Adosinda, una mujer clave en la historia de la monarquía astur

Jugó un papel fundamental en el desarrollo de la monarquía astur y movió ficha para elevar al poder a su sobrino, el futuro Alfonso II 'El Casto'

Adosinda, una mujer clave en la historia de la monarquía astur
ARANTZA MARGOLLES

De ella no sabemos más de lo que quisieron contarnos. El principal freno -pero también acicate- que el historiador se topa a la hora de profundizar sobre los inciertos orígenes de la monarquía astur es, irónicamente, que antes que él se decidiera a hacerlo solo habían escrito sobre ello los cronistas regios. Los más cercanos a la Corte y los más interesados en pervertir la historia. ¿Recuerdan la última escena de la Lord Comandante Brienne de Tarth en 'Juego de Tronos'? Algo así.

Porque poco tiene que envidiar la emocionante, quizás trágica y, desde luego, oscura historia de Adosinda, Reina de las Asturias de 774 a 783, a los devenires de Poniente. Nieta de Pelayo y sobrina de Favila, el primer misterio acerca de su papel en la Historia radica en por qué sus primos, los dos críos que tuvo el primogénito de Pelayo con su esposa Frolaya, ni llegaron a reinar tras la trágica muerte del padre -a garras de un oso, cuenta la Crónica Rotense, del siglo IX- ni merecieron la mínima mención. Quizás murieron siendo niños o quizás detrás de la circense muerte del breve Rey se ocultase un asesinato político que apartase de la sucesión a los deudos de Favila.

Tras ese suceso, en 739, fue proclamado Rey de los astures Alfonso I, que pasaría a la Historia como 'El Católico' por las muchas iglesias que construyó, que no por su existencia monacal. Porque Alfonso, de noble estirpe y a la sazón yerno de Pelayo por su matrimonio con Ermesinda, luchó mucho contra los moros sobre el tablero de la estrategia militar... y no tanto en la vida privada. Padre legítimo de Fruela, Vimarano y Adosinda, afirman las crónicas que después de viudo hizo alumbrar a Mauregato, un bastardo habido de la relación con la sierva musulmana que, entre expansión y expansión del Reino -Alfonso lo llevó hasta Astorga y hasta Galicia, penetrando un poco en Portugal-, le acompañaba.

Así, en un mundo de intrigas, se había criado Adosinda, alejada del circuito militar pero próxima al de las conjuras de una Corte aún en configuración y que recurría muchas veces a la violencia para hacer valer sus malquereres. Al morir el padre, en 757, fue Fruela quien accedió al poder, no sin fricciones por parte de una aristocracia que acabó por profesarle más simpatías a Vimarano, el tercer hermano. La historia acabó de la peor manera, con el asesinato de Vimarano a manos de Fruela -según dice la 'Estoria de España', del siglo XIII- y el de este, después, por los partidarios del contrario. Es entonces, en 768, cuando Adosinda entra al juego político.

Si a Fruela le sucedió el rey Aurelio -el de San Martín de...-, tío del mal avenido trío de hermanos, el lustro largo que medió entre la subida al trono astur de este monarca ninguneado por las crónicas fue importante en tanto en cuanto Adosinda, próxima a casarse con Silo, un terrateniente sin rastro de sangre real y origen gallego, asumió la crianza del pequeño Alfonso, el huérfano de Fruela. Cuando Silo accedió al trono -Adosinda llevaba la sangre real, pero la Historia solo le dio la oportunidad de ser reina consorte-, la Corte se aproximó definitivamente a Pravia, donde el noble tenía terrenos que le interesaba favorecer. Se construyó Santianes, se escribió el documento medieval más antiguo que se conserva en la Península y se alcanzó la paz con los musulmanes, con cuya estirpe quiere quizás entroncar alguna de las crónicas al rey Silo. ¿Qué habría ocurrido con el bastardo real entre tanto? Quien sea aficionado a la fantasía de tintes medievales adivinará que nunca ningún personaje, por secundario que sea, llega a alejarse del todo de la acción.

Las crónicas afirman que, tras la muerte de Silo, le arrebató el trono al joven Alfonso, a quien Adosinda había criado como al hijo que nunca tuvo, y, desde entonces, y aunque Alfonso consiguiera reinar posteriormente -su estatua contempla aún hoy el paso de los visitantes de la plaza que lleva su nombre en Oviedo, a donde él llevó la capital- la leyenda negra se ha cernido sobre un monarca que, sin embargo, quizás jugara un papel diferente al que nos han contado.

Porque, ¿por qué, si realmente Mauregato era el impostor, necesitó Alfonso del patrocinio de Adosinda? ¿Por qué no mediaron en el tinglado, enfrentamientos armados con un ejército real que defendiera los derechos del crío? ¿Por qué hasta el mismísimo Beato de Liébana, firme defensor de Alfonso, llegó a cambiar de bando ante la evidencia?

«Hic iacet in Pravia qui pravus fuit», dicen las crónicas que rezó, durante mucho tiempo, el epitafio del malvado Mauregato. Pero recuerde el lector que las crónicas las escriben los vencedores. En la ficción televisiva... y en la Historia, también.