Un paseo por el Oceanográfico de Gijón

El centro trabaja para desentrañar los misterios de las profundidades marinas y mantener una pesca sostenible

Uno de los buques del Instituto Español de Oceanografía./Daniel mora / IEO / F. Sánchez / Javier Cristobo
Uno de los buques del Instituto Español de Oceanografía. / Daniel mora / IEO / F. Sánchez / Javier Cristobo
MAURICIO-JOSÉSCHWARZ

Si Asturias es mar y montaña, el mar es la mitad de sus horizontes y su identidad, pero sigue siendo desconocido, una sucesión de misterios que comienzan a pocos metros de las modestas profundidades donde se realiza la actividad pesquera habitual. Más allá hay formaciones submarinas con nombres poco familiares como los cañones de Navia, Avilés o Lastres, o montañas como Jovellanos, Cantabria o El Cachucho (la primera Área Marina Protegida de España, declarado como tal en 2011), cuyas dimensiones compiten, en las profundidades, con los Picos de Europa en la zona de montaña… y profundidades de hasta 6.300 metros.

Convertir los misterios en conocimiento es la labor de los 40 miembros del Centro Oceanográfico de Gijón, parte del Instituto Español de Oceanografía desde hace dos décadas: nueve investigadores, 18 técnicos de laboratorio y asistentes de investigación, y personal de servicios y administrativos, relata su director, el biólogo Javier Cristobo.

La labor científica de este centro se realiza en gran medida en el mar, para obtener los datos y muestras que posteriormente se llevan al laboratorio. En esta tarea se utiliza equipo de última generación como el Vehículo de Observación Remota Liropus 2000, que tiene capacidad de realizar sus estudios hasta 2.000 metros de profundidad. En comparación, un buzo con escafandra autónoma tiene como límite máximo los 250-300 metros con mezclas especiales de gases para la respiración. Sin embargo, por debajo de ese límite, conocemos apenas un 5% de todo el mundo submarino.

Además, como señala Cristobo, las aguas asturianas son turbias, lo que dificulta las observaciones, debido a la enorme riqueza en vida microscópica que contienen, es decir, el plancton vegetal, o fitoplancton, y el animal, o zooplancton, formado por una variedad que va desde seres unicelulares hasta pequeños crustáceos y larvas o alevines de animales más grandes. Esto hace necesario el uso de equipo que pueda hacer detecciones y recopilación de muestras de modo autónomo.

El Instituto Español de Oceanografía cuenta para ello con seis buques oceanográficos, dos de los cuales visitan Gijón al menos una vez al mes para realizar los muestreos necesarios, y equipos como los utilizados para cartografiar el fondo del mar.

La investigación científica más básica es uno de los objetivos principales del centro, además de proyectos orientados concretamente a mantener «una pesca sostenible que depende de mantener los ecosistemas intactos» o a la búsqueda de sustitutos vegetales, a partir de algas, para los piensos destinados a la cría de peces en acuicultura.

Así, por ejemplo, los estudios básicos sobre las numerosas especies que forman los ricos campos de esponjas del Cantábrico y las otras especies asociadas a las esponjas, permiten prever el hallazgo de sustancias bioactivas que producen estas especies, muchas de ellas hasta ahora desconocidas, algunas de las cuales ya se están utilizando como antivíricos, anticancerígenos, antifúngicos, etcétera. «Es lo que se llama la farmacia del mar», señala Cristobo.

En las profundidades del Centro hay una colección inacabable de botellas de plástico con agua marina, cuidadosamente rotuladas con datos como la fecha y lugar de su recolección. Dos décadas de botellas de plástico que cuentan, a quien sabe leerlas, la historia de las aguas asturianas. Cada uno de los recipientes es una fotografía de cómo era el agua en ese lugar y en ese momento del tiempo: los minerales que tenía disueltos y en qué cantidad, su composición química y física, y la vida que alberga. Cada mes se vuelve a muestrear cada uno de los puntos para tener un historial completo de cada uno de ellos.

Al comparar muestras, por ejemplo, del mismo punto de recolección en distintos momentos, es posible determinar las variaciones estacionales de las aguas y la vida en ellas, y usando muestras de momentos muy diferentes se puede tener un panorama de la evolución de las condiciones al paso de los años.

Así, explica César González-Pola, físico y responsable de uno de los proyectos de investigación del centro, «lo que estamos viendo es una migración hacia el norte… al calentarse el agua y alterarse las corrientes y la química, especies que anteriormente estaban más al sur van ganando posiciones».

Imágenes del trabajo en los laboratorios del Oceanográfico de Gijón y el equipo para realizar estudios a mucha profundidad.

Efectos del calentamiento

Este es un efecto claro e inmediato del gradual pero aún incontrolado aumento de la temperatura promedio del planeta ocasionado, según los estudios, por la actividad humana, principalmente la quema de combustibles fósiles, aunque ésta ocurra lejos del mar. Javier Cristobo puntualiza: «Hay especies que incluso están introducidas: no vivían aquí hace unos años, pero encuentran ambientes adecuados y especies que vivían más al sur encuentran aquí un ambiente óptimo». Y añade ejemplos: «Especies migratorias como la anchoa, el atún o la caballa han variado sus rutas y están yendo hacia el norte, hacia aguas más frías donde está el alimento que necesitan. Por otro lado, cuando nosotros éramos pequeños el pez ballesta era muy común en Canarias, pero era muy raro en esta zona del Cantábrico y ahora es más común».

El Centro Oceanográfico de Gijón es también un espacio de divulgación de la ciencia, que recibe constantemente a alumnos de colegios e institutos, y a quienes les ha dedicado algunas publicaciones. Porque la ciencia del mañana necesita a los científicos y las científicas del mañana, que hagan el relevo con pasión por desentrañar los misterios de esa otra mitad de Asturias, esta costa fantástica que merecemos conocer.