casquillo hallado en el coche de la víctima, coinciden.

Mientras Elías Barrero trabaja en su huerto a diario, un ejercicio de evasión que le hace mantener los pies en la tierra. La prudencia le impide encarar las buenas nuevas con optimismo. Él, Julia y Mónica saben lo que es vivir una pesadilla. La misma que les despierta cada mañana desde que Sheila fuera asesinada.

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