50 aniversario de la llegada a la Luna

Relato completo y detallado de la gran hazaña lunar

«En la madrugada del lunes en todo el mundo, y en Gijón también, se veían ventanas iluminadas y se oían los ecos de los aparatos de televisión, encendidos para recoger la llegada del hombre a la Luna». Así empezaba el relato de la hazaña lunar protagonizada el 20 de julio de 1969 por Neil Armstrong, Michael Collins y Buzz Aldrin. Desde el momento de la aproximación del 'Eagle' al satélite hasta el regreso de los astronautas al módulo lunar. Hoy, cuando se cumplen 50 años del primer alunizaje, recuperamos aquella espectacular crónica firmada por Francisco Carantoña, quien fuera director de EL COMERCIO durante más de 40 años

FRANCISCO CARANTOÑA

Eran más o menos, las cuatro menos catorce minutos de la madrugada del lunes, cuando en las pantallas de televisión se contempló una imagen no demasiado neta, pero impresionante. Sobre el resplandor del suelo lunar, enmarcado por las sombras que el módulo 'Eagle' creaba, se veía la silueta de una pierna, enfundada en el pesado traje necesario para supervivir en la Luna. La pierna osciló, descendió hasta casi tocar el suelo, volvió a ascender; finalmente, se posó, y de esta manera un imposible, que el hombre aceptó como tal desde el día de su creación, había dejado de serlo. Las metas de la ambición y de la osadía del género humano habían sido trasladadas de nuevo más allá, 'Plus Ultra', de un modo increíblemente sencillo, sin engolamiento alguno, con fría naturalidad tecnológica.

«Los valores seguros»

Yo, como cientos de millones de hombres, estuve atento a la pequeña pantalla antes de que la increíble transmisión comenzase, y también después, hasta que Armstrong retornó a su cobijo. La espera, sin embargo, se me hizo tensa, e incómoda, sobre todo por la escasa densidad de los comentarios que la acompañaron. No, no estuvo afortunada TVE en este aspecto: buscando comentarios funcionales comencé a escuchar Radio Nacional. Allí las cosas se hacían mejor, pero tampoco eran suficientemente concretas, ni suficientemente ligadas con la marcha de los acontecimientos. Reuní, entonces, a intervalos, a la Radio italiana, donde un equipo, encabezado por Ruggiero Orlando, seguía paso a paso desde Houston los hechos. Luego pasé a 'France-Terre', literario nombre dado para esta ocasión a toda la red de emisoras francesas. Aquí era Jean Claude Heberjé, el que encabezaba el equipo situado en Houston, equipo eficaz, claro, documentado y preciso. Aún estábamos en la espera de las imágenes sensacionales, y entonces tomé la decisión de fiarme de 'valores seguros', como hacen los bolsistas conservadores. Retiré el sonido del aparato de TV y escuché lo que la radio francesa decía. De ese modo perdí una serie de frases retóricas y literarias, pero pude saber, momento a momento, lo que sucedía. Fue un error de TVE y Radio Nacional no montar «en equipo» el comentario oral de la aventura lunar. Hubiera hecho falta un grupo de por lo menos tres hombres, situados en Houston, con el plan de vuelo del 'Apolo XI' ante los ojos, alternándose cada uno de sus miembros en la tarea de concretar situaciones, y de transmitir detalles, para que TVE y Radio Nacional hubieran podido estar a la altura de las circunstancias. No se hizo así, y Jesús Hermida, por ejemplo, se vio sometido a un trabajo inhumano, en el cual el lirismo predominó, como en otras ocasiones, sobre el comentario escueto y aclaratorio.

Los batracios se mueven

No eran claras las imágenes, pero resultaban de todos modos impresionantes. Mientras estuvieron enfocados por la cámara fija del módulo lunar, Armstrong y Aldrin parecían enormes batracios moviéndose en el fondo de un turbio océano. Luego, cuando instalaron la cámara de televisión exterior, ya nos fue dado observar el suelo de la Luna. Armstrong la hacía girar dando una vuelta completa al horizonte, y permitiendo ver de pasada alguna colina. Luego la cámara se detuvo frente al L. E. M. (módulo lunar), gigantesca sombra, en la que destacaban algunas zonas con reflejos deslumbrantes, y así quedó enmarcado el escenario donde, durante más de dos horas, veríamos moverse y trabajar a los astronautas.

En camino. Portada en la que se muestra el cohete 'Saturno' y se cuenta el despegue.
En camino. Portada en la que se muestra el cohete 'Saturno' y se cuenta el despegue.

En la Luna no hay penumbra

Había mala luz por varias razones. Por una parte, el Sol estaba bajo, lo que se notaba en la extraordinaria longitud de las sombras de los astronautas; por otra, la falta de atmósfera en la Luna hacía que no se produjera el fenómeno de difusión de la luz que se da en la Tierra. Aquí, dentrode una casa, vemos con la luz del día, aunque el sol no entre por las ventanas. En la Luna, donde da el sol, hay luz, y donde no da, absoluta oscuridad.

El corazón de los astronautas

En cada momento los astronautas estaban en contacto por radio con la Tierra. Mientras Armstrong descendía por la escalera del módulo, por ejemplo, desde Huston, uno de los médicos del programa 'Apolo' le aconsejaba calma, prudencia, descender con suavidad. Antes, en el 'Telediario' de las nueve y media de la noche, si mal no recuerdo, TVE había logrado un sonado triunfo informativo. Desde la estación de Fresnedillas había transmitido, a través de una pantalla especial, una especie de electrocardiógrafo, los latidos de los corazones de Armstrong y Aldrin, posados ya con su módulo en la Luna. Armstrong se mostraba más agitado, con 150 pulsaciones en algún momento, al parecer. Aldrin estaba más tranquilo.

Se adelanta el desembarco

El descanso estaba programado en previsión de que la operación de alunizaje, y los trabajos a realizar desde que el L. E. M. se había separado de la cápsula donde Collins seguía orbitando la Luna, hubiese producido grave fatiga a los futuros peatones lunares. La fatiga no se registró, y ellos ansiaban comenzar su experiencia. Por esa razón, a las 19 horas 21 minutos del domingo, hora del alunizaje, Armstrong y Aldrin. comenzaron a realizar, según lo programado, las comprobaciones de todos los sistemas eléctricos o de cualquier clase de su nave, con la esperanza de que luego se les autorizase a descender sin cubrir la etapa de descanso prevista. Así ocurrió, en efecto. A su tiempo debido sería dada la orden de despresurizar la cabina, con los astronautas vestidos ya de sus trajes de supervivencia lunar, y luego llegaría la autorización para abrir el portillo de la cápsula. Iba a comenzar la etapa increíble y esperada con el ánimo en suspenso por cientos de millones de hombres.

La llegada. La primera página del periódico, con varias fotos de los astronautas en la Luna
La llegada. La primera página del periódico, con varias fotos de los astronautas en la Luna

Las zapatetas cósmicas

Fue Aldrin más alegre, quizá, que su compañero Armstrong, una vez descendido. Dio, al menos, unos extraños saltos, o zapatetas cósmicas, que resultaron impresionantes por la ligereza que revelaban, aunque sólo el equipo que cada hombre transportaba pesaba más de cien kilos. Uno y otro debieron adaptarse a la mejor forma de caminar sobre al suelo lunar. Había polvillo, definido como una especie de granos de mica, por uno de los astronautas. También dijeron que sus pies se hundían en cierto modo como al pisar la arena mojada de una playa. Pero era arena «sucia», o al menos así les pareció. Se hincaban bien en el suelo las pértigas destinadas a tomar muestras. En otras zonas zonas el piso era duro. Una roca llena de salientes y dura, fue localizada en otro lugar. (...) Iba desapareciendo el «suspense». El trabajo se convertía en cosa asombrosamente rutinaria y normal.

Las exploraciones geológicas

Armstrong (...) dijo que había encontrado piedras grises, rocas cristalizadas y otras con aspecto «rodado». Las piedras lanzadas por los gases del motor de descenso se habían roto al caer y chocar con otras rocas. Estas piedras rotas tenían la superficie gris, pero su interior era rojo.

La bandera de las barras y estrellas

Desperté a mi hijo mayor, que tiene la edad de la era espacial, es decir, doce años largos, cuando ya Armstrong y Aldrin hablan colocado en el mástil la bandera norteamericana, enhebrada en una especie de ballena de corsé antiguo, para que pudiese mantenerse desplegada en un espacio carente de aire, y por tanto de vientos capaces de hacer ondear un estandarte. Poco después, Nixon asomaba en la pantalla, en un círculo sobrepuesto sobre el paisaje lunar recogido por la cámara de televisión, y se dirigía a los dos astronautas (...).

Laboriosas hormigas

Luego, los astronautas comenzarían a desplegarse como laboriosas hormiguitas, saliendo fuera del campo de la cámara con frecuencia, para completar su tarea. Recogían más muestras, montaban los aparatos de registro de los 'lunamotos', pues así habrá que llamar a los temblores de Luna, colocaban la pantalla reflectante de los rayos Láser, cuyo funcionamiento era comprobado después desde California; instalaban la gran pantalla parabólica de transmisión, una especie de sombrilla de dos metros de diámetro que se desplegó al apretar un botón. Esta operación no fue vista por la atenta afición, quizá porque el aparato fue instalado fuera de la zona recogida por la cámara. Cumplieron, en fin, todas sus obligaciones, deteniéndose especialmente en comprobar el estado del módulo lunar, comprobando si habían sufrido sus patas por la acción de los gases ardientes del cohete que frenó el descenso, y midiendo también la profundidad a que se habían hundido en el suelo lunar los soportes del módulo. Fue de poca monta ese hundimiento, entre centímetro y medio y cuatro centímetros.

El módulo como nodriza

De vez en cuando, se acercaban los astronautas al módulo, como si fuera una nodriza, quizá a suministrarse de oxígeno. Luego, comenzaron a embalar las muestras del vuelo lunar, y a trasladarlas al módulo, al tiempo que se desprendieron de todos los objetos inútiles, por caros que éstos fuesen. De las cámaras fotográficas, por ejemplo, conservaron los carretes. Las máquinas quedaron allí, como peso inútil. Al final, con Aldrin ya dentro desde hacía un buen rato, al otro extremo de una especie de garrucha cósmica con la que Armstrong enviaba los objetos a estibar en el módulo lunar, subió también las escaleras este último, ágilmente, con absoluta facilidad. Se veía su cuerpo, o la silueta de su cuerpo, ascender a la derecha de la pan talla de TV sobre la bandera americana que seguía enhiesta, esperando quizá a ser derribada por el rebufo de los cohetes de despegue.

La última mirada al paisaje selenita

Armstrong echó una última mirada al paisaje selenita. Dio la la vuelta, curvó ligeramente el cuerpo, y desapareció dentro del módulo. Ahora él y su compañero, iban a descansar. La dudosa luz del día, o del amanecer, como decía Góngora, entraba ya por mi ventana. También yo tenia sueño. Faltaban quizá once horas hasta que comenzase la operación retorno. Lo mejor, también aquí en la Tierra, era irse a dormir. La Luna, hollada ya por pies humanos, fría e inhóspita, había dejado de ser un lugar inaccesible. Faltaba por saber si no cobraría, a última hora, un tributo cruel e implacable. Pero la forma segura, cronométrica, de una absoluta naturalidad con que todo había transcurrido, daba confianza.

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